EDITORIAL
diario El País

Un año bisagra para el mundo

El mundo entero miró ayer a Washington DC, donde se llevó a cabo la ceremonia de “inauguración” de Joe Biden, como el Presidente número 46 de los Estados Unidos.

Pero, mucho más que eso, el mundo estuvo pendiente por tratarse del final de la gestión de Donald Trump.

Los últimos cuatro años han sido una verdadera montaña rusa para la política internacional a medida que Trump, tal vez el político más disruptivo en gobernar una potencia mundial en un siglo, puso patas arriba todo el sistema de alianzas y gobernanza planetario.

A no engañarnos. En algunos casos fue un sacudón positivo que ayudó, por ejemplo, a que el mundo tomara conciencia de ciertos abusos del sistema comercial global que estaba cometiendo China, o a destapar la ineficiencia y burocracia enquistada en organismos multilaterales como la Organización Mundial de la Salud.

A nivel interno, también es de justicia reconocer que bajo Trump la economía de EE.UU. y de los estadounidenses, prosperó como pocas veces.

Pero para el resto del mundo, su administración pasará a la historia como una calamidad bíblica. Su eslogan de “Primero Estados Unidos”, y la miopía aislacionista de su administración ha potenciado problemas muy serios. Envalentonó a Rusia a avanzar en su influencia hacia occidente, miró para otro lado ante el peligroso expansionismo de Turquía en una zona muy caliente del planeta, y más allá de discursos, su prescindencia fue aprovechada por China para crecer en influencia en Asia, África, y también en América Latina.

De más está decir que la valoración que esas tres potencias secundarias tienen de la democracia, de la libertad de expresión, de religión, de los principios que ha defendido Occidente desde la Ilustración, es muy diferente a la que ha defendido históricamente EE.UU., Europa, y (en general) América Latina.

Uno de los puntos más complejos del legado de Trump es el quiebre del vínculo con Europa. Al punto que la presidenta de la Unión Europea, Ursula von der Leyen, dijo que con la asunción de Biden, “luego de cuatro años, Europa tendrá un amigo en la Casa Blanca”. Nada del lenguaje diplomático habitual.

Pero el daño más grande que deja Trump es en la imagen exterior de su país. Lejos de ser como él sostuvo en su mensaje de despedida, de que “el mundo ahora nos respeta”, la realidad es que los cuatro años de Trump han sido una pesadilla para quienes fuera de ese país defienden (defendemos) como universales las concepciones políticas de los “Padres Fundadores” de la Unión Americana. Trump fue la caricatura que justificó todos los preconceptos de aquellos para quienes EE.UU. siempre fue el último freno a sus visiones totalitarias.

La llegada de Biden a la casa Blanca es el regreso de la previsibilidad, el sentido común, y los valores históricos de ese país. Algo que quedó en claro con el anuncio de algunas de sus principales medidas, que serán frenar la construcción de ese ridículo muro en la frontera con México, el regreso a la OMS, y a los acuerdos climáticos de París. Es mucho lo que tendrá que zurcir Biden para recomponer no solo el prestigio y el liderazgo de su país a nivel global. Sino la confianza de sus aliados históricos, tan necesaria para contrarrestar las fuerzas que hoy se están moviendo y que auguran una década tumultuosa.

Pero no solo es la llegada de Joe Biden lo que hace del 2021 un año bisagra.

Del otro lado del Atlántico también habrá un cambio de guardia clave, con la salida del poder de Angela Merkel en Alemania. El planeta entero debe mucho a la señora Merkel.

A la llegada de Joseph Biden a la Casa Blanca (y la salida de Donald Trump), en este 2021 se suma el retiro de escena de Angela Merkel, tal vez la líder más determinante en Occidente de la última década.

Su liderazgo firme ha sido un mojón clave para mantener la cohesión de la Unión Europea, para enfrentar la crisis del 2008, las ambiciones expansionistas de Rusia, y llenar los huecos dejados por el abandono de EE.UU. de la mesa de diálogo global. Incluso en tiempos de pandemia, ha sido una voz imprescindible a la hora de liderar políticas públicas donde gracias a su formación científica y a su olfato político, logró sintetizar tal vez mejor que nadie, esas influencias a la hora de definir una estrategia de control de la enfermedad. Su salida de escena, que prometió será discreta y silenciosa tal cual es su estilo, dejará un hueco tremendo en una Unión Europea cada vez más condicionada por populismos de izquierda y derecha, y amenazada por el islamismo, Rusia, y la demagogia de muchos de sus dirigentes.

Si el 2020 fue un año perdido para el mundo, el 2021 viene cargado de desafíos existenciales. Este cambio de guardia político será uno de los más determinantes.

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