EDITORIAL
diario El País

Balance positivo en contexto

A esta altura del año pasado los uruguayos habían disfrutado la Navidad en grupos familiares grandes y se preparaban para recibir el año nuevo con el inicio de las vacaciones y el éxodo masivo a las costas del este.

Un nuevo gobierno se preparaba para comenzar su tarea y en la sede de Bulevar Artigas se trabajaba a ritmo sostenido. Todo era ilusión y esperanza.

Nada de eso se repite este año. La pandemia echó todo a perder, acá y en el mundo entero. Por lo tanto, solo se puede evaluar el año a partir de esta complicada excepcionalidad, no como si fuera un año como tantos.

Los problemas y desafíos que Uruguay enfrentó, y sigue enfrentando, son los mismos que los de todo el resto del mundo.

Algunos países manejaron la crisis mejor que otros, pero en lo sanitario fue igual de complicado para todos. Los liderazgos influyeron cuando los hubo y confundieron cuando no pudieron o no quisieron ser claros.

El impacto sobre la economía mundial y sobre la economía de cada país, fue tremendo y mientras la pandemia no pase, en el mejor de los casos se irá sorteando la situación pero nadie tiene claro donde está parado.

A eso se suma que casi todos los países, y eso incluye a Uruguay, debieron hacer grandes erogaciones para sortear cada uno de los dramas sociales que se fueron planteando. Eso afectó las reservas y obligó a muchos a endeudarse.

La pandemia también perjudicó a la educación en todos los niveles, primario, secundario y universitario. Como se recordará, al día siguiente de decretada la emergencia sanitaria (el 13 de marzo) se suspendieron las clases. Con diferentes grados de cierre, esto sucedió en todo el mundo y en algunos lugares ese cierre fue más tajante que en otros.

Llegado el fin de año y a la hora de hacer balances, Uruguay puede (dentro del gran desastre mundial que fue todo esto) sacar conclusiones positivas en el terreno educativo.

Prácticamente todos los países del mundo (Uruguay incluido) debieron hacer grandes erogaciones para sortear cada uno de los dramas sociales que se fueron planteando. Eso afectó las reservas y obligó a muchos a endeudarse.

Por cierto estuvo lejos de ser el año deseado, pero dentro de las alternativas posibles solo cabía algo peor de lo que fue. No es para celebrar (en ningún lugar del mundo lo es), pero sí al menos saber que de esta salimos bastante bien.

El primer problema que trajo el cierre es que los niños no accedían a la alimentación diaria que recibían en sus respectivas escuelas. Esto tenía un efecto más agudo en los barrios carenciados. Se diseñó un sistema especial con mucha rapidez para que las familias retiraran sus bandejas pese a que los niños no iban. Al primer problema, que fue más social que educativo, se le encontró rápida solución.

Lo demás fue un estudiado e inteligente manejo de las “perillas”, cosa que requirió paciencia. El plan Ceibal fue un soporte esencial para los cursos virtuales en las escuelas. En liceos y universidades se desarrollaron formas virtuales de trabajo gracias a la existencia de diferentes soportes. No fue fácil, pero se hizo. Tampoco fue fácil para los que iniciaron sus primeros pasos en la universidad: en la vida universitaria importa, además de los cursos, los intercambios personales entre compañeros y profesores, lo que se habla en los pasillos y las cantinas. Eso faltó.

Al principio se abrieron las escuelas rurales, no en forma obligatoria, y después poco a poco las perillas siguieron un lento, pero bien estudiado proceso de apertura.

La presencialidad fue aumentando de a poco, con matices, y en algunas escuelas el proceso se hizo mejor que en otras. Por lo tanto, el nivel educativo impartido en el país no fue parejo y eso tendrá un costo. Pero ante una situación de emergencia, volvemos a insistir, pudo haber sido peor.

Como bien dijo el ministro de Educación y Cultura, en comparación a muchos otros países, Uruguay tuvo más horas de clases impartidas.

Puede entonces decirse que el balance fue positivo en un contexto totalmente negativo. Mejor hubiera sido un año normal, sin pandemia y sin protocolos. Pero la realidad, lamentablemente, fue otra.

El desafío para la educación no terminó. Los contagios siguen aumentando, fue necesario tomar más medidas y la situación no se revertirá en forma definitiva para cuando comiencen las clases en marzo.

Hay tiempo para diseñar una estrategia que ya no se hará sobre la marcha como ocurrió este año. Una estrategia que permita mantener los cursos y evite un desenganche educativo en los niños y los liceales, aún en medio de una situación compleja.

No hay otra alternativa mientras el país y el mundo sigan viviendo en tiempos tan complicados.

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