EDITORIAL

Ataques que son un boomerang

Los precandidatos frentistas, con Cosse a la cabeza, siguen como si no tuvieran responsabilidad de nada, no se les cae ni una idea y solo se dedican a criticar con notoria mala fe las propuestas de sus adversarios.

Los golpes bajos en una campaña electoral pueden volverse un boomerang, y por eso deben tener cuidado los precandidatos cuando quieran embarrar la cancha. La precandidata frentista Carolina Cosse está más ensañada en denunciar los supuestos defectos de sus adversarios, que en mostrar las ventajas de sus propias propuestas, si las hay. Lo grave es que al denunciar esos defectos, deja en evidencia los suyos, pues Cosse lleva ya algunos años en la gestión pública y ha sido muy polémica su decisión de construir el Antel Arena. Fue cuestionada porque iba contra lo que indica la Constitución y porque terminó costando más del doble de lo que se decía que costaría.

Sin embargo, es ella quien ataca el plan de ajuste al gasto público que propone Luis Lacalle Pou, y saca a luz la imagen que tres campañas atrás usó Luis Alberto Lacalle, la motosierra, cuando compitió contra José Mujica en la segunda vuelta de 2009.

En aquel país, todavía conforme con la primera administración frentista y muy autocomplaciente, la palabra sonaba horrible y fue usada en un sentido peyorativo para desprestigiar la candidatura de Lacalle. No se imaginaba entonces que con su triunfo, Mujica iniciaría la peor presidencia de la historia reciente, despilfarradora sin control y que derivaría en lo que algunos llamaron “la fiesta de las empresas públicas”, con dinero gastado a diestra y siniestra. Dinero que no era de los gobernantes sino de los contribuyentes.

Por lo tanto, se desubica quien gastó muy por encima de lo previsto en la construcción de su Arena, al cuestionar a Lacalle Pou, o a cualquier candidato futuro que quiera cuidar el gasto público, en un país que tiene un cada vez más abultado déficit fiscal y castiga con una pesada carga tributaria a sus habitantes.

Por supuesto Lacalle Pou nunca se refirió a una motosierra y el ajuste al gasto público que propone parece razonable a todas luces. O es eso, o es seguir subiendo tarifas e impuestos hasta llegar a la asfixia del país y su gente.

Con el déficit que deja el gobierno saliente, no hay muchas alternativas. Más cuando los síntomas empiezan a verse: una creciente desocupación y el cierre de empresas que no pueden soportar la sobrecarga de impuestos, aportes, tarifas y exceso de normas reguladoras que no hacen más que encarecer su producción.

Días pasadas se supo que Uruguay perdió un buen negocio, el de exportar arroz a Irak. Brasil ofreció mejor precio y se quedó con el negocio.

Estas cosas están pasando ahora. Ancap se jacta de que este año le fue bien, pero pasa por alto que ello se debe al alto costo del combustible que pretende cubrir el rescate que hizo el Estado a una empresa que estuvo al borde de la ruina. Año a año el país veía con alarma el creciente déficit de la monopólica empresa estatal y nadie hacía nada. No fue algo sorpresivo, fue creciendo de a poco sin que el gobierno mostrara reflejos. Al principio hubiera bastado una modesta poda. Luego hubiera sido bueno hacer un recorte más profundo. Por último, aplicar la tan denostada motosierra. Lo que se hizo fue un apresurado y muy costoso salvataje.

Esa lista de desatinos es la que hereda el próximo gobierno.

Sin embargo, los precandidatos frentistas siguen como si no tuvieran responsabilidad de nada y se dedican a advertir a sus votantes que los contrarios desandarán todo lo bueno que ellos creen que hicieron. Y en especial amenazan con que se vendrán recortes en los gastos sociales.

Ningún candidato ha hecho campaña con ello. Pero ellos insisten en su prédica.

Es que tal como han hecho las cosas, es lógico que lo piensen pues diseñaron sus proyectos sociales de tal manera que se volvieron permanentes. En lugar de usarlos para sacar a la gente de su pobreza, y permitir que luego tuvieran un desarrollo autónomo de sus vidas, hicieron de sus beneficiarios meros rehenes de tales planes. Eso es usar los dineros públicos con fines proselitistas y clientelísticos. Es una estafa a las expectativas de quien recibe esa ayuda con la ilusión de poder salir de su situación, es una estafa al contribuyente y una distorsión del funcionamiento institucional de una democracia.

Por lo tanto, sería bueno que los responsables de los que derrocharon sin control, guarden silencio cuando sus competidores electorales anuncian la necesidad de controlar el gasto público. No lo hacen con tono festivo ni porque desean hacerlo, lo hacen porque estos gobiernos los empujan a ello. Y prefieren decirlo con claridad, antes que mentir y engañar al electorado.

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