EDITORIAL
diario El País

La calidad democrática

Mientras nos enfrascamos en las cuestiones de la pandemia el mundo sigue dando una vuelta cada 24 horas. Y pasan cosas. En Venezuela sin duda. Da la impresión que este silencio universal le dio pie a la dictadura chavista para afianzarse aún más.

Esta semana se supo que el Tribunal Supremo de Venezuela, un Poder Judicial cooptado por el régimen, ordenó al diario El Nacional pagarle 13 millones de dólares a uno de los principales líderes chavistas, Diosdado Cabello. Una cifra así es capaz de fundir a un medio y eso parece buscar la dictadura chavista.

En 2015 el diario caraqueño recogió una noticia publicada en el español ABC que vinculaba a Cabello con el narcotráfico. Si bien el diario citó la fuente de la noticia y le ofreció sus páginas en más de una ocasión para que Cabello respondiera (cosa que no quiso), el juicio llegó a este desenlace que podría ser fatal para el diario y es otro golpe a la ya dañada libertad de prensa en Venezuela.

Cualquiera tiene derecho a cuestionar los dichos de un medio y más si lo afectan. Pero en este caso, el objetivo no es una reparación por una presunta calumnia, sino liquidar un medio en forma definitiva. Cabello usó todo su poder para ello y se apoyó en una Justicia que responde sumisamente a lo que le ordena el chavismo. Fue una vuelta de tuerca más de un régimen que pese la desastrosa situación del país, sigue consolidando su poder casi absoluto.

La pandemia parece ayudar a esta ola de regímenes que debilitan la democracia en muchos rincones del mundo. La excusa, entendible por supuesto, de que para evitar contagios y muertes es necesario tomar medidas extremas, le sirvió a varios gobiernos para mostrar su indisimulado deseo de acaparar poder.

Sin embargo, la historia venía de antes. El deterioro de la calidad democrática pasó a ser una preocupación en la medida que crecen las democracias imperfectas y autoritarias, o lisa y llanamente las dictaduras populistas de derecho y de izquierda.

Los Erdogán en Turquía, los Orban en Hungría y otros presidentes que se convierten en autócratas, son ejemplos de un proceso contagioso que América Latina no desconoce.

Tras la etapa de las democracias que emergieron luego de las dictaduras militares de los años 70, varios países terminaron con tiranías civiles en un proceso que no necesitó de militares, pero sí de habilidad para carcomer las instituciones. Fujimori en Perú fue un adelantado. Lo siguieron Chávez, Correa y Morales, todos despóticos y todos llegados al poder gracias a las urnas.

La pandemia parece ayudar a esta ola de regímenes que debilitan la democracia en muchos rincones del mundo. La excusa, entendible por supuesto, es que para evitar contagios y muertes es necesario tomar medidas extremas.

Otros avanzaron en ese camino, sin concretar su objetivo aunque lograron deteriorar parte del funcionamiento institucional. En eso están los kirchneristas desde 2003 y la interrupción del breve período de Macri no alcanzó ni de cerca para detener un proceso que retornó con insufladas ínfulas en su actual versión.

Estuvo la pretensión del populista Trump, incluido el intento de copar el Congreso. En un país de instituciones sólidas, Trump estaba destinado a fracasar pero dejó a su partido muy cambiado. Ya no es un sector que expresa el pensamiento conservador del país. Asumió como propio (lo venía haciendo desde antes) el rampante populismo de Trump.

Por eso fueron buenas las noticias desde Ecuador esta semana con el triunfo de Guillermo Lasso, que puso decisivo fin al reinado de Rafael Correa. De todos modos, tiene un camino complicado para remontar. No tan buenas fueron las noticias de Perú, donde las posiciones extremas son las que irán a segunda vuelta.

El panorama es preocupante. Parece extenderse en el mundo una mancha que quiere borrar toda concepción liberal y republicana (y más liberal que republicana, pues hay monarquías en Europa que son genuinas democracias). La separación de poderes no importa y las garantías ciudadanas y la libertad de prensa quedan afectadas y solo prevalece la figura del presidente, electo sí, pero que se transforma en un despótico caudillo que reúne todo el poder, elimina la lógica de los controles y equilibrios y se convierte en el único dueño de las libertades y derechos de su pueblo. Casi habría que decir, de sus súbditos.

Uruguay mantiene su tradición pero debe ser consciente de que se trata de una corriente que empuja fuerte. Como Ulises, hay que taparse los oídos ante el peligroso canto de las sirenas y mantener, como hasta ahora, el rumbo de respeto a las instituciones y a la idea de cómo debe funcionar un auténtico Estado de Derecho.

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