Editorial

A confesión de parte

¿Es casualidad la degradación de valores, el irrespeto a la autoridad legítima, la violencia sin sentido de una sociedad otrora integrada, que hoy más se asemeja al todos contra todos?

Ayer, en esta pági-na, Gerardo Sotelo analizó con su habitual puntería la definición de Mujica de que los delincuentes son "burgueses apresurados". Es uno de esos dichos extravagantes del expresidente que superficialmente provocan hilaridad, pero esconden un significado más hondo y preocupante: un trasfondo ideológico que identifica al lucro del empresario con el robo del rapiñero, satanizando al primero y exculpando olímpicamente al segundo. Puede generar una sonrisa compasiva del estilo de "qué ocurrente es este Pepe…", pero en realidad debería provocar indignación.

¿Es casualidad la degradación de valores, el irrespeto a la autoridad legítima, la violencia sin sentido de una sociedad otrora integrada, que hoy más se asemeja al todos contra todos? Allí está uno de los dirigentes políticos más populares del país, indicando que, si está mal robar, igualmente censurable es ganar dinero en un negocio honesto y esforzado. ¿Cómo no se va a ver eso reflejado en la anomia que reina a todos los niveles, desde el narco que avasalla derechos en los barrios vulnerables hasta el vergonzante, patético escándalo de corrupción que envuelve a algunos dirigentes del fútbol profesional?

Pero la verborragia del presidente más pobre del mundo no quedó en eso. Hace unos días, en el programa Desayunos Informales de canal 12, reconoció muy suelto de cuerpo que el Frente Amplio debería afinar las políticas sociales, porque "no dieron resultado": "tal vez menos asistencialismo y mucha más promoción de la gente joven". Si uno hiciera una encuesta para determinar qué político uruguayo dijo esta frase, seguro que la amplia mayoría de los respondentes la atribuiría a un blanco o colorado, alguno de esos desalmados derechistas que denigran la justicia social del glorioso progresismo. Nadie supondría que uno de los grandes cultores del asistencialismo tomó conciencia al fin de la dimensión del desastre perpetrado. Lástima que llegó a esa conclusión recién un año antes del ansiado y ya imprescindible recambio en el poder.

Como era de esperar, el sincericidio de Mujica causó un pequeño terremoto en su propio partido. Juan Castillo salió al cruce de su afirmación, representando a un Partido Comunista que, con la ministra de Desarrollo Social a la cabeza, ha hecho un culto del clientelismo, la compra de votos con dádivas carentes de contraprestación alguna.

Cuando decíamos que el asistencialismo tenía como finalidad afirmar a las personas en la pobreza, en lugar de ayudarlas a salir de ella, nos acusaban de insensibles, tecnócratas, o tal vez, burgueses apresurados. Pero ya cuando asumió Vázquez en 2015 emitió un mensaje muy significativo a favor de la cultura de trabajo, una carambola a dos bandas que cuestionaba los dichos de su predecesor en el sentido de que los uruguayos éramos, felizmente según él, unos atorrantes, y a la vez un intento de recuperar una mística del esfuerzo, en un país que había caído en el nihilismo discepoliano de que cuanto más te esforzás, más te castigan.

Mujica y su formidable máquina de poder se mantienen fieles a la utopía de los kun san, esa tribu africana que para él es la sociedad ideal, y desparrama por el mundo su filosofía estilo Paulo Coelho, denostando el trabajo y reivindicando el goce ocioso de los placeres de la vida. La legalización del porro fue un resorte más de ese colchón epicureísta.

El matrimonio por conveniencia cada vez más explícito en que se ha convertido el Frente Amplio, entre mujiquistas que presionan y vazquistas que conceden, perpetúa su azarosa cohesión sobre la base de algunas amenazas tremendistas, como que los malvados opositores se proponen cortar la inversión en políticas sociales. Cuando cunde la desesperación, frenteamplistas moderados como el canciller Nin Novoa, apelan al mismo cuco. Como comentábamos ayer en esta misma columna, se enojó con un periodista que le preguntó sobre el déficit fiscal, espetándole que "el 80% del gasto del déficit está orientado a las políticas sociales" y que "si quieren que no haya más políticas sociales, ganen las elecciones". La ironía del destino quiso que este frenteamplista light fuera desmentido por el otro, de mayor contenido calórico. Resulta que el gasto social no estaba tan bien orientado, al final de cuentas.

La verdad es que inquieta tanta improvisación, demagogia y pensamiento mágico. Urge un nuevo tiempo en que la inversión del Estado sea una palanca para que los sectores desfavorecidos mejoren de verdad, en base a lo que realmente importa: educación que libere y trabajo que dignifique.

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