EDITORIAL

El colmo del amateurismo

Tenemos a un gobierno que ha desperdiciado los resultados positivos de una década de bonanza y, cuando los nubarrones ya son inocultables, no admite ningún problema y enumera supuestos éxitos resonantes, con tono soberbio y negador de los reclamos ciudadanos.

Para el historiador y politólogo Gerardo Caetano, el enfrentamiento a los gritos del presidente Vázquez con los productores, a la salida del MGAP, lo dejó "mejor posicionado". El 20 de febrero declaró a TNU que en esa instancia "la imagen de Tabaré Vázquez adquirió una dimensión humana más importante. Incluso recobró una cierta fuerza de convicción que estaba perdiendo".

Nos cuesta imaginar qué opinará Caetano de la repentina y no anunciada designación del periodista Fernando Vilar como vocero presidencial, según surgió de la cadena nacional de anteayer. Si nosotros fuéramos el mencionado politólogo, en tren de justificar lo indefendible, diríamos algo así como que "la imagen de Tabaré Vázquez se vio rejuvenecida y potenciada por una impecable lectura de teleprompter".

En la vereda opuesta de los malabares conceptuales a que recurre cierta intelectualidad oficialista, creemos que ambas escaramuzas —la riña callejera y la cadena con interpósita persona— son reveladoras del insostenible amateurismo con que el gobierno maneja su comunicación con la ciudadanía.

Una de las reglas básicas de esta disciplina reside en que el emisor, antes de formular un mensaje, debe prever la manera como el receptor habrá de decodificarlo. Si lo que este último interpreta es diferente a lo que el primero quiso comunicar, es evidente que el objetivo de difusión ha fracasado.

¿A ningún experto de presidencia se le ocurrió el efecto adverso que podía causar en la ciudadanía la aparición de un vocero sorpresivo? ¿Quién los asesora en temas comunicacionales? ¿Nadie previó que la polémica desatada por la aparición de Vilar, plena de repercusiones satíricas, chistes y parodias, desmentiría completamente los contenidos que el gobierno anhelaba informar? ¿O fue adrede para hacer un desaire a los destinatarios? ¡Si hasta los grupos de carnaval, esa misma noche, se mofaban en el Teatro de Verano!

¿En qué función debemos ver a un primer mandatario? ¿Compadreando cara a cara con una turba enardecida, pero rehuyendo enfrentar directamente a la ciudadanía, en una cadena de radio y televisión? ¿Qué mensaje de compromiso político se dio con esa duplicidad de criterios?

En 2002, en plena crisis bancaria, el entonces presidente Jorge Batlle enfrentó las cámaras de televisión y formuló una alocución de honda emotividad, comprometiendo su mayor esfuerzo para recomponer la economía. En un momento, Batlle lagrimeó. Hay distintas interpretaciones de esa reacción: muchos creímos que ver a un presidente quebrado emocionalmente fue negativo para la opinión pública y pudo haber agravado la corrida bancaria y la desconfianza generalizada.

A la vista del mensaje de anteayer, se hace más profunda la diferencia de aquellos líderes a estos. Porque Batlle dio la cara. Y si no debió llorar, al menos mostró un compromiso personal que, tiempo después, fue el cimiento desde el que su gobierno logró resolver la crisis y colocar nuevamente al país en la senda del crecimiento.

Dieciséis años después, tenemos a un gobierno que ha desperdiciado los resultados positivos de una década de bonanza y, cuando los nubarrones ya son inocultables, no admite ningún problema y enumera supuestos éxitos resonantes, con tono soberbio y negador de los reclamos ciudadanos.

El presidente Vázquez mujiquiza sus apariciones públicas, prefiriendo la informalidad del mano a mano y el habla barriobajera, a la sobriedad que implica su investidura. Sus asesores parecen no darse cuenta de que más de la mitad del país está enojado y quiere verlo al mando por encima de los sectores radicales que empujan por más gasto público, más impuestos y menos inserción internacional.

Porque no es tiempo de estrategias defensivas y de satanizar al adversario. Más bien es el de asumir errores y girar el timón, atendiendo a reclamos legítimos, en lugar de caricaturizarlos. Por ejemplo, tomando más medidas como la de la remoción de la cúpula de ASSE, aunque lo haya hecho a las cansadas y con la tibieza de cuidar escrupulosamente el reparto de chacras sectoriales. (ASSE es del PC y Arduz era socialista) Una práctica de política pequeña con que el Frente Amplio ha deteriorado toda la gestión pública en los últimos años. Alcanzaría con afinar su sensibilidad, para mostrarse empático con las necesidades de la gente. Hacer un gobierno verdaderamente "de cercanías", como tanto pregona. Y comprender que donde hay un bidón lleno de nafta, no parece razonable acercar una velita encendida al socialismo.

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