EDITORIAL

La cantinela de la conspiraciones

Sostener que recién ahora la democracia está amenazada al aparecer un Bolsonaro en el horizonte es una muestra de grosera desinformación. La democracia viene amenazada desde que aparecieron los presidentes populistas.

Si nos atenemos a lo que dicen los diferentes líderes de izquierda a lo largo del continente, la democracia está llegando a su fin y se viene una ola de regímenes de ultraderecha, resultado de una secreta conspiración que pretende imponerse contra los intereses del pueblo.

Sin duda, numerosos gobiernos de izquierda en la región han perdido elecciones en los últimos tiempos. Pero lo que emerge no es una ola reaccionaria, ni una plan para perjudicar los intereses populares, ni un operativo que pone en peligro la democracia.

Es más, los gobiernos que emergen a partir de estas derrotas electorales, ni siquiera son iguales entre ellos, sus agendas no se parecen y en muchos casos responden a tradiciones políticas diferentes. Sin duda, quien más desentona es el brasileño Jair Bolsonaro, con un discurso, y a veces con medidas, alejados de la tradición democrática y liberal propia de una democracia. Pero Bolsonaro no tienen nada en común con el presidente argentino Mauricio Macri ni con el chileno Sebastián Piñera. Y ellos a su vez, tienen matices con los candidatos blancos y colorados que comparecerán en la elección de octubre. Por lo tanto, la generalización no corresponde.

Sostener que recién ahora la democracia está amenazada al aparecer un Bolsonaro en el horizonte es una muestra de grosera desinformación. La democracia viene amenazada ya desde la primera década del siglo cuando aparecieron en América del Sur, presidentes populistas que desprecian al liberalismo democrático, pero con retórica de izquierda y a veces incluso violando derechos humanos.

El siglo empezó con la entronización del venezolano Hugo Chávez, elegido en las urnas pero devenido en dictador y que tras su muerte fue sucedido por el inefable Nicolás Maduro. En Ecuador surgió un déspota compulsivo como Rafael Correa. En Bolivia un Evo Morales, que desde el llano promovió la destitución, en el Congreso, de dos presidentes y ahora pretende ser uno vitalicio pese a lo que los bolivianos se opusieron a ello en una consulta popular. El matrimonio Kirchner no impuso una dictadura, pero sí un régimen arbitrario, autoritario y prepotente. Pese a ello, en estos años la izquierda regional nunca encendió una luz de alarma. Lo hace recién ahora, diez años después, cuando el electorado de diferentes países optan por hacer algo que es común y frecuente en cualquier democracia: rotar partidos en el gobierno.

El problema es que para muchos de estos grupos de izquierda, la rotación de partidos no debería existir. Una vez que acceden al gobierno, están para quedarse: ese es su destino manifiesto.

Por eso recién ahora ven este cambio de pisada como una conspiración oculta, neoliberal y oligárquica. No se preguntan porqué tras casi cuatro períodos de gobierno izquierdista en Brasil (con Lula y con Dilma Rousseff) ese pueblo al que tanto invocan votó masivamente por Bolsonaro. No se preguntan qué errores cometieron ellos para que ocurra. No revisan su propia actuación ni sus casos de corrupción para entender porqué “el pueblo” con el que tanto dicen identificarse les dio la espalda y para colmo apoyando al candidato que más detestaban.

Ellos no asumen ninguna culpa, no creen haber cometido error alguno ni consideran grave que hayan sido corruptos. Tampoco quieren aceptar que Bolsonaro ganó simplemente porque mucha gente, el pueblo, lo votó. Prefieren suponer que hubo un complot pergeñado por fuerzas pérfidas que quieren manejar los hilos del mundo y traman operativos destructivos.

Es mejor decir que Macri, un presidente que tuvo que remar contra una dramática herencia dejada por los Kirchner (un país inoperante y vaciado por la corrupción), no siempre con buenos resultados, es peor que Videla y todo lo que fue la dictadura de los años 70. Macri habrá sido buen o mal presidente, pero no violó derechos humanos, no cercenó libertades, no prepoteó a sus opositores. En ese sentido es un presidente “normal”; es decir, liberal, republicano y democrático. Pero estos grupos no soportan gobernantes normales y poco les importa si son garantes de las libertades y derechos establecidos en una constitución. Prefieren seguir apoyando a los corruptos del continente, a los Lula y a Cristina Fernández.

Ahora apuntan a la realidad uruguaya y ya preparan su artillería para denostar a los Talvi y Lacalle Pou. No creen en la democracia y aborrecen la rotación y alternancia de partidos en el gobierno. Creen que el poder es para tenerlo solo ellos y para siempre: debe, por lo tanto, ser absoluto.

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