EDITORIAL

La bolilla que faltó

La cultura suele ser la cenicienta de la discusión política. Por eso, la obligación de quienes reflexionamos sobre la realidad más allá del rating, es poner sobre la mesa aquello que no se menciona, pero ejerce una fuerte influencia sobre el acontecer cotidiano.

El debate del martes pasado generó una extensa gama de repercusiones. De los muchos ángulos en que resulta válido analizarlo, queremos detenernos en un área de gestión de gobierno que faltó a la cita: no se habló de cultura.

La omisión no es casual. En un tiempo acotado y con una hoja de ruta previamente definida, los presidenciables se vieron obligados a abordar los temas de preocupación ciudadana inmediata: la economía, las fuentes de trabajo, la seguridad pública, la educación.

La cultura, en cambio, suele ser la cenicienta de la discusión política. Por eso, la obligación de quienes reflexionamos sobre la realidad más allá del rating, es poner sobre la mesa especialmente aquello que no se menciona, pero ejerce una fuerte influencia sobre el acontecer cotidiano.

Ayer mencionábamos en esta misma página algunas de las guarangadas recientes proferidas por el expresidente Mujica: la burla a quienes ocupan su tiempo en trabajar en un restaurante de comida rápida en lugar de compartir un asado en “lo del gordo de la esquina”, o la emoción que confiesa por haber entrado a un banco con un arma en la mano, etc.

Pues bien: la altísima popularidad de este personaje es un síntoma del descaecimiento cultural que nos aqueja. Es contradictorio que el oficialismo haya promovido una “cultura de trabajo” y, en paralelo, tengamos a uno de sus tres líderes principales mofándose de los jóvenes que trabajan para pagarse los estudios y ayudar a sus familias. Lo mismo puede decirse de la cultura para la convivencia. Prácticamente derrotados los hábitos de lectura, cada vez hay más uruguayos que no saben expresarse, lo cual los inhabilita también a pensar, al no disponer del vocabulario y las herramientas lógicas que implican el desarrollo de esta función racional.

La promoción de la cultura está muy lejos de ser un agregado cosmético al trayecto educativo: es un componente clave para desterrar la violencia y formar a las personas en valores de tolerancia y espíritu crítico.

La experiencia de los parques-biblioteca de Medellín, que implicó la construcción de grandes centros culturales en los barrios más peligrosos de la ciudad, con acceso gratuito a toda hora del día y todos los días de la semana, ofreció una alternativa a muchos jóvenes que eran captados como carne de cañón del narcotráfico y modificó radicalmente la calidad de vida de la que supo ser la ciudad más violenta del mundo.

Lo mismo puede decirse de la política pública de bonos culturales que se implantó en Islandia: el subsidio para hacer obligatoria entre los adolescentes la asistencia a cursos de arte o instituciones deportivas, sacó a muchos jóvenes del alcoholismo y la adicción a otras drogas. Son medidas implementadas y probadas en distintos países del mundo desarrollado, que colocan a la cultura como la llave para resolver las más graves falencias sociales.

El programa de gobierno del Partido Nacional propone una política cultural activa, signada por estos objetivos de transmisión de valores, integración e inclusión social.

Lejos de mostrarse neutral en torno al tema, propone “servirse de la actividad cultural y artística para recuperar espacios de encuentro, generar inclusión y debilitar los ecosistemas urbanos en los que se reproduce la cultura de la violencia y el delito”.

Define a la política cultural como un esfuerzo planificado y sostenido de “ampliar el acceso a la cultura a todos los uruguayos”, con un criterio “pluralista, amplio, integrado, abierto al exterior y ponderativo de nuestras mejores acumulaciones”.

Todo esto avanza en el sentido opuesto al que ha impulsado el FA en su década y media de gobierno. La plausible idea de abrir Centros MEC en localidades del interior, se vio empañada por las denuncias de que se usaron explícitamente como poleas de transmisión de proselitismo partidario. Se han flechado los fondos públicos, las contrataciones y los financiamientos de giras internacionales, hacia artistas que comulgan con el oficialismo y que, en algunos casos, hasta han ofrecido su arte en forma gratuita a beneficio de las campañas del FA.

Y tal vez el despropósito más notorio en que incurre el gobierno, sea su negativa a votar una extensión de la vigencia de los derechos de autor e intérprete de 50 a 70 años, una justa medida que cuenta con el apoyo de toda la oposición.

También con esta bolilla que faltó en el debate del martes, es evidente que el bloque opositor al gobierno salva el examen.

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