EDITORIAL

La asfixia regulacionista

Rechazar las exenciones tributarias que se otorgan a los donantes de dinero a instituciones educativas privadas es apostar a a un Estado cada vez mas grande y despreciar las iniciativas de los ciudadanos.

Uno de los tantas cuestiones que explican el agotamiento del gobierno frentista, es su compulsión a asfixiar al país con impuestos, tarifas desproporcionadas y excesiva regulación, todo lo cual lleva a impedir que la gente haga, por si misma, las cosas que quiere hacer.

Han llevado la asfixia estatal a su punto más alto. Ponen un freno a la iniciativa ciudadana, a los proyectos y sueños de la gente, a dejar que sea la sociedad quien haga cosas que considera sus prioridades, a permitir que los proyectos impulsados desde el gobierno convivan y se complementen con los la de gente que actúa a través de instituciones, centros educativos, empresas e iglesias. Que lo público y lo privado, juntos, potencien un mejor país.

Esa asfixia es la que indigna a quienes se mueven en el mundo del agro, al pequeño comercio, harto ya de tanto tributos y costosas normas. Explican el cierre de empresas, el creciente desempleo y dan como resultado el hartazgo.

Sin embargo, el Frente Amplio no parece darse cuenta de ello y sus planes para lo que vislumbran como “el cuarto gobierno” son muestra de ello. Quieren todavía más de lo mismo, mucho más. Una propuesta que plantea el Frente, con fervoroso respaldo militante, es el de eliminar exenciones tributarias que se otorgan a aquellos que donan dinero a instituciones educativas privadas.

Sus impulsores no tienen la menor idea de cual es el significado profundo de este mecanismo, ni saben que se aplica en muchos países, ni que en ellos funciona bien. Al negarlo, quieren expresar su desprecio ideológico a “lo privado”, que en definitiva no es más que gente haciendo cosas, marcando prioridades personales y apostando a diferentes iniciativas. El objetivo es totalizar sólo en el Estado todo lo que se puede hacer, y no dejar espacio a iniciativas de la sociedad.

No quieren entender que, como ocurre en casi todo el mundo, la sola presencia de muchas universidades, públicas y privadas, ha sido beneficioso para los países que así funcionan. Y que el mecanismo de la exención tributaria ayuda a que todas ellas (repetimos, públicas y privadas) cuenten con recursos y se desarrollen.

El Frente Amplio insiste en que solo puede funcionar, para todo, el monopolio estatal. Quizás suponga que así ejercerá un control político sobre el país entero. Parece desconocer que donde eso se hizo, terminó en fracaso. Un fracaso para el gobierno que implementó tales medidas, pero también para el país que las sufrió.

De alguna manera, esta forma de pensar frentista es la agudización de un modo muy uruguayo de sacralizar al Estado. En ese sentido, es llamativo que en las medidas del MPP, se proponga revisar el número de “pases en comisión” según si el gobernante es ministro o legislador. Revisa la composición numérica del mecanismo, no su modificación de fondo.

Sin duda, dejar que un empleado público mantenga su sueldo y su puesto original, cuando es convocado por un ministro o un legislador a cumplir la tarea de asesorarlo durante un período concreto, ayuda a contar con personal de apoyo sin modificar el presupuesto general.

Pero más allá de las malas prácticas que a veces este sistema provoca (más pases de los reglamentarios o que se hagan para favorecer amigos o familiares), el sistema tiene un vicio de origen: los asesores no hacen más que potenciar la visión extrema del Estado que podrían tener sus asesorados. No vienen de diferentes lugares de la sociedad civil, con lo cual ampliarían la perspectiva del gobernante que recurre a ellos. Son empleados públicos y por lo tanto solo aportan desde el cerrado mundo en que actuaron toda su vida. Para colmo, fortalecen la soterrada discriminación hacia lo todo lo que es “privado”, que existe desde hace tiempo y que el Frente no hizo más que profundizar.

Los uruguayos, los otros, los que producen, los que sustentan el funcionamiento del país, los que soportan las tonterías burocráticas y excesivamente regulatorias que salen de la cabeza de quienes gobiernan desde sus despachos y con las ventanas cerradas, esperan y necesitan algo diferente.

La campaña recién empieza. Las primeras señales que da el oficialismo son frustrantes y desalentadoras para su propia gente: más de lo mismo, mucho más, en un momento que el país necesita que se aflojen tantas ataduras. Por otra parte, empezarán a circular las propuestas de los partidos opositores y habrá que ver que ofrecen. Hay expectativas respecto a ellas, en un país que quiere romper la asfixia y respirar buen aire de una buena vez.

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