Editorial

¿Chile abandona su modelo?

Hace ya un buen tiempo que Chile es un buen ejemplo para el mundo de un país que logra procesar las reformas estructurales necesarias para poner proa al desarrollo. Aunque carga con el lastre de que buena parte de estas reformas se realizaron bajo la dictadura de Pinochet —caso excepcional de un gobierno autoritario que realizó reformas promercado— lo cierto es que luego de la restauración democrática demócrata-cristianos, socialistas y el gobierno de Piñera siguieron y profundizaron lo que se popularizó como "el modelo chileno".

¿En qué consiste (o consistió) el modelo chileno? Como orientación general en sustituir la economía de mando por parte del Estado por una de cooperación de las personas actuando libremente a través del mercado. Ya estaba suficientemente claro en los setenta por las experiencias de Hong Kong o las recuperaciones "milagrosas" de Alemania y Japón luego de la segunda guerra mundial que Adam Smith tenía razón y Marx fracasaba miserablemente. Sin embargo, en América Latina no nos dábamos por enterados y los principales centros académicos, comenzando por la Cepal, seguían insistiendo con las delirantes teorías estructuralistas y dependentistas.

La economía chilena estaba estatizada hasta grados difíciles de concebir. A partir de allí se comenzó, en forma más gradual de lo que suele pensarse, a instrumentar medidas concretas que plasmaran la nueva orientación liberal. Aspectos fundamentales del modelo fueron: la apertura de la economía, tratados de libre comercio, revitalizar al sector privado, privatización de empresas públicas deficitarias, contención de la inflación, crear un Banco Central independiente, equilibrar las cuentas fiscales, transformar el sistema de pensiones, descentralizar la educación, y desarrollar políticas sociales enfocadas en el capital humano, aspecto muchas veces soslayado.

Los resultados fueron excepcionales. Desde mediados de los ochenta hasta 1997 la economía chilena creció a un promedio anual de 7,2%, y entre 1998 y 2005 al 3,5%. Luego la tasa de crecimiento volvió a aumentar en el gobierno de Piñera a un promedio de 5,3% y actualmente ha caído bajo la administración Bachelet al 1,9%, pero sigue creciendo. Mientras tanto, la pobreza cayó de alrededor del 40% al entorno del 7%, lo que da cuenta de un proceso en que el crecimiento económico redundó en desarrollo humano y una sociedad mejor que no se olvidó de los más necesitados, como a veces se caricaturiza en forma malintencionada para descalificar el modelo.

Resulta difícil de explicar por qué un camino de éxito como el recorrido por el país trasandino decidió abandonarse por el gobierno de Bachelet. Uno de los principales protagonistas en llevar adelante el modelo fue la Concertación, la colación de partidos de izquierda a la que le correspondió los cuatro primeros períodos desde 1990. Fue la izquierda chilena la que no solo no desmontó los cimientos del crecimiento económico levantados en dictadura, sino que los profundizó y afianzó, con excelentes resultados. Luego el gobierno de Piñera lo continuó, aunque por cierto se esperaba más del primer gobierno de centro derecha que se empantanó en el debate por la desigualdad planteado hábilmente por la izquierda, lo que le sería fatal.

Hoy Bachelet reniega de la Concertación que la llevó a su primera presidencia y del sano equilibrio de los consensos que Chile había logrado. La Nueva Mayoría que sustituyó a la Concertación incluyendo a los comunistas muestra un perfil más radical que está poniendo en riesgo los logros alcanzados. A modo de ejemplo, la reforma educativa que pretende terminar con el lucro en la educación o la reforma tributaria que aumenta un 3% del PIB la recaudación del Estado y aplica nuevos impuestos sobre propietarios de vivienda (más de la mitad de la población) y transacciones comerciales, son palos en una rueda que giraba bien y a buen ritmo. A lo que se suman escándalos de corrupción de magnitud que no dan tregua y repercuten en el trabajo del gabinete de gobierno.

Sería una gran desdicha para América Latina que Chile abandone el camino de un modelo de consenso entre izquierda y derecha para el desarrollo que muestra resultados incuestionables. Ojalá que los chilenos se den cuenta a tiempo de que el tranquilo sendero del progreso es sustancialmente mejor para su pueblo que las transformaciones revolucionarias retrógradas, y sigan siendo el faro que supieron ser para el continente y el mundo.

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