EDITORIAL

A 60 años de la revolución húngara

Se cumplen 60 años del inicio de la revolución democrática en Hungría que terminó aplastada por la represión comunista de la Unión Soviética. Importa recordarlo por el desconocimiento que hay en nuestro país sobre este tipo de episodios tan característicos de las tiranías comunistas de la época de la Guerra Fría.

La de Hungría no fue la primera revolución en Europa del Este: ya a pocos meses de la muerte del "carnicero" José Stalin, los obreros se levantaron contra la opresión en Alemania del Este; y pocos meses antes de la tragedia húngara hubo un movimiento similar en Polonia. Pero fue sí, hasta ese entonces, la revolución más sangrienta, porque fueron miles los que murieron en el intento de quitarse de encima el yugo del imperialismo comunista soviético.

Al inicio de la tarde del 23 de octubre, unos 20.000 manifestantes, alentados por el proceso de desestalinización que había iniciado Kruschev en la URSS, se reunieron en Budapest para exigir libertad. Ya para la tardecita, cuando las banderas húngaras flameaban sin el escudo comunista en su centro, arrancado por los manifestantes, más de 200.000 personas se habían unido a la manifestación pacíficamente. Al día siguiente, una estatua de bronce de Stalin de 10 metros de alto, erigida pocos años antes, fue tirada abajo por la multitud.

Luego de varias idas y venidas y de negociaciones dentro del partido comunista húngaro y en Moscú, el 4 de noviembre la Unión Soviética se decidió a invadir Budapest y otras regiones del país. Más de 30.000 soldados y centenares de tanques dieron cuenta de la resistencia húngara que, heroica, duró hasta el 10 de noviembre con el saldo de más de 2.500 muertos y 200.000 húngaros que huyeron en calidad de refugiados hacia Austria. Los arrestos masivos y la represión a mansalva continuaron por meses, incluso entrado ya el año 1957. Budapest quedó destruido. Pero sobre todo, la URSS desestalinizada daba una señal muy clara a todo el mundo de que no estaba dispuesta a admitir ningún movimiento de exigencia de democracia y libertad en los países de su área de influencia.

En El telón de acero. La destrucción de Europa del Este, 1944 1956, el excelente libro de la historiadora Anne Applebaum editado en castellano en 2014 y que hasta hace muy poco se podía conseguir en librerías de Montevideo, hay un detallado y amplio análisis de los regímenes totalitarios en los países de Europa del Este que sufrieron el comunismo como sistema de gobierno. Allí se muestra, entre otras cosas, cómo se podía llegar a experimentar en semejantes sociedades una suerte de doble vida, un desdoblamiento perverso de la consciencia. Y eso era así porque existía un cúmulo de presiones de todo tipo, que incluían, claro está, los terribles mecanismos del terror en la represión a los ciudadanos, que obligaban a muchos de ellos a fingir un entusiasmo que no sentían por el sistema comunista, o incluso a prestarle colaboración contrariando sus inclinaciones más íntimas, con tal de poder sobrevivir.

Todo esto es bien sabido por el mundo académico y por todos aquellos que se interesen por estos temas a 60 años de estas brutales represiones y a 25 años ya de la caída de la URSS. Sin embargo, en nuestra región y en particular en nuestro país, todos estos datos históricos no son tenidos en cuenta. Ganados como estamos por una interpretación de la Guerra Fría en la que lo que hubo fue un enfrentamiento entre dos campos similares, se omite describir la verdadera esencia represiva y totalitaria de los regímenes comunistas que asolaron distintas partes del mundo, y en particular Europa del Este.

Así las cosas, los libros de texto para nuestros estudiantes de escuela y liceo nunca hacen mención a represiones como la de Hungría de 1956. Y como todo esto no se dice, siempre queda en el aire la sensación de que, por ejemplo, tanto el alineamiento de Cuba en 1961 con el campo comunista, como la desestabilización del mundo del trabajo operada aquí en los tempranos años 50 por el Partido Comunista con un objetivo revolucionario, como finalmente las proclamas de la extrema izquierda guerrillera que hacían de los países comunistas su modelo de sociedad, podían ser aceptables y hasta compartibles.

Lo que termina ocurriendo es que no hay una clara noción del horror cotidiano que significaba el régimen de terror comunista de esa época.

Por eso importa mucho recordar hoy el coraje de esos miles de patriotas húngaros que en 1956 lucharon contra la tiranía comunista y dieron su vida por la tan preciada libertad.

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