Editorial

La barbarie en las cárceles

La realidad es que hoy en día las cárceles son más inseguras que el resto del país, como queda claro con la altísima tasa de asesinatos que allí se verifica; se mata de la forma más bárbara y primitiva dentro de ellas, como quedó claro con el asesinato de Roldán.

Empecemos por lo evidente: preocuparse por la situación de los presos no es un tema popular ni genera adhesiones políticas ni sociales. Sin embargo, el infierno cotidiano que allí se vive habla mucho de la degradación del país en esta era frenteamplista de gobierno.

La muerte violenta del delincuente preso Marcelo Roldán (El Pelado), de 44 años de edad, fue de las noticias más leídas del portal digital de El País. Es que no solamente Roldán poseía un viejísimo historial de violencias terribles que lo llevaron a pasar la mayor parte de su vida privado de libertad desde su más temprana adolescencia, sino que además las circunstancias de su muerte mostraron a cabalidad el estado de barbarie en el que conviven miles de presos.

En efecto, según parece Roldán insultaba mucho a la madre de su compañero de celda en el sector de máxima seguridad del Penal de Libertad, llamado "La Roca". Harto, este recluso de apellido Pereyra decidió entonces apuñalarlo varias veces en el tórax; luego, tomó el cuerpo de Roldán ya sin vida, lo colgó de los pies con una sábana y lo decapitó, dejando la cabeza en un balde; finalmente, rebanó trozos del cadáver y se dispuso a fritarlos en su celda, para más tarde comerlos tranquilamente. Un preso tuvo tiempo y posibilidades de hacer todo eso que se describe, entiéndase bien, en el sector que se considera de máxima seguridad del Penal de Libertad.

La violencia cotidiana en las cárceles es tremenda. Vale la pena tener presente algunos datos estadísticos que hablan por sí solos. Las muertes violentas, por ejemplo, ocurren con mayor frecuencia relativa entre rejas que en el resto del territorio nacional. La tasa de homicidios en cárceles en 2017 fue de 154 cada 100.000 personas, y es por tanto una proporción casi 20 veces mayor a la tasa nacional. Por otro lado, la tasa de suicidios en prisión de 2017 (91 cada 100.000 habitantes) fue algo más de cuatro veces mayor que la tasa nacional.

En concreto, según el informe 2017 del comisionado parlamentario para las cárceles, el año pasado hubo 47 fallecimientos en prisión: 28 fueron violentos y 19 fueron no violentos. Entre las muertes violentas se contabilizaron 17 homicidios, 10 suicidios y una por una caída de altura por causas no del todo aclaradas. La cifra total de muertes por año viene siendo aproximadamente la misma desde 2014.

Pero además, el informe señalaba que había un sector en el módulo 12 del Complejo Carcelario Santiago Vázquez con unos 25 internos que sufrían un sistema de confinamiento en solitario que viola la Convención contra la Tortura ratificada por Uruguay. La verdad de las cifras es que el 30% del total de los presos, es decir unas 3.000 personas en total, sufren tratos crueles, inhumanos o degradantes.

La realidad es que hoy en día las cárceles son más inseguras que el resto del país, como queda claro con la altísima tasa de asesinatos que allí se verifica; que se mata de la forma más bárbara y primitiva dentro de ellas, como quedó claro con el asesinato de Roldán; y que miles de presos son torturados y sufren malos tratos. Y todo esto, por cierto, es bien sabido y conocido por el gobierno y por la sociedad desde hace años.

Alguien podrá decir que los presos cumplen condena y que por tanto no hay por qué preocuparse por el estado sufriente en el que viven. Empero, esa posición es doblemente equivocada. Primero, porque en un país civilizado nadie tiene que sufrir torturas por haber cometido un crimen: aceptar que así sea, como lo hace de hecho la sociedad uruguaya que permanece impávida cuando se entera de noticias como la del asesinato de Roldán, habla claramente de la degradación moral en la que estamos inmersos.

Segundo y más utilitarista, hay que ser consciente de que todos los años egresan del sistema penitenciario más de 6.000 personas. Lo cierto es que si ellas salen de un medio donde la vida no es respetada ni cuidada y donde la violencia campea, y si además lo hacen sin ninguna preparación para relacionarse con la sociedad, lo único esperable es que la inmensa mayoría repita sus comportamientos violentos contra la sociedad, en modo, por ejemplo, de rapiñas o asesinatos. Y los datos en este sentido del informe del comisionado parlamentario de 2017 son escalofriantes: denuncia que las condiciones de reclusión no aseguran condiciones suficientes para la integración social en el 44% del total de los reclusos.

El próximo gobierno recibirá herencias muy pesadas de esta era frenteamplista. La barbarie en las cárceles es, sin duda, una de las peores.

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