EDITORIAL

Adiós a los kung sang

Mientras ocupó la presidencia y para horror de muchos José Mujica solía decir que "a los uruguayos no nos gusta trabajar, somos medio atorrantes". Ese concepto que repitió dentro y fuera del país ya lo había insinuado mientras era ministro de Ganadería y se declaraba admirador de la tribu africana de los kung sang cuyos miembros trabajan apenas dos horas diarias.

Por entonces un psicólogo explicó que las ideas de Mujica sobre los uruguayos y el trabajo no eran el resultado de una investigación seria sino la expresión de su propia experiencia personal, la de un hombre dedicado a la lucha política (no siempre por la vía democrática) con escasos o nulos antecedentes laborales. Tan pocos, recordaba, que una vez electo presidente de la República, cuando pretendió votar en las elecciones del Banco de Previsión no figuraba en ninguna lista, ni en la de trabajadores ni en la de patrones. En otras palabras, nunca había existido para el mundo del trabajo. Por esa razón, muy contrariado, Mujica debió volver a la chacra sin poder votar. Un papelón.

Las afirmaciones y la situación del presidente concitaron también la atención de los sociólogos y los encuestadores que salieron entonces a preguntarle a la gente su opinión sobre la laboriosidad de los uruguayos. Un sondeo de la encuestadora Factum realizado un par de años atrás reveló que la mitad de los entrevistados consideraba que nos gusta trabajar en tanto un 42% opinaba que no y un 11% se decantaba por un "más o menos".

Un estudio de esa empresa, más expresivo, dividía a la población en tres partes. Una, minoritaria, compuesta por personas sin cultura de trabajo y dispuesta a vivir de la caridad del Estado o algo similar. Otra, un poco más grande, integrada por gente que tiene un empleo pero que trabaja poco, categoría en la que entra una buena porción de los empleados públicos. Y finalmente un grupo que equivale a la mitad de la fuerza laboral del país que trabaja mucho, incluso más que sus pares de Europa o de Estados Unidos.

Por todo lo cual se concluía que los conceptos de Mujica podían aplicarse solamente a un sector del país, pero que generalizarlos era una simplificación y en definitiva un error.

Aunque el esfuerzo de esa empresa encuestadora era válido no parecía necesario hurgar tan a fondo para desmentir al entonces presidente. Porque alcanzaba y alcanza con abrir los ojos para advertir que en Uruguay hay quienes trabajan mucho, tanto en calidad de empleados como de empleadores. Y lo hacen en un país que no los premia debidamente por su esfuerzo, pues los servicios públicos que el Estado brinda dejan mucho que desear y es cada vez más alta la presión impositiva que deben soportar.

Un estudio periódico hecho por una prestigiosa empresa local de consultores jurídicos y económicos determinó que de las ocho horas de trabajo diarias de un trabajador promedio unas tres horas "se destinan" al pago de impuestos. Es una proporción muy gráfica para mostrar el peso del Estado sobre el sector dinámico de la sociedad. A nivel internacional esa relación de tres sobre ocho horas ubica a Uruguay en una franja en donde figuran países como Gran Bretaña y Alemania, todo lo cual justifica la conocida expresión de que por aquí "pagamos impuestos del primer mundo para recibir servicios públicos del tercer mundo".

A propósito de estos temas, semanas atrás, comentando los resultados de la Encuesta Mundial de Valores, los representantes de Equipos, otra empresa de opinión pública, informaban que detrás de la familia el valor más aceptado entre nosotros es el del trabajo. De su estudio surgía que la mitad de la población creía en la existencia de una relación directa entre lo que se denomina "trabajo duro" y "el éxito o una vida mejor". Aunque estos resultados están más o menos dentro de lo previsto para un país como Uruguay lo cierto es que confirman que los hábitos de trabajo son bien apreciados por estas latitudes a diferencia de lo sostenido por Mujica.

Ahora, desde su banca de senador y su oficio de conferencista internacional, el expresidente no ha vuelto a insistir con su teoría sobre la pereza de sus compatriotas y la sagacidad de los kung sang. Quizás sus cinco años al mando en la Torre Ejecutiva le sirvieron para comprobar que estaba equivocado y que los uruguayos no somos tan "atorrantes" como nos quiso mostrar.

Puede ser eso o puede también que lo hayan convencido de que para salir de la crisis —que su gestión nos legó— es preciso trabajar más que nunca y olvidarse de aquella tribu africana de indolentes que tanto admiraba.

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