Editorial

El cambio en la educación

El FA ha exhibido una triste orfandad de ideas. Todas sus elaboraciones se han reducido a suponer que la educación uruguaya se mejoraba simplemente gastando más plata y dando participación a los sindicatos.

Para que un proceso de cambio educativo pueda ser exitoso, tienen que conjugarse tres factores. El primero es un buen diseño de reforma, es decir, un modelo alternativo razonablemente bien pensado, que marque la meta hacia la que queremos ir. El segundo factor es contar con los alineamientos políticos que den sustento al esfuerzo. Esto implica contar con un respaldo parlamentario que se sostenga en el tiempo y con la cooperación de otras áreas del Estado esenciales para lograr el cambio (típicamente, el Ministerio de Economía). El tercer factor es tener capacidad de gestión, es decir, contar con los recursos humanos y tecnológicos que permitan manejar las tuercas y tornillos de la compleja burocracia educativa.

Esta fue una de las ideas presentadas por el peruano Jaime Saavedra en el panel sobre reforma educativa realizado el viernes pasado, como parte de las celebraciones de los cien años de este diario. Saavedra fue ministro de Educación en su país, y lideró una de las reformas más exitosas que se realizaron en América Latina en los últimos años. Hoy es algo así como el "ministro de Educación" del Banco Mundial, con lo que su responsabilidad ha pasado a ser planetaria.

La actividad contó también con la participación de Gabriel Sánchez Zinny, ministro de Educación de la Provincia de Buenos Aires, y de dos panelistas uruguayos: Renato Opertti y Adriana Aristimuño. La coordinación estuvo a cargo de nuestro columnista Pablo da Silveira.

La triple condición marcada por Saavedra surge de su extensa experiencia en el terreno de la reforma educativa. Y es interesante servirse de ella para analizar el presente y el futuro de la enseñanza en nuestro país.

¿Por qué los gobiernos del Frente Amplio no han conseguido mejorar nuestra enseñanza en casi quince años de gestión? Si se repasa la lista propuesta por Saavedra, parece claro que la segunda condición se cumple ampliamente: el Frente Amplio tuvo mayoría parlamentaria propia todos estos años y un pleno dominio del aparato estatal. De hecho, al eliminar toda representación de la oposición en el Codicen (es decir, en el directorio de ANEP, ese inmenso ente autónomo que gobierna la enseñanza) puede afirmarse que tuvo el monopolio del poder formal. Como si esto no alcanzara, se benefició también de una sólida alianza estratégica con ese importante poder fáctico que son los sindicatos.

¿Por qué, entonces, no hubo cambios? Porque faltaron, y siguen faltando, las otras dos patas del trípode.

Pese a que se presentaban como los que más sabían de educación, los partidos de la izquierda gobernante han exhibido una triste orfandad de ideas. Todas sus elaboraciones se reducían a suponer que la educación uruguaya iba a mejorar si se gastaba más plata y se daba participación a los sindicatos. Los hechos se encargaron de mostrar que esos supuestos eran falsos, pero la izquierda sigue sin sacar las debidas conclusiones. La prueba es que, cuando cree hablar de educación, enseguida empieza a hablar de dinero y de poder.

Además de ideas, a la izquierda le faltó capacidad de gestión. La estructura estatal en general, y la burocracia educativa en particular, se llenaron de comisarios políticos y de académicos de medio pelo, buenos para elaborar discursos pretenciosos y confusos, pero malos para lograr que las cosas pasen. A eso se suma el colapso del principio de autoridad y la casi total desaparición de cualquier forma de responsabilidad sobre los resultados. No ha habido capacidad de gestión, se han ignorado reglas, se han destruido procedimientos. Eso pasa con la seguridad pública y también con la educación. Después de todo, manejar el Estado resultó ser bastante más difícil de lo que la izquierda suponía.

¿Y qué ocurre con la oposición? Todos los partidos opositores cuentan con especialistas que están al tanto del debate educativo más reciente y han mostrado ser capaces de articular propuestas sólidas. La proximidad de muchos de ellos con Eduy21 refuerza esta capacidad. Asimismo, los partidos de oposición comparten una cultura que valora la capacidad de gestión, que defiende el principio de autoridad y no tiene miedo a evaluar resultados. Es decir: los partidos de oposición tienen casi todo lo que le ha faltado a la izquierda.

El gran desafío para la oposición será lograr lo que el Frente Amplio tuvo desde el primer día: construir una coalición para el cambio educativo que dé apoyo parlamentario y estabilidad política a un proceso que será largo y trabajoso.

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