Editorial

Los buenos y los malos

Sin la paciente labor investigativa de parte del staff del Boston Globe y su determinación, ninguna de las aberraciones que luego se denunciaron, a pesar de las presiones en contra que giraban a su alrededor, hubiera tomado estado público.

Spotlight (En Primera Plana) fue una de esas películas que al estrenarse en el año 2014, causó impacto. Nadie que fue a verla salió indiferente de la sala. En ella se conjugaron dos asuntos fermentales. Por un lado queda muy evidente la importancia de la prensa independiente como actor indispensable para el resguardo de los derechos humanos y el estado de derecho.

Sin la paciente labor investigativa de parte del staff del Boston Globe y su determinación, ninguna de las aberraciones que luego se denunciaron a pesar de las presiones en contra que giraban a su alrededor, hubiera tomado estado público. Se trata del mismo periódico que propició los editoriales aparecidos en esta semana por todo el país, cuestionando las afrentas a los medios de parte del presidente Trump.

Por otra parte, salieron a la luz las perversas prácticas sexuales de diversa índole, incluidas las violaciones, infligidas sobre niños y adolescentes por decenas de religiosos durante largas décadas, amparado su deleznable accionar por el secretismo cómplice de las autoridades de la Iglesia católica de Massachusetts en Estados Unidos. No les fue nada fácil a los periodistas traspasar el muro de silencio que rodeaba las depravaciones de esos curas que a los ojos de sus víctimas eran considerados en aquel entonces como almas superiores que estaban más cerca de dios. O simplemente eran personas que desde su lugar de poder imponían temor al encontrar su satisfacción sometiendo a inocentes y desvalidos a su cargo. Cual sabuesos, los reporteros lograron atravesar la densa niebla que envolvía también a las propias víctimas, a veces temerosas, otras avergonzadas o tan profundamente heridas que se resistían a revivir los fantasmas del pasado.

Previamente hubo algún film que se aventuró en estos temas, como el de una monja (Merryl Streep) que empieza a sospechar que ocurrían cosas turbias con el sacerdote que era su superior. Cuando finalmente logra probarlo, la sanción que recibe el susodicho es ser transferido de parroquia. Una acostumbrada reacción por parte de las jerarquías que solo servía para tapar el ojo, trasladando el problema a otro lugar y a otros potenciales damnificados.

La libertad, la globalización y el vertiginoso avance de las comunicaciones de nuestro tiempo han abierto las compuertas. Hoy se ha hecho mucho más dificultoso ocultar como en otras épocas, los obscuros secretos guardados a cal y canto. La Corte Suprema de Pennsylvania en Estados Unidos, acaba de publicar un informe aterrador. Confirma que 300 curas abusaron de niños a lo largo 70 años. Se identificaron 1000 casos y se ha dicho que probablemente todavía queden por ahí muchos sacerdotes pedófilos más. Ha sido una de las investigaciones sobre abuso infantil más amplia en la historia del catolicismo en EE.UU. aunque difícilmente los culpables terminen condenados por el tiempo transcurrido. Los damnificados que declararon ante el gran jurado tienen entre 50 y 83 años. El fiscal general, Josh Shapiro, resumió lo sucedido en una frase. "Ahora sabemos la verdad. Pasó en todos lados". Y prueba de ello es que como en el juego del dominó, se han ido descubriendo cosas semejantes en Nueva York, Los Angeles, Chicago y otras ciudades. Así como en Austria, Alemania, Irlanda, Italia, España, Australia, India y México con el fundador de los Legionarios de Cristo.

Ante el cúmulo de evidencias, la Santa Sede ha tenido que reaccionar de manera más firme. El cambio comenzó tímidamente con Benedicto XVI y ha continuado con el papa Francisco, quien recientemente ha condenado duramente a esta clase de prelados. En Chile, las críticas y manifestaciones de protesta surgidas cuando su visita, por haber apañado al cuestionado Obispo de Osorno acusado de encubrir abusos, han dado la pauta de que el Vaticano debe cambiar. Para empezar, su andamiaje burocrático que no responde como debiera ante este tipo de situaciones.

Han sido tan abundantes los escándalos (aunque desde la Santa Sede argumentan que las denuncias son de hace mucho y no del presente) que no se puede hablar de hechos aislados o fortuitos. La impresión que se tiene es la de que existe un problema estructural profundo, que debería ser corregido de raíz. Por ejemplo, en lo que concierne al celibato. Por lo antinatural de unos votos que suponen la represión de los instintos sexuales, más allá de la mucha gente buena que dedica su vida a lo religioso y a los demás. A la vez, hay que reconocer que la pedofilia no se creó con la iglesia católica y que no hayan salido al aire horrendos relatos como estos desde el seno de otras religiones, no asegura que estén libres de ellos.

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