Editorial

El camino propio

Si algo enseñan las terribles coyunturas que sufren Brasil y Argentina es que los partidos de oposición no deben ceder a la tentación de callar o disimular la gravedad de la corrupción, el clientelismo y el amiguismo.

Las expectativas generadas por la próxima elección presidencial brasileña y la gravedad de la crisis política, financiera y económica que está sufriendo Argentina, inclinan a muchos políticos locales a considerar a Uruguay como un protagonista más de esta vorágine regional.

Es cierto que parece haber buenos motivos para hacerlo. Por un lado, es evidente que en esta larga década de gobiernos autodenominados progresistas de la región, y en particular con los detalles que se han ido conociendo de la hondura y extensión de la corrupción kirchnerista, nuestro país ha ocupado un lugar de privilegio en el engranaje del dinero sucio del poder político-sindical argentino. Las denuncias de decenas de arribos con valijas con dinero a Uruguay durante varios años de gente muy asociada al poder kirchnerista, o las inversiones sospechosas en bienes inmuebles en el este del país, por ejemplo, son algunas de las graves noticias de estos meses.

Por otro lado, los negocios sucios que la progresía brasileña ha exportado a todo el continente o los estrechos vínculos de parte del Frente Amplio con negocios turbios con la petrodictadura venezolana, también son notorios ejemplos de que Uruguay no ha estado ajeno a la corrupción regional. Hay distintas causas que están siendo investigadas por la justicia y aún estamos lejos de conocer los detalles locales de operaciones que, en el caso de nuestros vecinos, son parte de las razones del profundo desprestigio popular de quienes ocuparon el poder en la era progresista.

Si algo enseñan las terribles coyunturas que sufren Brasil y Argentina es que los partidos de oposición no deben ceder a la tentación de callar o disimular la gravedad de la corrupción, el clientelismo y el amiguismo que fueron protagonistas de los gobiernos progresistas en Sudamérica. Más claro: el mayor bien que puede hacer hoy en día la oposición en Uruguay es denunciar con pelos y señales, con claridad y firmeza, todos los malolientes vínculos y negocios que han unido en estos años al Frente Amplio en el poder con sus hermanos progresistas de la región.

Esa es la única manera de resguardar la institucionalidad de la democracia, para evitar que prenda la idea de que todos los políticos son iguales y que por tanto "que se vayan todos", que es un poco lo que está ocurriendo hoy en Brasil con el auge de las candidaturas presidenciales antisistema. Y es la única manera también de poder legitimar un rumbo de rupturas sin concesiones, si es que en octubre-noviembre de 2019 el pueblo decide que es tiempo de alternancia en el poder.

Allí está bien claro el contraejemplo del gobierno argentino de Macri. A su llegada al poder en 2016 transigió con parte de la herencia kirchnerista. No pudo o no quiso (a los efectos terminó siendo lo mismo) romper radicalmente con el ADN infame del kirchnerismo enquistado en el Estado. Y la opción del camino del medio, lleno de gravísimos desequilibrios económicos y financieros, terminó por pasarle dos años más tarde una cuenta aún más abultada políticamente.

Para el caso uruguayo importa mucho tomar el camino propio. Por supuesto, la denuncia feroz que dé cuenta de la corrupción endémica en la que el Frente Amplio ha sumido al Estado debe ser protagonista, de forma de que al momento de las próximas elecciones el pueblo tenga claro qué ha ocurrido en todos estos años. Pero también importa mucho hacer hincapié en los problemas que son los nuestros y sobre los cuales los vecinos nada tienen que ver.

Nuestro envejecimiento poblacional y sus consecuencias económicas y de previsión social; nuestras dificultades educativas que nos han dejado en los últimos escalones del continente; nues- tra inseguridad pública, que ha hecho de Montevideo la capital menos segura del cono sur; las malas gestiones de nuestras empresas públicas, cuyas estructuras de gobernanza y protagonismo económico nada tienen que ver con las de los otros países de la región; nuestras particulares dificultades de inversión en infraestructura y de competitividad internacional de los sectores exportadores más eficientes: todos estos temas medulares para el país, entre otros, merecen un tratamiento propio en nuestros debates electorales.

Por mucho que se parezcan las corrupciones progresistas en la región, importa que los debates políticos que serán protagonistas del año electoral que está asomando centren su atención en los caminos propios que cada partido crea hay que tomar para salir adelante. Porque no somos una fotocopia de lo que pasa en Argentina o en Brasil.

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