EDITORIAL
diario El País

De Caetano a Kusturica

"El Pepe, una vida suprema” de Emir Kusturica, evoca casi automáticamente a la experiencia que atravesó el cineasta compatriota Adrián Caetano, cuando le fue conferida la misión de realizar una pieza similar en homenaje a Néstor Kirchner.

Porque mientras el realizador serbio genera un panegírico en vida del ex presidente uruguayo, el camino que siguió Caetano fue muy diferente: “no me saldría para nada un documental de propaganda”, advertía en 2012.

Y así fue: cuando presentó a las autoridades kirchneristas el primer corte de su película sobre Néstor, muy delicadamente se habló de una “diferencia de criterios” que lo separó de la dirección del proyecto. La producción fue reasignada a una directora militante que mostró a un Kirchner heroico e intachable. El del uruguayo no era un retrato intencionadamente crítico, pero no omitía ciertas contradicciones en la vida del ex presidente argentino.

Comparar esa experiencia con la de Kusturica sirve para captar la diferencia entre un artista verdadero y un artesano propagandista. Porque lo del cineasta serbio nace de una admiración irreflexiva por su personaje.

Con la agudeza entre naturalista y grotesca que caracteriza la producción de Kusturica, se nos muestra a un Mujica humano, levantándose en ropa interior para ir al baño, haciendo comida para su perra, escupiendo los dos primeros sorbos del mate y ofreciéndoselo a su interlocutor extranjero con una sonrisa socarrona. Mucho tango melancólico y murgas de Agarrate Catalina.

Hay una sola escena aparentemente crítica: en un bar, un hombre reprocha al ex presidente por seguir los dictados del FMI y arrimarse a Paco Casal, en una discusión que va subiendo de tono y termina con Mujica resolviéndola con la sobriedad republicana que siempre lo ha caracterizado: toma al parroquiano de los hombros y le dice “sos un cagón de mierda”.

Fuera de eso, todo maravilloso.

Al punto que las verdades históricas son absolutamente falseadas. El momento más flagrante es cuando Mujica lleva a Kusturica a Pando y le cuenta de la demencial toma de esa ciudad, realizada al solo efecto de homenajear el aniversario de la muerte del Che Guevara. Según el ex presidente, “lo más dramático” fue que vinieron “algunos policías” y la acción terminó con “algunos tomando cerveza y otros presos, con algún herido que se curó. Pero lo más importante es que a los cuatro o cinco días estábamos en la calle, operando”.

La visión edulcorada que da Mujica de la toma de Pando omite que terminó con cinco víctimas fatales: tres tupamaros (chiquilines de poco más de 20 años de edad, usados como carne de cañón por una guerrilla despiadada y sin sentido), un policía caído en el cumplimiento de su deber, y un ciudadano común, cuyo único pecado consistió en estar en la calle, esperando un ómnibus.

Pero ya lo dice el propio Mujica en otro momento de la película: “yo de las cosas que no me convienen, no me acuerdo”. Lástima que no hubo en la producción un historiador serio para recordárselas. Otra escena de antología es cuando el extinto dirigente Eleuterio Fernández Huidobro justifica el surgimiento de la guerrilla en respuesta a las “bandas fascistas que perseguían a comunistas y judíos” y en apoyo a los grupos de autodefensa que armaban los sindicatos. Parece que se le hubiera borrado al ex ministro de Defensa el recuerdo de las actas tupamaras redactadas por él mismo, que postulaban la toma del poder mediante la lucha armada.

Entre tanta distorsión de la realidad con fines de propaganda, de pronto aparecen algunos sincericidios. Mujica justifica su frase de que “lo político está por encima de lo jurídico” explicando que las revoluciones se hacen justamente para derribar las leyes. Un anarquismo de manual que dice mucho del desorden de su ejercicio de la presidencia.

Topolansky reconoce en otro pasaje que “yo a los militantes jóvenes les recomiendo que lo primero que tienen que hacer es reclutar a su pareja y a su familia” (sic).

Y no faltan alabanzas a las llamadas “expropiaciones”, explicando por qué no eran hurtos lisos y llanos. Un periodista avezado les hubiera preguntado, en ese momento, si confirmaban las denuncias sobre los robos de las tupabandas de los años 90, que según Jorge Zabalza, fueron expropiaciones destinadas a financiar la campaña política de estos ex guerrilleros devenidos en candidatos.

Después de esta película y “La noche de doce años”, solo falta que a Marvel se le ocurra hacer una superproducción con un Pepe superhéroe. Ya aparecerá.

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