EDITORIAL

¡Basta de hablar de Venezuela!

Mucha gente reclama que se hace demasiado foco en lo que pasa en Venezuela durante la campaña electoral en nuestro país. El tema es que hablar de lo que pasa en Venezuela es hablar de lo que pasa en Uruguay.

Esa es la reacción de dos tipos de espectadores del debate público en Uruguay hoy. Dos formas de entender la realidad del país, comprensibles, racionales... equivocadas.

El primer grupo es el de los feligreses del oficialismo. Nótese que hablamos de feligreses, no de quienes pueden haber votado al Frente Amplio en las últimas elecciones. Que son categorías bien distintas, aunque algunos tengan la peligrosa tendencia a mezclarlos. ¿Por qué este grupo de uruguayos no quiere que se hable más de Venezuela?

Primero, porque el fracaso estrepitoso del modelo político e ideológico que allí se impuso durante las últimas dos décadas, es el fracaso del socialismo en su variante más pura y desacomplejada. Si el socialismo fracasó en Venezuela, pese al millonario subsidio del petróleo, pese a las manos libres que dejó a ese régimen la distracción de EE.UU. en otras regiones, eso deja en evidencia (otra vez) que el socialismo no funciona. Algo que ningún dirigente frentista quiere ver demasiado ventilado.

Segundo, porque dejar demasiado a la vista la tragedia venezolana, complica las débiles suturas internas que unen a la coalición oficialista. Queda clara ahora la contradicción entre alguien como Danilo Astori, que defiende una visión socialdemócrata que sería definido casi como de derecha en algunos países, con las posturas liberticidas de sectores como el Partido Comunista o el MPP, para quienes la democracia no es más que un instrumento, que se puede usar o descartar según la conveniencia del momento.

Luego viene el segundo grupo de los que no quieren escuchar hablar más de Venezuela. Son la gente “común”, menos politizada, o formada en cuestiones ideológicas, y que razonablemente siente que la política uruguaya dedica a veces demasiado tiempo a un conflicto lejano y ajeno, en un país donde tenemos demasiadas urgencias que resolver. Precisamente es a este grupo a quien más hay que hablarle de Venezuela, y no se trata de ninguna contradicción.

Sucede que hablar de lo que padece hoy Venezuela, es hablar de Uruguay.

Esto tiene que ver con algunas cosas ya mencionadas, pero lo que hay que hacer ver a este grupo de uruguayos es que Venezuela no es un país tan diferente a nosotros. Es un país con un pasado de cultura política muy sofisticado, un esquema democrático sólido, y no es otro país bananero al que mirar por encima del hombro como si lo que le pasara hoy fuera algo previsible e inevitable.

No. Lo que padece hoy Venezuela es el epílogo de un proceso que en sus inicios, nadie imaginó pudiera tener este final. Los propios venezolanos no lo creyeron, cuando se tomaron a la ligera el ascenso de alguien como Hugo Chávez, sus discurso básico, su tono polarizante, su carisma mal enfocado. Muchas veces desde Uruguay tenemos la tendencia a creer que ese tipo de cosas nunca podrían pasar en nuestro país, como seguramente muchos venezolanos creían que nunca les podían pasar a ellos. Hoy tienen que dejar su país, separarse de sus familias, mendigar para comer, morirse por falta de medicamentos básicos, pagando un costo inhumano, por no haber sabido valorar lo que tenían antes, y calibrar lo que se les venía. Cuántos venezolanos dirán hoy ¡cómo no nos avivamos antes!

El segundo aspecto por el cual lo que pasa en Venezuela habla de Uruguay, es porque deja en evidencia la visión falsa y utilitaria que muchos dirigentes del oficialismo tienen de la democracia. Y no hablamos solo de los comunistas o mujiquistas, de quienes ya conocía cualquiera su desprecio por las instituciones republicanas.

No. Justamente, todo lo que ha pasado en los últimos días habla más de figuras como Daniel Martínez, como Javier Miranda, como Nin Novoa o tantos otros. Gente que se supone tiene otros valores, otra visión de las cosas, y que sin embargo estuvo dispuesta a amparar a un régimen liberticida, genocida, ignorante y hasta carente de un mínimo sentido del ridículo. ¿No sabían estas personas lo que pasaba en Venezuela antes del informe Bachelet? ¡Claro que sí! Pero consideraban que era más importante mantener unida a su coalición, retener el poder político, sus cargos y prebendas, antes que defender los derechos humanos de los venezolanos, o las reglas básicas de un sistema democrático. Miranda hasta lo reconoció públicamente, cuando admitió que no criticaba a Maduro porque eso dividía a su partido.

El tema, de nuevo, no es Venezuela, es Uruguay. Es el tipo de sistema, el tipo de valores, el tipo de dirigente político que queremos para nuestro país. Y, sobre todo, lo que no queremos.

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