EDITORIAL

Lo de Chile no es casualidad

La consigna no ha sido solo sembrar cizaña sino identificar y azuzar a los grupos más vulnerables para incitarlos a la protesta y a la violencia, espoleando el descontento en las clases más desfavorecidas al tiempo de prender la mecha en el febril espíritu de la juventud.

Mucha es la gente a quien si se le menciona el Foro de San Pablo no sabe de que se trata. Y aun con personas preparadas y leídas, si bien se creó hace casi 30 años. Nació en 1990 a resultas de la implosión de la Unión Soviética. La dramática caída del muro de Berlín fue el momento de inflexión. El tiempo en que erróneamente se creyó que el comunismo había sucumbido. Su extinción parecía inexorable, dado el rotundo fracaso del ensayo social que comenzara en 1917 con la revolución rusa. Copada rápidamente por los bolcheviques, con el consiguiente asesinato de mencheviques e idealistas contrarios a la monarquía o hipnotizados por la prédica de Marx y de Lenin. Siniestra utopía que sometió bajo su yugo a 15 países a su alrededor. Según se pudo finalmente saber, a pesar del férreo ocultamiento, el comunismo mató a más de 100 millones de personas.

Sin embargo, el comunismo no murió. Como esos virus o bacterias que se recomponen para no desaparecer, lo que hizo fue mutar.

Ya en 1987, Fidel Castro vio venir el cataclismo soviético y lo que eso significaría para Cuba que vivía prendida de su ubre. Buscó a un líder que le resultara instrumental y entusiasmó al carismático y popular Lula da Silva. A partir de ahí, anualmente se reúnen todos los partidos comunistas, los guerrilleros marxistas, los intelectuales y los sindicalistas de izquierda, de la región latinoamericana. De allí salen planes y estrategias orientadas a manipular y minar a las democracias. Cualquiera que lea los trabajos y la hojas de ruta que allí se elaboran, podrá reconocer las cosas que están pasando. El objetivo es implantar una hegemonía cultural gramsciana. Lavar cerebros, adoctrinar, acicatear el descontento, dividir a la sociedad y armar partidos para acceder al poder a través del voto, como lo hizo Hugo Chávez. El Presidente compañero que además vino a suplir la orfandad económica cubana, de la era pos- muro.

Dentro de estos planes, un Chile exitoso, con sostenido crecimiento desde hace décadas, donde se han multiplicado las oportunidades de trabajo y de bienestar social, con una disminución al 8% de la pobreza, una inflación del 2%, un déficit fiscal y deuda pública con controles. Con tratados comerciales con más de 30 países, multiplicación de la matrícula estudiantil, con muchos más egresados en secundaria que Uruguay, por ejemplo, y a nivel terciario, un porcentaje muy superior de acceso a ese nivel, de estudiantes chilenos que de uruguayos, todo bajo un gobierno de derecha liberal sucesor de la socialdemocracia, era un forúnculo muy molesto al que había que extirpar.

Entre los puntos a poner en práctica, la consigna no ha sido solo sembrar cizaña, que ya se sabe como crece de fácil, sino identificar y azuzar a los grupos más vulnerables para incitarlos a la protesta y a la violencia, espoleando el descontento en las clases más desfavorecidas al tiempo de prender la mecha en el inflamable espíritu juvenil.

Nadie en su sano juicio puede creer que los 77 incendios y los graves destrozos de las estaciones de metro hayan sido el resultado de una acción espontánea. Ni los ataques a estaciones alejadas de la ciudad o a una planta eléctrica, porque las revueltas se dan en los centros poblados y no en las lejanías. Por más que el aumento del precio del boleto del subterráneo a US$ 1,19 cuando el salario mínimo andaba por los US$ 420, haya sido demasiado abrupto y ahora el presidente Piñera haya decidido suspenderlo, hay cosas que no cierran.

Ante los saqueos a los supermercados, los ciudadanos entran en pánico de quedarse sin víveres y otros insumos y si pueden, arrasan con todo lo que puedan comprar. Por ejemplo, en un súper que abrió custodiado y se encuentra en la periferia de la ciudad donde justamente comenzaron los disturbios, fue invadido temprano por los consumidores. Situación que no condice con una población económicamente sumergida.

Sin orden y seguridad la democracia no funciona y al Estado compete restablecerlos. Es lo que ha intentado el Presidente al decretar medidas extremas como el toque de queda y traer a los militares a apoyar a la policía, algo que no sucedía hacía 30 años. De un lado critican a Piñera por falta de decisión y de coraje para terminar con los desmanes, mientras por otro, abundan los comentarios negativos por la dureza de la represión. Tras 7 días de enfrentamientos, las cifras dan 19 muertos, 5 de ellos a manos del Estado, los heridos por encima de los 360 y los detenidos arriba de los 6000. Es de esperar que cuando retorne la tranquilidad, las investigaciones den más luz sobre esta preocupante insurrección.

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