Editorial

El ADN batllista

El hecho televisivo de la semana fue la exhibición del especial sobre José Batlle y Ordóñez, el cual logró el milagro de desplazar a telenovelas y shows de baile del horario central, y encima con enorme aceptación de parte del público y los entendidos.

Por ello lo primero que cabe hacer es felicitar al Canal 12 y a los autores del proyecto, que consiguieron desarrollar un producto de este tipo, y hacerlo interesante y consumible por un público cada vez más embrutecido por productos pasatistas y de escasa relevancia cultural. Fue interesante, por ejemplo, ver la reacción de mucha gente en las redes sociales, y el nivel de desconocimiento de la obra de Batlle y Ordóñez, y su impacto en la historia y en el presente del país.

Sobre todo al haber sido Batlle y Ordóñez una figura tan promocionada, primero por más de medio siglo de historiografía colorada, y últimamente por un sector académico alineado con el oficialismo frentista, que lleva años intentando asociar la era batllista con este tiempo del FA en el poder.

Sin embargo, hay aspectos del proceso histórico de Batlle y Ordóñez, y de su conveniente panegírico actual, que ameritan algún comentario. Sobre todo desde la página editorial de un diario que desde sus orígenes estuvo en la vereda de enfrente, como fue El País.

El primer aspecto negativo de ese proceso fue sin duda la división entre campo y ciudad que generó Batlle, la postergación del interior y la apuesta a un desarrollo urbano, basado en la inmigración, en la producción industrial, y de espaldas a la naturaleza productiva histórica de nuestro país, esa identificación simplista entre civilización y barbarie, tan propia de esa época. Tal vez ese haya sido el aspecto crítico del proceso batllista que mejor queda resuelto en el programa, con las elocuentes palabras del senador Jorge Saravia, quien dijo que si Aparicio Saravia representaba a la barbarie, cómo pudo ser que muchos de los intelectuales más cultivados de su época lo hayan acompañado.

Pero hay otros aspectos que estuvieron en la raíz de que el batllismo ameritara una oposición fuerte como la que tuvo (y tiene) de este diario y de una parte significativa del panorama político nacional, que no quedaron tan claros, seguramente por una cuestión de tiempos y lenguajes televisivos.

El primero tiene que ver con la obsesión batllista de copiar modelos europeos para implantarlos aquí, con escaso o nulo respeto por las tradiciones de un país que por entonces contaba ya con casi un siglo de vida independiente. Una obsesión que ha marcado históricamente a fuego a buena parte de la intelectualidad no solo uruguaya, sino latinoamericana. Y que sigue siendo un flagelo aún hasta hoy, como queda en claro con muchas de las reformas políticas impulsadas en los últimos años, y que tienen más que ver con la realidad de Europa que con las urgencias y raíces culturales de esta parte del mundo.

Ese fue el motivo, entre otros, de la gran pelea que enfrentó a Batlle, por ejemplo, con Pedro Figari, el genial pintor, abogado y paladín educativo, con quien pese a pertenecer al mismo partido, tuvo enormes diferencias. Lo mismo, que con José Enrique Rodó, a ninguno de los cuales nadie podría acusar de retrógrados, o defensores de la barbarie.

Hay otro tema que suele ser dejado de lado por la historiografía oficial, siempre ocupada en ensalzar a Batlle casi como un paladín solitario, que logró modernizar un país a puro empuje personal. Y no fue así para nada.

Buena parte de las reformas impulsadas por Batlle y Ordóñez fueron posibles porque se plantearon en una sociedad que ya era en general bastante más "progresista" y liberal que las del resto de los países de la región. Por ejemplo, la separación de la Iglesia del Estado era algo que ya había iniciado Bernardo Berro 40 años antes que Batlle. Lo mismo que muchas reformas sociales y laborales, como que la ley de las ocho horas tuvo su origen en un proyecto de los diputados blancos Luis Alberto de Herrera y Carlos Roxlo de 1905. En buena medida, la oposición a Batlle tenía que ver con su carácter prepotente y arrollador, con su jacobinismo que hacía que quien no estuviera de su lado, fuera considerado un enemigo a aplastar. Y no tanto con muchas de las medidas en sí que podían ser compartidas, con matices, por buena parte de la sociedad de la época. Creer que una persona puede imponer "de pesado" y por sola voluntad un proyecto reformista tan profundo, es indefendible.

La historia de las primeras décadas del siglo XX en Uruguay, es uno de los períodos más interesantes, ricos, y plagados de figuras que no sólo eran de relieve para un país como Uruguay, sino a nivel global. Un período que merece una atención más profunda y compleja por parte de la sociedad actual. Ojalá que el éxito de productos como el exhibido esta semana, alienten a seguir por ese camino.

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