Editorial

Casa tomada

Como en el cuento de Cortázar que da título a esta nota, los legítimos habitantes de la casa prefieren asumir que está tomada, así signifique la pérdida progresiva y voluntaria de su usufructo. Lo más grave es que académicos dicen que detrás hay un sector sindical del P.C.

Pedimos prestado a Cortázar el título de su inolvidable cuento para volver sobre uno de esos temas que, a la vez que sorprenden por lo insólitos, evidencian esa incapacidad tan uruguaya de resolver los problemas más simples.

Hace tres meses, se supo que la sede de la Facultad de Ciencias Sociales de la Udelar, ubicada en Constituyente y Martínez Trueba, estaba atrayendo a un número creciente de indigentes de los alrededores. Se llega a hablar de un centenar de personas ajenas al centro de estudios, que va a recalar allí cada día, para usar la sala de informática o simplemente sentarse en cualquiera de sus áreas comunes.

Empezaron a multiplicarse las anécdotas: una estudiante que ingresó al baño femenino y encontró a un hombre semidesnudo higienizándose; un visitante que vomitó encima de las computadoras; peleas a gritos en patios y corredores, y hasta acoso sexual de alguna de estas personas a funcionarias de la Facultad. Una de estas últimas, que no quiso revelar su nombre, se sinceró con un periodista de El País: aparentemente en el Mides se informa a estas personas que pueden ir a hacer "el achique" a la Facultad de Ciencias Sociales. La oficina del Poder Ejecutivo que dice dedicarse al Desarrollo Social, que dispone de un generoso presupuesto público para dignificar la vida de los uruguayos más vulnerables, no solo ha enrejado su propia sede sino que, al parecer, los envía a pasar el día a una dependencia universitaria que nada tiene que ver con esa función.

Pero la inoperancia de las autoridades de la Facultad no le va en zaga. En lugar de impedir el ingreso a personas ajenas a la institución educativa, apuesta a una política de puertas abiertas que genera todos los inconvenientes antedichos. La única "solución" que se les ocurrió fue limitar el acceso al aula de informática, clausurándola en determinados horarios. O sea que para que no la colmen los indigentes, optan por que tampoco la puedan usufructuar los estudiantes. Ni siquiera Cortázar hubiera narrado una situación así, seguramente porque le habría resultado poco verosímil.

Lo que se ha logrado ir descubriendo con cuentagotas, en lo que va de estos tres meses de indefiniciones, es que la conversión de la Facultad en la Disneylandia de los indigentes irrita a la mayoría de los docentes y funcionarios, pero cuenta con el beneplácito de los delegados del orden estudiantil. Difundieron una declaración (redactada en lenguaje inclusivo) donde justifican su política de puertas abiertas y se comprometen a realizar una campaña interna para intentar convencer a los acosadores o violentos que desistan de su actitud. Según ha trascendido en algunos medios, estos estudiantes postulan que una medida restrictiva del ingreso de los indigentes sería indicativa de aporofobia, miedo o aversión a los pobres. Por extensión, quien ose reclamar que el servicio educativo se cumpla estrictamente, con el estudiante como centro del esfuerzo académico, seguramente será tratado de facho u oligarca. Nadie observa, en cambio, que el apoyo a las personas vulnerables no consiste en cederles un lugar donde pasar el día, sino en generar políticas públicas efectivas que les aseguren educación, cultura, trabajo, una vida de dignidad y no de limosna ni falluta conmiseración.

El último capítulo que se conoció de esta saga tuvo como protagonista al historiador Gerardo Caetano, quien se negó a desempeñar el cargo de decano en forma interina hasta que no se resolviera el problema, según informó el semanario Búsqueda hace una semana. El actual decano parece no querer hacer olas porque sabe que se pondría a los delegados estudiantiles en contra y, mientras tanto, nadie hace nada.

Como en el cuento de Cortázar que da título a esta nota, los legítimos habitantes de la casa prefieren asumir que está tomada, así signifique la pérdida progresiva y voluntaria de su usufructo. Lo más grave es que, en los corrillos, hay académicos allegados a la Facultad que admiten que todo el desmadre es una iniciativa de un sector sindical afín al Partido Comunista, que está atando de manos a las autoridades y al que nadie parece poder hacer frente. El mismo hecho de que esos académicos no se atrevan a revelar tal detalle a cara descubierta, es la evidencia perfecta de una fenomenal incapacidad de combatir la anomia. Habría que inventariar en cuántas otras áreas de la gestión pública está pasando exactamente lo mismo.

Es que así lo ironiza el propio Cortázar, en su profético cuento: "estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar".

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos

º