EDITORIAL
diario El País

Cincuenta estrellas y un manchón

Lo vimos en la Venezuela de Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro después, lo vimos en el Perú de Alberto Fujimori, lo vimos en el Ecuador de Rafael Correa y lo vimos en la Bolivia de Evo Morales. 

Nunca pensamos que lo íbamos a ver en los Estados Unidos de Norteamérica, cuna de la democracia moderna. Pero lo vimos.

Siempre nos pareció un personaje desagradable y nos rechinó el estilo que impuso a su mandato el presidente Donald Trump, su soberbia, su bravuconería, su narcisismo y el desprecio por los valores republicanos, pero jamás se nos ocurrió que podíamos ser testigos de lo sucedido el miércoles en el Capitolio de Washington cuando, apoyado por doce senadores y más de una centena de diputados, azuzó a sus seguidores a copar ese sagrado recinto para impedir el reconocimiento oficial del triunfo de su sucesor, del candidato que ganó en las urnas en elecciones libres y ejemplares: Joseph (Joe) Biden y le puso una mancha fea a su bandera de 50 estrellas.

Donald Trump demostró lo que siempre se dijo: puede ser de izquierda o puede ser de derecha, pero el populismo es populismo. Solo eso. Es un estilo de gobierno que ha tenido su auge desde fines del siglo XX.

Si bien es un producto de la democracia que se origina en elecciones libres, no cree en ella. Lo irrita y la desprecia. Solo la usa en lo que le conviene. No cree que el Estado esté al servicio del hombre, piensa que el hombre está al servicio del Estado y que el Estado es él, el mandamás. Cree que la historia del país comienza con él. Antes no hubo nada. Solo injusticia, torpeza, caos y corrupción. Que los derechos que reconocen las democracias como propios del ser humano, solo se aplican a los que piensan como él, jamás a los que disienten y menos a quienes lo critican. Que el pueblo es un rebaño que maneja a su antojo.

Practica el maniqueísmo absoluto. Todos los que no están con él son enemigos y como tales hay que tratarlos. No se admiten juicios u opiniones contrarias. Y lo más grave es que el líder populista invoca permanentemente que se vive en democracia y así va minando poco a poco la fe del pueblo en su eficacia y sus virtudes reales, quebrando sus auténticos valores morales en un lento proceso de desintegración que postra, insensibiliza y prostituye.

Las imágenes de caos y violencia dentro del recinto parlamentario dieron la vuelta al mundo. Miles de seguidores coparon los alrededores y se lanzaron a ocupar la casa de las leyes, ante unos efectivos policiales sorprendidos y avasallados, mientras Trump insistía en sus denuncias de fraude y alentaba a la gente a salir a la calle para resistir. "Nunca nos rendiremos. Nunca nos daremos por vencido. Nuestro país ha tenido demasiado. Pararemos el robo. He ganado dos elecciones y la segunda la he ganado mejor que la primera" y luego “Vamos a bajar por Pennsylvania Ave (carretera del Congreso) y vamos a ir al Capitolio. Vamos a ir y vamos a intentar dar a los republicanos débiles el orgullo y valentía que necesitan para recuperar nuestro país". ¿No les suena a Maduro?

Cinco muertos (cuatro civiles y un policía) durante las horas que duró el asedio. ¿Quién es el responsable de estas muertes? Hasta ahora nadie ha manejado la posibilidad de imputársele cargos al todavía presidente por su incitación a la violencia. Pero si tuviera conciencia (¡que va a tener!) sabría que esas cinco vidas perdidas son por culpa directa de él y su insanía.

Trump demostró lo que siempre se dijo: los populismos pueden ser de izquierda o de derecha. Si bien es un producto de la democracia que se origina en elecciones libres no cree en ella. La desprecia. Solo la usa en lo que le conviene.

Lo que hizo Trump realmente repugna e indigna. Pero conviene recordar que no son para nada aceptables las decisiones de Facebook y Twitter de bloquear y suspender su cuenta por decisión propia e impedir el imperio de la libertad de expresión. No se pelea por la libertad coartando a la libertad. No hubo intervención de la justicia en esa decisión sino capricho propio de sus directores que resolvieron por sí y ante sí lo que está bien y está mal. Menudo favor le hicieron al más sagrado de los principios democráticos. Porque hoy la causa puede parecer justa, pero ¿quién decide si es justa o no? Las libertades se respetan, no se administran según opiniones y creencias por más dignas que parezcan.

Joe Biden, que asume el 20 de enero, arranca con una mochila muy pesada que es, justamente, la restauración plena de las libertades que supo ser el orgullo y la marca de los Estados Unidos. Por algo siempre fue el país líder del mundo libre. Y muy bien haría el nuevo gobierno, su parlamento y su justicia si busca investigar y responsabilizar a quien corresponda por la asonada en el Capitolio y la muerte impulsada de cinco seres humanos.

Buena suerte presidente Biden.

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