Editorial

Cazadores de motosierras

Al final de una época de excepcional abundancia económica, tenemos una economía frenada, que destruye empleos todos los días, y una sociedad que se encuentra profundamente fracturada.

Están allí, agazapados, esperando que alguna figura de la oposición diga una frase que ofrezca un flanco para lanzarse en bandadas a practicar la descalificación. Y si la frase no aparece, entonces se inventa. Si alguien critica el funcionamiento del Mides, salen a decir que están proponiendo terminar con las políticas sociales. Si alguien dice que hay que introducir algunos cambios en el funcionamiento de los Consejos de Salarios, salen a decir que están proponiendo eliminarlos. Lo importante es contar con algún punto de apoyo, sea real o ficticio, para lanzar a las jaurías encargadas de demonizar a los rivales.

Detrás de esta actitud hay mucha desesperación. Más todavía, hay una confesión implícita de impotencia. El oficialismo ya no se siente en condiciones de seducir a la ciudadanía con sus propuestas ni con sus promesas. Sabe que hay demasiados incumplimientos. Sabe que hay demasiadas desilusiones. Sabe que haber hecho la última campaña electoral diciendo que no iba a haber aumentos de impuestos es una hipoteca que pesa sobre cualquier cosa que digan hoy.

Entonces, como los cuadros de fútbol que no se sienten capaces de jugarle de igual a igual a un rival más poderoso, apuestan todo a un error del adversario. Y si no resulta fácil que el adversario cometa errores, entonces hay que ensuciar el partido, presionar al juez, embarrar la cancha, con la esperanza de que aparezca una situación de la que poder aprovecharse.

Los que están empeñados en esta tarea (que son muchos, incluyendo altos jerarcas del gobierno) no entienden que esta vez el método no va a funcionar. Las cosas cambiaron demasiado. La ciudadanía ya no los escucha ni los ve como los escuchaba y los veía hace unos años.

Hubo un tiempo en el que el Frente Amplio consiguió construir una imagen de solidez y confiabilidad. Mucha gente llegó a creer que ellos eran los únicos que querían mejorar al país, y que además contaban con los conocimientos y con las figuras necesarios para cumplir la tarea. La crisis del 2002 y sus terribles consecuencias crearon las condiciones para que esa imagen se difundiera y se consolidara. Muchos uruguayos sufrían dificultades serias y se sentían vulnerables ante el futuro. En ese contexto, el Frente Amplio supo articular un mensaje que lo ponía como la gran alternativa que iba a solucionar todos los problemas.

Quince años después, esa imagen se ha destrozado. Al final de una época de excepcional abundancia económica, tenemos una economía frenada, que destruye empleos todos los días, y una sociedad profundamente fracturada. Los supuestos fenómenos del buen gobierno fracasaron rotundamente en algunas de las políticas públicas más esenciales, como la seguridad o la educación. A eso se suma el despilfarro de dineros pú- blicos, los desastres de gestión como el de Ancap, la agitación de expectativas que no condujeron a nada (¿cuántas veces se festejó el hallazgo de petróleo?), el primer vicepresidente de la República que se ve obligado a renunciar por incompetente y mentiroso, un exministro de economía procesado, una dirección entera de ASSE obligada a renunciar por graves irregularidades, la mentira de la subasta de Pluna, la vergüenza internacional de dar vida al régimen del dictador Maduro.

Si en algún momento el Frente Amplio consiguió ganar la batalla de la imagen y de las expectativas, hoy el encanto desapareció. Y eso, entre otras cosas, lo deja sin legitimidad para convertirse en juez de los demás. Hay demasiados uruguayos que ya no les creen, hay demasiados uruguayos que son demasiado conscientes de su fracaso, hay demasiados desilusionados. Cuando voceros del Frente Amplio salen a descalificar las propuestas que otros hacen en materia de seguridad, miles y miles de uruguayos solo piensan en la cantidad de veces que los robaron, o en las tragedias familiares por las que pasaron. Y se preguntan cómo es posible que esa gente opine con tanta soberbia, sin hacerse cargo de sus fracasos.

Los cazadores de motosierras no se han dado cuenta de que están condenados a fracasar. Tampoco se dan cuenta de que son el símbolo más visible de una fuerza política que ha perdido contacto con el país real, que ha dejado de entender a la gente, que ha quedado encerrada en los sombríos pasillos del poder. El espectáculo que dan es patético. Y lo mejor es que esto recién empieza. Cuando quieran acordar, se darán cuenta asombrados de que le hicieron un favor a la oposición. Sus jaurías ladran, pero ya no son capaces de hacer daño.

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