Editorial

Bienvenidos al hormiguero

¿A alguien le cabe alguna duda de que en ese contexto ideológico, la educación pública haya tocado fondo como nunca antes en la historia reciente? Cuando alguien se atreve a decir que debe designarse a expertos con capacidad y trayectoria, recibe el mote de “tecnócrata”.

Si hay algo que debe reconocerse al expresidente Mujica es que expone sus argumentos con franqueza, en ocasiones al borde del sincericidio. Sus dichos en el senado en apoyo a la designación de Rosario Portell como embajadora en Vietnam, no fueron la excepción: "Puede ser que no tenga mucha capacidad, que no sea brillante, pero es una hormiga trabajadora, labura y labura". Acorralado por la absoluta lógica del reclamo opositor, Mujica apeló al viejo trámite de descalificar al adversario por el absurdo: "No vamos a consultar al Opus Dei, a la Masonería o a los Rosacruces para designarla. Eso lo deciden los gobiernos".

El aporte políticamente correcto de esa jornada correspondió a la senadora Mónica Xavier, que luego de valorar la extraordinaria importancia de Vietnam para nuestros objetivos de exportación, defendió la idea sosteniendo que Portell "es mujer, es joven, es humilde, es trabajadora. No es un hombre, no es caucásico, no es de apellido de abolengo".

La anécdota parece menor, pero no lo es. Resulta indicativa de una concepción frenteamplista en la designación de cargos públicos, más orientada a la cuotificación sectorial que a la idoneidad de las personas.

Ya lo dijo su correligionario Esteban Valenti, haciendo la autocrítica del caso Sendic: "Perdón por desconocer la mejor tradición frenteamplista y poner al frente de las empresas públicas gente sin ninguna credencial o experiencia en administrar un kiosco, simplemente porque son nuestros".

Cuando la oposición osa puntualizar que alguien sin los méritos académicos y la experiencia necesarios, que ni siquiera habla inglés, no será apta para defender los intereses del país ante un mercado de 96 millones de habitantes, la respuesta del FA es que no importa, porque es muy laburadora, y por suerte no es ni hombre, ni caucásico, ni pituco.

Así estamos.

Esto es lo que han logrado en tres períodos de gobierno, con esa compulsión casi adictiva a emparejar hacia abajo.

Desconfían del mérito, discriminan abiertamente a los más y mejor capacitados; enaltecen la buena voluntad y la dedicación, como si los profesionales preparados carecieran de ellas.

La metáfora de la hormiga lo dice todo: ese es el país de sus sueños. Un hormiguero donde haya uno solo que mande y una gran legión que obedezca, trabaje, no progrese y menos discuta. Donde solo se premie como abanderado al simpático de la clase. Donde se instale el pase social aunque el alumno no pueda leer dos palabras corridas. Un paraíso colectivista que empalidecería las peores distopías de George Orwell.

Lo hemos dicho en más de una oportunidad, y esta designación diplomática lo reafirma: el gran debate es ideológico y es en esos términos en que hay que plantearlo. De un lado, un liberalismo que privilegia a la persona humana y del otro, la vieja receta colectivista que tanto daño hizo al mundo en la primera mitad del siglo XX. Se nos podrá replicar que no todo el Frente Amplio comulga con esa antigualla, que es más un reflejo condicionado propio del mujiquismo. Pero no es así. Basta leer la citada declaración de una socialista como Xavier para entender que el corsé ideológico, allí dentro, siempre triunfa. Y alcanza con comprobar que a nivel parlamentario todos, incluidos los astoristas, vazquistas y afines, respaldaron la desafortunada decisión.

El Frente Amplio hizo buena parte de su caudal político acusando a los partidos fundacionales de ofrecer los famosos "premios consuelo" de las empresas públicas, a quienes quedaban fuera de los cargos electivos. Pero ellos mismos llevaron esa práctica al paroxismo, acentuada por un trabajoso equilibrio sectorial, que hizo decir en 2013 al entonces presidente Mujica que iba a "conocer" a una ministra supuestamente designada por él, Ana María Vignoli (había sido seleccionada directamente por el Partido Comunista).

Ahora los premios consuelo están a la orden del día y cuando alguien se atreve a decir que debe designarse a expertos con capacidad y trayectoria, inmediatamente recibe el mote de "tecnócrata". Como si cuando hay que operarse del corazón, uno fuera tecnócrata por elegir a un cirujano en lugar de un curandero.

¿A alguien le cabe alguna duda de que en ese contexto ideológico, la educación pública haya tocado fondo como nunca antes en la historia reciente? ¿Alguien puede no comparar este desdén del gobierno por la especialización profesional, con las cachetadas que dos por tres reciben nuestros educadores en el cumplimiento de sus funciones? Es todo lo mismo. La indignidad de arriba se refleja abajo.

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