EDITORIAL

A 25 años del fin de la URSS

El tiempo nuevo abierto hace 25 años, trajo consigo la esperanza de un orden mundial distinto. Rusia, desde el liderazgo de Putin que se inicia en 2000, ha querido recuperar su influencia internacional perdida tras la disolución de la URSS, sobre todo en estos últimos años.

Hoy se cumplen 25 años de la última vez que flameó la bandera de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas sobre Moscú. Pocos días antes se había firmado el tratado de Belavezha por parte de Ucrania, Rusia y Bielorrusia, que disolvió la ya muy golpeada Unión Soviética.

El enojo de Gorbachov, presidente de la URSS, fue muy grande. Es que su papel institucional había sido terriblemente ninguneado en esas semanas: el colmo fue cuando la disolución de la URSS fue informada al presidente de los Estados Unidos antes que a él. En su alocución televisiva de fin de año de 1991, el presidente Bush (padre) pudo finalmente informar a sus ciudadanos que el conflicto que había organizado las relaciones internacionales desde 1947, la Guerra Fría, había terminado con el triunfo de su país sobre un imperio socialista que había llegado a abarcar un sexto del total de las tierras del mundo y más de 100 nacionalidades en su seno.

Se procesó así, hace 25 años, el cambio geopolítico más importante desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La creación de la Unión Soviética se remontaba a la revolución bolchevique, de la que por cierto se cumplirá un siglo en 2017. Hacia 1922, luego de la sangrienta guerra civil y cuando Rusia incorporó a las repúblicas más lejanas, se terminó de conformar esa enorme potencia socialista que marcaría a fuego el siglo XX. Sobre todo lo haría en el período de protagonismo de Stalin, entre 1928 y 1953, cuando se asentó, por un lado, un totalitarismo soviético tenaz y abrumador, y por otro, un expansionismo que llevó a Moscú a ocupar el mayor lugar de protagonismo mundial de toda su historia.

Estas dos dimensiones del comunismo soviético por supuesto que se mantuvieron vigentes luego de la muerte de Stalin. Es una gran mentira, muy extendida entre nosotros, creer que el totalitarismo soviético solo existió por causa de un líder despótico como fue Stalin, o que la política de expansión rusa solo se limitó a las consecuencias geopolíticas naturales, reclamadas por uno de los grandes países que había vencido a la Alemania nazi en 1945.

Por el contrario, sabido es que la feroz represión comunista se tradujo a lo largo de toda la historia de la URSS en violaciones permanentes a los derechos humanos y a las libertades individuales más elementales, y también en una situación económica y social degradada para la inmensa mayoría del pueblo que sufría el peso de la bota socialista. También sabido es que la política expansionista soviética se mantuvo con intensidad luego del final de la II Guerra Mundial. Abarcó regiones enteras de lo que por entonces se llamaba Tercer Mundo y logró que países que iban accediendo a la independencia en el proceso de descolonización, en África y Asia sobre todo, adhirieran al campo socialista en plena Guerra Fría.

Seguramente sea difícil fijar una fecha de inicio de la decadencia absoluta de la URSS. Pero es claro que visto en perspectiva, hay dos episodios muy relevantes que aceleraron todo el proceso de su implosión. Por un lado, la invasión a Afganistán en 1979, que tuvo costos económicos, militares y humanos demasiado altos para la situación que vivía Moscú.

Por otra parte, la llegada al poder en 1985 de un relativamente joven Gorbachov dispuesto a enfrentar reformas políticas, sociales y económicas ineludibles en la ya debilitada Unión Soviética.

Las decisiones de Gorbachov tuvieron consecuencias inesperadas para todo el campo socialista. En efecto, los Estados satélites de la Unión Soviética en Europa del Este, sintieron rápidamente la posibilidad de una apertura en sus regímenes dictatoriales. Como fichas de dominó, en 1989 todos procesaron sus propias revoluciones que terminaron con las infames dictaduras comunistas en toda la región. Inevitablemente, ese reclamo de libertad se extendió hacia dentro de la propia unión socialista vinculada a Moscú, y fue así que entre 1989 y 1991 se fueron procesando cambios que terminaron con la disolución de la URSS.

El tiempo nuevo que se abrió hace 25 años, trajo consigo la esperanza de un orden mundial distinto. Rusia, desde el liderazgo de Putin que se inicia en 2000, ha querido recuperar su influencia internacional perdida tras la disolución de la URSS, sobre todo en estos últimos años en los que se la ha vuelto a ver activa en regiones alejadas de Moscú. La toma de Crimea en Ucrania y la actual guerra en Siria son dos ejemplos.

Rusia sigue siendo un actor internacional importante, pero desde 1991 no tiene la impronta totalitaria desplegada en el siglo XX ni tampoco el mismo peso.

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