EDITORIAL

Bloqueo y declive

Pasada la bonanza económica el país ha entrado en una etapa de estancamiento que puede dar lugar a un crecimiento mediocre en los próximos años, dependiendo (como siempre) de las condiciones de la economía internacional.

Terminada la fiesta del consumismo privado y del despilfarro estatal, a la que fuimos invitados pero de la que ya nos echaron, empezamos a comprobar que estamos mucho peor de lo que afirma el vacuo discurso oficialista.

El Frente Amplio no es capaz de ver la realidad y niega la evidencia que tiene ante sus narices. No reconocer la crisis de inseguridad que sufrimos, la debacle del sistema educativo o la tremenda fractura social que padecemos y que se agiganta con el paso de los años, es la demostración más patente de que el debate político se ha vaciado de contenido. No es posible sostener un intercambio de ideas serio con quienes son capaces de justificar hechos de corrupción, explicar asesinatos culpando a las víctimas, negar los resultados de las evaluaciones educativas o defender dictaduras si el sátrapa de turno es amigo.

Tristemente hemos comprobado en las últimas semanas que incluso el novel presidente de la coalición gobernante Javier Miranda, un hombre serio y respetable, ha entrado en esta lógica del relato oficial que no resiste el más somero análisis de los hechos más evidentes.

En la etapa que el país vive ahora, pese a que el cambio más evidente es el de la situación económica, los temas que más preocupan son de otra índole. Cuesta reconocer esta sociedad uruguaya del 2016, violenta, segmentada, y casi sin reacción frente al deterioro y relativización de valores esenciales. Aunque duela debemos reconocer que ya no somos la sociedad tolerante y abierta que supimos ser, ni somos la Suiza de América porque casi todos los países del continente mejoran sus sistemas educativos mientras el nuestro empeora, ni se respeta el derecho más elemental a la vida, la seguridad o la propiedad.

Nuestro sistema educativo vuelve a la sociedad más desigual, impide la movilidad social y nos hunde en la violencia cada vez mayor que padecemos. No admitirlo es criminal, porque cercena toda posible esperanza de que podamos revertir esta situación. Que cada vez hay más excluidos no ya económicos sino culturales es una realidad que rompe los ojos y con la que chocamos cada vez que una noticia aterradora acapara los titulares, pero es el día a día para buena parte de los uruguayos.

La oposición por su parte, dividida, sin proyecto común y sin propuestas concretas para los grandes asuntos del país, no logra presentarse como una alternativa atractiva al desgobierno frentista. Está a tiempo, pero las señales que viene dando dan cuenta de que no termina de comprender el formidable desafío político (que no electoral) que tiene enfrente.

Un gobierno que niega la realidad y una oposición que no muestra estrategias para articular propuestas de mejora forman en conjunto un panorama que debería despertar al país de la modorra con que viene aceptando el declive social en que venimos. No estamos condenados a estar cada día peor, pero es lo que viene pasando sin que nadie se horrorice demasiado.

El punto neurálgico es que la interna oficialista impide que el gobierno realice cualquier transformación sustantiva, y si lo llega a lograr va a ser para peor porque está demostrado que al final del día siempre ganan los sectores más trogloditas. La interna opositora es variopinta y dispersa, y no pueden ponerse de acuerdo ni siquiera sobre qué temas y cómo conversar con el gobierno. Más aún, da la sensación de un cuadro de fútbol que son forzosamente del mismo equipo contra un adversario común, y que ni siquiera habla entre sí.

En este panorama el país está bloqueado, no se están haciendo ni se harán en los próximos tres años las reformas urgentes para salir de esta situación y nadie parece demasiado preocupado por eso. Basta de ejemplo la última muerte absurda por la violencia en el fútbol; se genera un gran debate, cada parte lava sus culpas, se prometen medidas de fondo que nunca se toman, y nos olvidamos del tema hasta la próxima muerte. Nada va a pasar, ni en este asunto ni en otros, porque el país está esclerosado y bloqueado para tomar las decisiones más elementales.

Mientras no se cobre consciencia de esta situación y no se generen alternativas para superar este bloqueo que nos está matando (literal y metafóricamente), estamos fritos.

Si reaccionamos siempre habrá esperanza, pero el tiempo apremia y ya perdimos demasiado.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados