EDITORIAL

Dos años en el Consejo de Seguridad

Experiencia riesgosa pero enriquecedora, la presencia de Uruguay en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas resultó positiva y demostrativa que conviene estar en donde se corta el bacalao.

Al retirarse del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, cumplidos sus dos años como miembro rotativo del organismo, Uruguay puede trazar un balance positivo de una experiencia extraordinaria que lo llevó a participar en decisiones y discusiones del más alto nivel internacional.

Para quienes dudaban sobre la conveniencia de incorporar a nuestro país a ese cuerpo en virtud de los compromisos que tal actividad podía conllevar, los resultados cantan que la instancia no sólo se sorteó con eficacia sino que supuso un aprendizaje valioso para la Cancillería. Más allá de los debates sobre los asuntos más urticantes que pasaron por Naciones Unidas, Uruguay tuvo la oportunidad de dejar registradas sus opiniones en temas trascendentes y en otros que, sin formar parte de la actualidad política inmediata, importan para definir la postura del país ante el mundo.

País relativamente pequeño y afiliado por tanto a la idea del multilateralismo, Uruguay probó en el Consejo de Seguridad su adhesión a los grandes principios que rigen a la comunidad internacional, entre ellos la defensa de los derechos humanos y la búsqueda de una solución pacífica para los conflictos. En ese sentido puede decirse que siguió la línea trazada décadas atrás por nuestro ex embajador ante la ONU, Carlos María Velázquez, cuyo recuerdo sigue vigente a la hora de evocar conceptos rectores de la diplomacia uruguaya.

Atrás quedaron los augures del desastre, los partidarios del "no te metás" que quisieran ver al Uruguay alejado de toda instancia en donde deba asumirse algún tipo de responsabilidades. El debate sobre ese punto se libró en su momento y la Cancillería, felizmente, optó por tomar riesgos en vez de refugiarse en la pasividad y la inacción como querían algunos. Era sabido que riesgos se iban a correr en la medida en que nuestro país estaría obligado durante esos dos años a definirse sobre aspectos cruciales del acontecer internacional.

Así lo hizo, soportando presiones en algunos casos, pero manteniendo posiciones con firmeza en circunstancias harto difíciles, algo que fue característico en la compleja gestión del Consejo de Seguridad de estos dos últimos años. Desde los problemas planteados con Ukrania, Siria o más recientemente en Israel, el país salvó su nombre a pesar de que el Consejo de Seguridad, en la mayor parte de las veces, no logró la necesaria unidad para lograr una solución a los conflictos.

Con ello la Cancillería se expuso naturalmente a las críticas, algo previsible pues quedarse aparte, sentado en un humilde rincón como proponían algunos, hubiera evitado todo tipo de polémicas. De haberse seguido esa actitud en el pasado, Uruguay sería un país mucho menos conocido y con escaso crédito en materias de Derecho Internacional. Fue esa postura participativa e interesada en influir en las grandes decisiones la que llevó al país a tener actuaciones tan destacadas como organizar en Punta del Este la ronda Uruguay del GATT o convertirse en la única sede latinoamericana de una asamblea de la UNESCO. Todo ello con los consiguientes riesgos, pero ya se sabe que en éste como en otros campos el que no arriesga no gana.

Y en lo que respecta a Naciones Unidas Uruguay siempre ha tomado riesgos. Es el país que, en proporción a su población, más tropas ha enviado a las misiones de paz en zonas candentes en donde la presencia de los cascos azules ha sido relevante. Tampoco ha eludido participar en otros desafíos presentados por el máximo organismo internacional. Sin ir más lejos hace un par de décadas procuró y finalmente consiguió nada menos que la presidencia de la Asamblea General de Naciones Unidas, una tarea que no se le confiere a ningún recién llegado a la organización.

Podrá decirse que al final de su gestión Uruguay afrontó el compromiso de acompañar o no la iniciativa de Estados Unidos de reconocer a Jerusalén como capital de Israel, algo que hubiera evitado de haber estado fuera del Consejo. Pero lo cierto es que incluso en una instancia tan complicada como esa, en donde estaba en juego nuestra tradicional buena relación con el Estado de Israel, un principio siempre a defender, Uruguay se apegó a las normas que había aprobado anteriormente en el seno de la ONU.

Fueron dos años de mucho trajín en donde el nombre de nuestro país alcanzó una resonancia inhabitual, en general de tono positivo. En suma, se configuró un balance favorable que desmiente una vez más a los acérrimos partidarios de quedarse en casa y campanear desde la tribuna lo que pasa en la cancha sin atreverse nunca a tocar el balón.

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