Editorial

La bronca que siempre existió

No tuvo inconvenientes en peregrinar hacia la chacra en busca de bendición, aunque tan solo fuera por un argumento de gratitud. Encontró el doble juego de una cosa y la otra y finalmente el desplante y la indiferencia.

Salvo en el 2005 cuando Tabaré Vázquez accedió por primera vez a la Presidencia, la llave política del Frente Amplio siempre estuvo en poder del MPP y el Partido Comunista. La endiablada estructura interna del FA, donde la fuerza de cada sector que lo integra no depende del legítimo respaldo electoral sino del juego de otros sistemas (léase "las bases"), aseguran que una oligarquía ("forma de gobierno en la cual el poder político es ejercido por un grupo minoritario" según la Real Academia) mantenga un peso decisivo a la hora de las decisiones. Y en ese grupo Danilo Astori, el zar de la economía frenteamplista, nunca cosechó simpatías.

Cuando a fines del 2004 el candidato Vázquez anunció en la puerta del FMI que le entregaría la conducción de la economía a Danilo Astori fue un sacudón. Quedaban atrás 10 años de notorio distanciamiento y se atemperaban las incertidumbres que un triunfo frenteamplista podían generar. Con Vázquez todopoderoso en la primera presidencia, Astori hizo prácticamente lo que quiso. Dio tranquilidad a los mercados, pero abusó de su soberbia. No solo con la oposición, sino —sobre todo— con el sector menos ilustrado del FA que, llegado el momento, no tuvo empacho en cobrárselas. Así fue que en el 2008, cuando llegó el momento de postular candidatos para las elecciones de 2009, el Congreso de la coalición empezó a escribir su lápida: su rival directo —José Mujica— lo apabulló con el 71% de los votos. Para colmo de males, también el entonces Intendente de Canelones, Marcos Carámbula, con una postulación que parecía más de compromiso que de francas probabilidades de obtener algo, se ubicaba segundo, con el doble del apoyo recogido por Astori, que apenas superaba por 2% al outsider Daniel Martínez que, tras su pasaje por Ancap, se clasificó cuarto. Perdió y lo humillaron. Y Astori era nada menos que el candidato de Vázquez.

Meses después, oficializada la candidatura presidencial de Mujica, Astori aceptó ser su vice y encabezar el equipo económico. Ayudó a la victoria del peor presidente de la historia y aceptó sumiso todos los dislates que surgieron desde la Torre Ejecutiva, inclusive la acción de otro equipo económico paralelo de origen emepepista e incondicional del derroche. Allí empiezan las grandes y nefastas aventuras que hoy asfixian al país: Pluna, Ancap, el Fondes, la Regasificadora, el grosero aumento de funcionarios públicos y el déficit fiscal. Se supone que Astori como vicepresidente y con un ministro por él designado, estaba al tanto de lo que se gestaba, pero se mantuvieron en el más absoluto silencio, un silencio groseramente cómplice. Importaron más los cargos que usufructuaba que el destino del país y los bolsillos de los ciudadanos. Empezó el doble discurso, el engaño y la falsedad.

El remate es su regreso al Ministerio, bajo la consigna electoral de que "habrá una disminución de la carga tributaria" para los ciudadanos y "no habrá ajuste fiscal". Ocultó la verdadera situación de la economía uruguaya y engañó: de pique nomás se aplicó un mazazo a la población con aumento del IRPF, el IASS y las tarifas públicas (más el IRAE y la tasa consular), pero el Estado frenteamplista de Astori siguió engordando. Generó más recursos para continuar gastando rematadamente mal. Allí están los datos del déficit fiscal que elaboran las autoridades estatales.

Con todos los "deberes" con el FA bien cumplidos, Astori se jugó a su última gran ambición: la presidencia de la República. No tuvo inconvenientes en peregrinar humilde hacia la chacra en busca de la bendición, aunque tan solo fuera por un argumento de gratitud. Encontró el doble juego de una cosa y la otra y finalmente el desplante y la indiferencia. Afloró toda la bronca que siempre existió.

El viernes, en una austera conferencia junto a un grupo de íntimos de Asamblea Uruguay, comunicó que abandonaba sus aspiraciones presidenciales, dado el escaso apoyo que se refleja en las encuestas. No culpó a nadie. "Es mucho más importante para el país —agregó— que yo siga haciendo mi trabajo en el Ministerio de Economía, sobre todo en las circunstancias desafiantes que vive el Uruguay en este momento. Creo que contribuyo más a los intereses del Uruguay si mantengo mi trabajo en el Ministerio de Economía para mejorar las condiciones vigentes en el país".

Tal vez sin falsas expectativas, abandone su papel de soldado frenteamplista y se convierta ahora en el Ministro que Uruguay precisa, aunque parece demasiado tarde. Como dijo Valenti, "el error de Astori fue que en algún momento tendría que haber pegado un portazo", Y no lo hizo.

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