Editorial

Cambios en el espejo

Lo nuevo de esta acumulación de hechos es que sepulta toda pretensión de superioridad intelectual o moral por parte de la izquierda. La imagen que ahora muestra el espejo dice que no son mejores que nadie, y que son bastante peores que otros.

Durante largos años, cuando la izquierda uruguaya se miraba en el espejo veía una imagen seductora: ellos eran los inteligentes, los más actualizados y los moralmente puros. A sus ojos, las demás opciones políticas representaban la torpeza, lo antiguo y lo corrupto. "Gobierno honrado, país de primera", decían con soberbia, como si fueran los únicos.

Tres períodos de gobierno, aún incompletos, fueron suficientes para destruir las bases de tanta autocomplacencia. Bastó con que el contexto internacional se deteriorara un poco (sin llegar a ser malo, ni mucho menos crítico) para que quedara claro que no son tan inteligentes, ni están tan al día, ni mucho menos son moralmente puros. Todo se trató de una ilusión casi adolescente, de esas que surgen cuando uno habla mucho pero todavía no hizo nada.

Los partidos y gobiernos de izquierda demostraron ser mucho menos inteligentes de lo que ellos mismos creían. Por ejemplo, se abrazaron a una teoría simplista sobre la seguridad pública, que dice que el delito es una consecuencia de la pobreza, que los delincuentes son víctimas de la sociedad y que, por lo tanto, hay que abandonar la represión. Esa visión ingenua fue formulada por el primer ministro del Interior del Frente Amplio, el socialista José Díaz, y desde entonces no ha sido sustituida por una visión global alternativa. El resultado es que el Estado dejó de proteger a los ciudadanos que intentan vivir honestamente y nos hundió a todos en la crisis de inseguridad sin antecedentes.

Los gobiernos frentistas también adoptaron una teoría equivocada sobre la enseñanza, que dice que los resultados educativos dependen de la cantidad de dinero invertida, sin que sea necesario diseñar estrategias de mejora ni evaluar cómo se gasta. Todo se limitó a promesas (finalmente incumplidas) sobre gastar el 4,5% o el 6% del PBI. De este modo nos condujeron a una grave crisis educativa y al mayor despilfarro de recursos que ha conocido nuestra enseñanza.

También se equivocaron en su estrategia comercial y en su visión sobre la inserción internacional del país. Eligieron una estrategia económica inapropiada para un país chico (que no puede crecer sostenidamente apostando al mercado interno), generaron un verdadero síndrome de Estocolmo en relación a un Mercosur paralizado y se dejaron castigar casi hasta el masoquismo por los gobiernos K.

Recién ahora empiezan a darse cuenta de que el país está comercialmente aislado y que, después de todo, los TLC son un instrumento válido.

La izquierda también se equivocaba cuando creía que ellos eran quienes conectaban con lo más actual y avanzado. En estos años se han aplicado políticas arcaicas, a contrapelo de las mejores prácticas internacionales: debilitaron a las unidades reguladoras, ignoraron a los organismos de contralor, crearon monopolios donde no los había (desde el régimen de adopciones hasta las alertas meteorológicas), crearon cientos de programas sin evaluarlos (el premio se lo llevan Anep y el Mides), desperdiciaron cientos de millones de dólares en proyectos que ignoraban los principios más elementales de la gestión profesional (desde el Corredor Garzón y Alas U hasta el puerto de aguas profundas y la regasificadora) y lograron la hazaña de fundir una empresa petrolera monopólica.

En cuanto a la superioridad moral, las cosas son todavía peores: el primer vicepresidente que renuncia en la historia de la República, un ex ministro de economía procesado, una celebrada senadora que termina siendo una falsificadora de documentos, un directorio de ASSE que cae por prácticas turbias, una falsa subasta montada para engañar a los ciudadanos.

A eso se agrega la amistad con gobiernos corruptos, el apoyo a la dictadura de Maduro y el creciente patoterismo de los socios sindicales.

Sería un error bien de izquierda concluir de todo esto que solo ellos cometen errores. Aunque hay inmensas diferencias de grado, todos los partidos que han ejercido el gobierno defendieron en algún momento ideas equivocadas, pasaron por períodos de desactualización y tuvieron problemas de corrupción.

Pero lo nuevo de esta acumulación de hechos es que sepulta toda pretensión de superioridad intelectual o moral por parte de la izquierda. La imagen que ahora muestra el espejo dice que no son mejores que nadie, y que en este mismo momento son bastante peores que otros. Por eso va siendo hora de que dejen el gobierno: para autocriticarse, para renovarse y para incorporar una humildad que nunca tuvieron.

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