EDITORIAL

La atinada reflexión de un experto

Un delincuente que roba una casa, sabiendo que sus ocupantes están en ella, prepara su delito. En cambio, los habitantes de la casa no están preparados para enfrentarlos pero llegado el caso, se defienden igual.

El domingo pasado nuestro diario publicó una bien argumentada columna del reconocido penalista y profesor emérito de la Universidad Católica, el abogado Amadeo Ottati.

Allí el autor fundamentó su visión sobre como debe interpretarse el concepto de “legítima defensa”, cuando la víctima de un ataque delictivo repele la agresión y por sus resultados, entra en esa tan compleja zona legal.

Su reflexión importa porque dado que esta es una situación que se da cada vez más, está preocupando a la sociedad.

Estuvo el sonado caso de una persona que repelió un robo en una estación de servicio y que luego fue procesado. Ahora la Justicia tiene otro caso en sus manos, referido a una persona que estando dentro de su casa con su familia, fue asaltado y uno de los delincuentes murió en el intento. Los ladrones habían desarticulado el sistema de alarma para entrar en la casa. Al responder, el dueño de la casa disparó contra ellos a las piernas (no a un órgano vital) pero la herida derivó en una hemorragia que puso fin a la vida del delincuente.

Sin embargo, quien enfrenta un juicio es la víctima del robo. Aquella noche se había ido a dormir con ningún otro problema más que los que afectan a cualquier ser normal: en pocas horas terminó involucrado en una situación donde, sin pretenderlo ni preverlo, es considerado un criminal.

Los argumentos del fiscal generaron una indignada reacción en una población que se siente asediada por una delincuencia que no se detiene ante nada y está dispuesta a asesinar para lograr su objetivo, aunque a veces este sea por objetos de poco valor o escasos montos de dinero, lo cual hace que todo sea aún más trágico.

Desde esa indignación, mucha gente cuestionó e intentó refutar al fiscal en las redes apelando a un elemental sentido común, pero sin el especializado conocimiento en cuestiones vinculadas al Derecho.

Por eso la columna de Ottati fue tan necesaria. Es un penalista que trabajó en el terreno práctico como abogado y en el terreno teórico como profesor universitario. Por lo tanto habla con conocimiento. Cita fallos, cita textos académicos, cita la Constitución y la ley y lo que termina afirmando no es tan distinto a lo que desde un elemental sentido común tanta gente indignada, pero no experta, ha venido diciendo.

Si se repiten situaciones en que la gente responde con tiros a los ataques a sus casas o comercios es porque esta siente que no hay respuesta. Una y otra vez se cometen todo tipo de delitos con total impunidad. La Policía no siempre llega, no siempre atrapa, no siempre aclara. En este complejo contexto, los jueces (a veces porque enfrentan casos poco claros, otras por convicciones filosóficas) son proclives a fallar con lenidad. Como resultado, los delincuentes terminan libres o con condenas casi inocuas.

Todo esto se sabe y es la causa del malestar que afecta a la sociedad.

Un delincuente que roba una casa, sabiendo que sus ocupantes están en ella, prepara su delito. Elige a cuál casa ir, planifica cómo cortar la alarma y lleva los instrumentos para lograrlo. Todo está calculado. En cambio, los habitantes de la casa no están preparados. Tal vez hasta un rato antes habían mirado televisión, riéndose de alguna comedia para luego prepararse para el descanso.

Súbitamente, por un inesperado giro del destino, les toca a ellos. No a los de al lado, no a los de la casa de la esquina sino a ellos. Y terminan no solo enfrentando el trauma de un copamiento, sino a un fiscal que los quiere meter presos.

Por cierto, sería un problema para el país que se instale la idea de “hacer justicia con mano propia”. Pero si así ocurriera, es porque la gente siente que nadie hace justicia con la mano que corresponde. Siente que hay ausencia de Estado. De todos modos, eso no es lo mismo que la legítima defensa.

Cuando se leen los argumentos de los fiscales en estos casos, parecería como que el robado se detuvo a pensar qué hacer, calculó cuantas balas necesita y desde qué distancia sería mejor disparar. Uno imagina a la persona robada actuando en cámara lenta, para así tener tiempo de calibrar, evaluar, sopesar y en función de eso responder con fría racionalidad según lo que aconseja el mejor de los manuales.

No suceden así las cosas. Todo pasa en fugaces segundos. Y los fiscales lo saben.

Por eso fue atinada la reflexión de Ottati. Es de esperar que ella sea tomada como un necesario insumo por fiscales y jueces a la hora de tomar decisiones que den una clara tranquilidad y garantías a la población, que es la verdadera víctima.

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