EDITORIAL

Alerta por el norte

La situación política en Brasil es de máxima tensión ante un inminente encarcelamiento del expresidente Lula da Silva. Y los países vecinos deberían ser una carta de estabilización en vez de agravar la coyuntura con posturas inapropiadas.

La situación política en Brasil es preocupante. Las sucesivas instancias judiciales parecen señalar que la probabilidad de que el expresidente Lula da Silva termine en prisión son muy elevadas. Y el clima de exasperación social que vive el país hace temer por la estabilidad política del país más poderoso de la región. Algo a lo que hay que sumar la influencia negativa de varios dirigentes políticos regionales, que agitan las aguas de una forma peligrosa e inaceptable.

Que Lula podía terminar en la cárcel era algo previsible para cualquiera que se haya tomado el trabajo de seguir de cerca las instancias judiciales que lo tienen como protagonista. El cargo principal es el haberse enriquecido de forma ilegal al recibir como "regalo" de parte de una de las empresas constructoras envueltas en la mega causa de corrupción que investiga la Justicia, un apartamento de tres pisos en uno de los balnearios más exclusivos del país. La defensa de Lula es endeble, señalando que todo fue una "gestión" de su exesposa, fallecida posteriormente. El interrogatorio llevado adelante por el juez Moro, y que se puede ver en internet, deja en claro la fragilidad de la postura del expresidente.

Pero a esto hay que sumar otra cuestión. El masivo esquema de corrupción que se desarrolló bajo los gobiernos del PT, mediante el cual empresas brasileñas se beneficiaron de la influencia de Lula en la región para conseguir contratos en casi todos los países de América, resulta innegable, y ha terminado con casi todas las figuras principales del PT en la cárcel. Ningún brasileño medianamente informado puede aceptar que eso pasó sin que Lula supiera nada.

Si a esto sumamos la crisis económica sin precedentes que ocurrió durante la gestión de su protegida Dilma Rousseff, es comprensible la furia de buena parte de la sociedad brasileña con el exmandatario, al cual entregó todo el poder político del país durante tres elecciones consecutivas. Durante sus últimas giras para impulsar una candidatura a la que ve como la única chance de escapar de la cárcel, Lula ha recibido más insultos que aplausos, más huevos que flores.

En lo que es una fuga hacia adelante de peligrosas consecuencias, Lula ha doblado la apuesta y ha fomentado un discurso de polarización y enfrentamiento, señalando que su caída en desgracia tiene que ver con un complot de las elites ricas y blancas del país, que no habrían tolerado su programa político. Algo que no se sostiene con los hechos, ya que fue esa misma elite económica y "blanca" la que lo acompañó durante toda la gestión del PT. Una gestión que, además, no cambió nada de la organización política que es la raíz de fondo de la crisis estructural del país.

Ese clima de exasperación y tensión violenta permanente ha tenido expresiones preocupantes en los últimos días. Primero el asesinato de una dirigente local de Río de Janeiro al parecer a manos de sicarios que usaron munición de la policía, según descubrió una investigación de O Globo, y en medio de una demagógica intervención militar del Estado, decretada por un muy débil presidente Temer. Y ahora la denuncia del propio Lula de que el bus en el que recorría el sur del país habría recibido un impacto de bala.

Todo esto muestra un panorama de alta tensión que debería preocupar a todos los líderes políticos de la región. Lejos de eso lo que se está viendo es todo lo contrario, una intervención desembozada en asunto internos de otro país, y una peligrosa escalada dialéctica de consecuencias imprevisibles. Por citar dos ejemplos, el expresidente Mujica acudió a la frontera a reunirse con Lula, dijo que el mandatario era el único capaz de unir a Brasil, y toda la serie de tonterías habituales. Los videos mostrando cómo la gente se reunía al borde de la ruta para insultar y tirar huevos al bus de Lula dejan en claro qué tipo de unión puede lograr. También el excelso estratega diplomático Evo Morales salió a hablar contra las "oligarquías" de Brasil que querrían meter preso a Lula por miedo a su fuerza electoral.

El republicanismo y la visión democrática de Evo Morales, que apunta a una cuarta reelección pese a que el pueblo le dijo en las urnas que no quiere eso, son conocidos. También la suerte que corren todos los que reciben la bendición política de nuestro expresidente Mujica.

Pero la delicada situación en Brasil debería ser un llamado de atención pa-ra que todos los que tienen responsabilidad política utilicen más la reflexión. Una nueva crisis en el país que ha liderado a la región por más de una década es un peligro enorme para la estabilidad de todo el continente. Y para una situación económica ya de por sí frágil, que viene afectando a casi todos los países.

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