EDITORIAL
diario El País

Se acordaron de la ola

El rumor se estaba volviendo atronador.

Después de años de postergaciones a su justo reclamo, las organizaciones que defienden los derechos de autor e intérprete de los creadores uruguayos aguardaban al próximo 15 de febrero, para que una de las primeras leyes que votara la nueva mayoría parlamentaria fuera la que extiende el plazo de su vigencia de 50 a 70 años. Sabían que la bancada mayoritaria del FA se había negado sistemáticamente a apoyarla, pero que la coalición que triunfó en las elecciones la ha visto siempre con buenos ojos.

Incluso el senador Mieres, que propuso el proyecto, promovió en setiembre pasado tratar la ley en carácter de grave y urgente, algo que la mayoría frenteamplista también rechazó.

Pasaron unas pocas semanas y algunos de los mismos músicos que protestaron por la insensibilidad del oficialismo en este tema, que atañe directamente al salario que perciben como autores y ejecutantes, aparecieron por televisión promoviendo el continuismo, tocándose la sien con el dedo índice y exigiendo al televidente que “pensara” antes de votar a una “derecha” que “barrería con los derechos conquistados”.

Fue uno de los casos de esquizofrenia política más sorprendentes de que se tuviera memoria. Los mismos que concurrían a una comisión parlamentaria a suplicar a Constanza Moreira (quien en este asunto tenía la llave de todos los votos del FA) para que reconociera sus derechos, aparecían por televisión pidiendo que la siguieran votando, ¿para proteger qué derechos?, ¿los que ella les había conculcado?

Por entonces, la llamada “ola cultural” tomó tamaño de tsunami y arrasó con todo atisbo de lógica.

La aparente contradicción de una bancada frenteamplista contraria a proteger a los artistas, tenía su explicación en el lobby de Creative Commons, una organización multinacional que aboga por un supuesto acceso libre a los derechos culturales, pero encubre la gestión interesada de los gigantes de internet que divulgan contenidos sin pagar derechos, (y cobrando suculentas sumas por la venta de sus espacios publicitarios).

La fórmula es de un ingenio digno de mejor causa: en lugar de admitir que no quieren pagar a los autores lo que legítimamente les corresponde, satanizan el reclamo como si fuera una conjura de oscuros villanos capitalistas, y enaltecen el “derecho de acceso” que tienen los consumidores.

Pero ahora pasó lo que se veía venir: ante la evidencia de lo mal que quedaría con los artistas, la mayoría frenteamplista se adelantó a la vergüenza de que la ley se aprobara en febrero, la sacó del cajón y le dio su voto.

La “traicionada” oficina uruguaya de Creative Commons no hizo esperar su reacción: calificó a la ley que ahora desempolvaban sus antiguos patrocinados, como “un grave daño al derecho de acceso al patrimonio cultural”.

Da un poco de gracia la desmesura de esa imputación. Nadie en su sano juicio se negaría a promover que la gente reciba cultura en forma de libros y canciones, pero resulta disparatado que esto se consagre mediante la expropiación a los autores. También podríamos proteger el derecho a vestirse, obligando a las tiendas que regalen la ropa. Por suerte existe algo llamado “Estado” que está para invertir en bienes culturales y hacerlos así accesibles a todos. Pero para algunos, es preferible destinar esos recursos a sueldos de jerarcas y sus compras personales con tarjetas corporativas.

El humor involuntario ha sido una constante en esta batalla por los derechos de autor e intérprete. Ahora resulta que los mismos legisladores del FA que trancaron el proyecto todo lo que pudieron, se sienten orgullosos de haberlo votado en los últimos días de vigencia de su maltrecha mayoría. Cuando El Observador consultó al diputado Ruben Martínez Huelmo por qué lo hicieron, respondió que en estos meses pudieron “vertebrar mejor el conocimiento de causa” (sic). Por su parte, el senador Charles Carrera dijo que “hoy hicimos justicia con nuestros autores y artistas, que tanto contribuyen a la construcción de nuestra identidad cultural”.

La diputada nacionalista Graciela Bianchi optó por la franqueza que la caracteriza. Aseguró a los creadores presentes en las barras que “las nuevas mayorías no vamos a ceder a la presión de las multinacionales”.

Y la clave fue esa: las viejas mayorías se dieron vuelta a último momento, con tal de quedar bien con esos artistas a quienes no habían dudado en echar mano, para que les sacaran las castañas del fuego en su malograda campaña electoral.

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