Editorial

Un carnaval para todos

Cada vez más temprano en el calendario, y curiosamente también extendiéndose más en el tiempo hasta comienzos de marzo, comenzó un nuevo carnaval. Al desfile de las agrupaciones por 18 de julio le siguió la apertura de los escasos tablados que existen en Montevideo y a partir del lunes empezó el concurso oficial en el Teatro de Verano.

Más allá de que los nostálgicos dirán que carnavales eran los de antes, la convocatoria que sigue teniendo dios Momo es muy importante, como da cuenta el gentío que se hizo presente la semana pasada en nuestra principal avenida o la venta de entradas en los escenarios populares. La diversidad de espectáculos, que van desde las comparsas de negros y lubolos a las clásicas murgas, pasando por parodistas, humoristas y revistas, completa una oferta que encuentra su ávida demanda.

No es novedad que al menos desde la salida de la dictadura fue ganando terreno en el carnaval en general, y en su categoría dilecta la murga en particular, el "compromiso" con la izquierda representada por el Frente Amplio. Como en otras expresiones artísticas, aunque algo tarde, de hecho cuando ya estaba demodé, se fue enquistando una concepción que fue volviendo al carnaval cada vez menos una expresión de vuelo artístico y cada vez más panfletaria y obsecuente.

Quizá el observador atento haya notado en los últimos años algunas novedades positivas. La irrupción de la murga joven aportó un saludable aire fresco al anquilosado carnaval.

Con una desfachatez y una soltura de la que no eran ni son capaces las murgas más clásicas, le pegan (casi) por igual a todos los partidos y no se casan con posturas partidistas. Salvo por el caso de Agarrate Catalina que adoptó el triste papel de murga oficialista y mujiquista, la mayoría ha cumplido un papel fundamental de renovación dentro de la vieja tradición.

Incluso algunas murgas de perfil más antiguo dieron palos parejo en los últimos 2 o 3 años cuando llovieron denuncias por irregularidades y escándalos manifiestos como los de Pluna o ASSE. Quedaron momentáneamente atrás los chistes fáciles sobre Sanguinetti, Batlle o Lacalle y el estoico público carnavalero votante de los partidos tradicionales se reconcilió con un espectáculo que le había dado la espalda.

Lamentablemente la golondrina no hizo verano y este carnaval, luego del tercer triunfo consecutivo del Frente Amplio con mayoría absoluta se está produciendo una vuelta atrás evidente. Con viento en la camiseta y con espíritu jacobino quienes asisten a los tablados por estos días verán una alevosa propaganda gubernamental, el retorno al vituperio de los partidos fundacionales (incluso al Partido Independiente) y la ofensa y el insulto hacia el público no frentista. Nuevamente ir al carnaval se vuelve difícil para quien no comulgue con el oficialismo, e incluso para los frentistas que puedan tener algún reflejo de postura crítica y no piensen que todo es color de rosa.

Ni que hablar que esto conspira contra la calidad artística de los espectáculos, que ha caído en particular en las murgas más obsecuentes. Como en una carrera desesperada por la aprobación oficial o el auspicio de alguna empresa pública parecen codearse por quién es más alcahuete y "compañera".

Este deterioro del carnaval es negativo para todos, porque se está echando a perder una expresión genuinamente uruguaya y popular. Y más cuando la cosa parecía estar empezando a mejorar.

El impacto cultural que ha jugado el carnaval para la extensión del predominio de la izquierda no es nada despreciable, todo lo contrario. Desde las tablas se ha destruido la imagen de políticos o de partidos y sectores enteros en base a prejuicios y difamaciones infundadas. Muchas leyendas urbanas o exageraciones nacieron y tuvieron eco en los tablados. No hace mucho de esos episodios, propalados por los mismos que hoy callan ante hechos de mayor gravedad protagonizados por el Frente Amplio.

Sin mirar para otro lado, ni abandonar una tradición nacional en manos de quienes la utilizan con fines espurios, deben buscarse caminos para volver a tener un carnaval que sin perder su picardía incluya a todos los uruguayos. Mal puede perdurar una fiesta popular que escupe en la cara a la mitad del país que difícilmente siga pagando una entrada para que lo traten de estúpido. Es tiempo de reencontrar la esencia burlona y el sano ejercicio de reírse de todo, comenzando por uno mismo. Bastante paciente ha sido el pueblo no frentista, pero la paciencia no es, ni puede ser, infinita.

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