EDITORIAL

“Belleza histórica”

Más allá de eso, la supuesta belleza histórica del oficialismo no tiene que ver solamente con las visiones encontradas sobre democracia y dictadura que incluye en su seno. Hay muchas más incoherencias, escasamente estéticas.

La entrevista que los periodistas Alfonso Lessa y Mauricio Almada realizaron ayer al precandidato frenteamplista Mario Bergara en Radio Oriental, fue muy reveladora.

El expresidente del Banco Central, que apunta a posicionarse como el más moderado del actual menú frenteamplista, tocó diversos temas. Se trenzó con Lessa en una discusión sobre su propuesta de desarmar a la población civil, de la que no salió muy bien parado, e inquietó acerca de su apoyo a la neutralidad de Uruguay con relación a Venezuela.

Pero nos gustaría detenernos en un pasaje de sus declaraciones que pasó prácticamente desapercibido.

Refiriéndose a la “diversidad ideológica” que exhibe el Frente Amplio, incluso en temas de política económica, la definió como parte de la “belleza histórica” de la coalición de gobierno.

La edulcorada expresión nos quedó tintineando en la mente y nos pusimos a repasar cómo esa belleza impactó en la atribulada historia reciente y proyecta su influencia, para nada estética, en el presente y futuro del país.

Desde su fundación, el Frente amalgamó a sectores batllistas, demócrata-cristianos y herreristas con otros de filiación definidamente marxista, y la simpatía explícita de quienes por entonces atentaban contra las instituciones.

Superada la dictadura, la estrategia de la autodefinida “fuerza política” consistió en hegemonizar la oposición a esos gobiernos totalitarios, minimizando el hecho de que varios de sus sectores manifestaron una inicial simpatía por el alzamiento militar. Desde los años 80 fueron creciendo electoralmente en base a una mística de pureza ideológica y una esperanza de cambio, que tempranamente prendió en Montevideo.

La reforma del sistema electoral de 1996 tuvo un doble efecto: si por un lado, al instaurar el balotaje, postergó por un período más su llegada al poder, por el otro le favoreció. Porque la consagración de un candidato único restó diversidad de opiniones a los partidos fundacionales, obligándolos a una unidad ideológica que no los caracterizaba en el pasado.

Como para el FA esto no era una novedad, rápidamente se convirtió en la “cooperativa de votos” que tanto criticaba de sus adversarios. Hoy, gracias a la “belleza histórica” del Frente, el Uruguay está quedando en ridículo a nivel internacional, con un “naif” llamado al diálogo, en un país sumido en el hambre y la violencia por un dictador despótico. Ahora que lo de Venezuela alcanza ribetes de tragedia, los frenteamplistas acomodan el discurso equiparando a Guaidó con Maduro y mofándose de que son “caribeños”, al decir de la vicepresidenta Topolansky. Pero siguen mostrando incapacidad para alinear la tropa: resulta que un comité de base instalado en Caracas, madurista a más no poder, calificó de “fascista” el envío uruguayo de medicamentos a los compatriotas enfermos de allá, desvalidos por el régimen.

Más allá de eso, la supuesta belleza histórica del oficialismo no tiene que ver solamente con las visiones encontradas sobre democracia y dictadura que incluye en su seno. Hay muchas más incoherencias, escasamente estéticas.

Por un lado son los adalides del rechazo a las multinacionales y por el otro, ofrecen un acuerdo a UPM con condiciones infinitamente más generosas que las que retacean a las empresas uruguayas.

Se precian de haber abatido la pobreza y la indigencia y por otra parte justifican que cada vez más uruguayos pernocten en la calle, explicándonos que están en todo su derecho de hacerlo.

Por un lado proclaman que ser corrupto no es ser de izquierda y por el otro bloquean comisiones investigadoras en varios temas notoriamente malolientes.

Porque hay dos maneras de definir a la “colcha de retazos”: como “diversidad ideológica” a decir de Bergara, o como una absoluta y nefasta incoherencia política, como creemos nosotros.

El Frente Amplio es un partido catch-all que se ve electoralmente beneficiado en su imposible abanico de opiniones y creencias, pero esa misma fortaleza se convierte en una debilidad a la hora de gobernar. Y más aún cuando los vientos de la región dejan de ser favorables y la inercia de crecimiento que permitió despilfarrar y mal administrar se ha detenido.

Sería bueno que un dirigente como Bergara, que brega en el desierto por un cambio en el modelo de conducción del Frente, aportara una dosis de sinceridad que sustituyera la expresión “belleza” por lo que verdaderamente es: un cambalache histórico que solo se sostiene en lo discursivo, pero que en los hechos daña al país y dinamita los puentes hacia su desarrollo.

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