EDITORIAL
diario El País

Artigas y el artiguismo

A diferencia de otros grandes líderes revolucionarios de inicios del siglo XIX en Sudamérica, Artigas siempre tuvo como norte al principio fundamental de la soberanía popular en su concepción de legitimidad del poder.

El próximo 5 de septiembre se cumplirán 200 años que el prócer José Artigas cruzó el río Paraná hacia el exilio en Paraguay y el 23 de septiembre, se cumplirán 170 años de su muerte en el hermano país. Las fechas nos llevan a evocar el papel de Artigas y del artiguismo como concepción política y a una reflexión que nos acerca a nuestra identidad misma como nación.

Conviene recordar el tiempo tan distinto en el que vivió Artigas. Cuando nace, en 1764, no se había producido ni la independencia de Estados Unidos ni la Revolución Francesa. La humanidad apenas contaba con 1.000 millones de personas en total (somos hoy 7.500 millones), de las cuales cerca del 90% vivían en la pobreza. Desde el punto de vista económico, no se había producido siquiera el inicio de la revolución industrial con el desarrollo textil en el Reino Unido de Gran Bretaña.

Al morir Artigas, el orden internacional era completamente distinto, ya no solo con respecto a las naciones en Sudamérica, sino también a nivel mundial. En efecto, el Reino Unido había pasado a ser la primera potencia mundial en materia económica, pero también naval; y Estados Unidos era un país independiente que incluso ya había expuesto su doctrina Monroe con respecto a sus relaciones panamericanas y había ya ganado su guerra con México, haciéndose así de partes fundamentales de su hoy grandísimo territorio continental.

Además, hacia 1850 las revoluciones sociales como consecuencia del desarrollo capitalista eran protagonistas fundamentales en Europa, y ya Carlos Marx había publicado su influyente “Manifiesto Comunista”. A mitad del siglo XIX era muy difícil calibrar los prodigiosos cambios sociales, demográficos, culturales, económicos y políticos que estaban ocurriendo en el mundo occidental munido solamente con las herramientas conceptuales forjadas hacia mediados del siglo XVIII, esas que habían formado al joven Artigas en nuestra lejana periferia del imperio español.

Sin embargo, y aquí está gran parte del interés de Artigas y del artiguismo como cuerpo de ideas político, a pesar de esa lejana inspiración del siglo XVIII, los principios que conjugó Artigas muestran, incluso hoy, su notable sentido de modernidad.

Modernidad política antes que nada. Artigas, a diferencia de otros grandes líderes revolucionarios de inicios del siglo XIX en Sudamérica, siempre tuvo como norte al principio fundamental de la soberanía popular en su concepción de legitimidad del poder. Por supuesto, este concepto debe entenderse en el contexto de su particular tiempo, en el que la representación política estaba formada por lo que en aquel entonces era la pars valentior o la sanior pars del pueblo: su mejor élite, sus hombres destacados.

Pero independientemente de este criterio clásico, la clave está en que Artigas, y consecuentemente el artiguismo, siempre entendió que el poder debía de ser legitimado por el pueblo. Es aquello, grabado a fuego en la memoria nacional y que tanto singulariza a nuestra cultura política colectiva de “mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”.

Modernidad económica y social también. Artigas siempre reivindicó la libertad de comercio que asegurara autonomía en el desarrollo económico de la Provincia Oriental. Por supuesto que esa concepción puede entenderse desde la perspectiva del enfrentamiento con la voluntad bonaerense de erigirse en centro único regional, de privilegiar su lugar de “hermana mayor” como capital virreinal para evitar la autonomía y el crecimiento de Montevideo.

Pero en cualquier caso, la modernidad de Artigas pasa porque conjugaba la libertad de emprender desde lo individual y la libertad de comercio con el mundo. No fue en vano, por ejemplo, que hacia 1817, y a pesar de que ya no era su tiempo de mayor peso político regional, se puso de acuerdo con la principal potencia mundial, el Reino Unido, para liberalizar el comercio bilateral.

Si bien los tiempos en los que vivió Artigas fueron de los más revolucionarios en la Historia de la humanidad, hubo un norte intelectual que guió al Protector de los Pueblos Libres en su acción política, y que continúa hasta el día de hoy como principio que forja nuestro devenir y nuestra identidad nacional artiguista. Es el principio de la libertad: la política, para vivir gobernados por autoridades legítimas; la económica, para poder forjarse un futuro de paz y prosperidad hecho de trabajo y comercio con todo el mundo.

Artigas no solamente está en los libros de Historia. Su concepción política sigue siendo el sustento de nuestro devenir moderno y liberal.

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