EDITORIAL
diario El País

¿Acordar qué?

En coincidencia o discrepancia, siempre es interesante la opinión de los analistas políticos. A veces provocan cierta irritación, porque no es difícil ver detrás de sus críticas supuestamente objetivas, los hilos de sus propias afinidades ideológicas.

Y cuando esas opiniones resultan ambiguas, tratando de quedar bien con tirios y troyanos, revelan también un saludable quiebre de las falsas unanimidades que pretenden instalarse desde sectores políticamente flechados.

Un buen ejemplo de tal ambigüedad fue dado hace unos días por Adolfo Garcé, en una entrevista que le hiciera el programa Desayunos Informales de La Tele.

Por un lado elogia al presidente y por el otro echa dudas sobre la renovación de liderazgo en el wilsonismo, simplificando en algo la realidad interna del Partido Nacional. Porque es simplista poner en la misma bolsa al herrerismo histórico de la 71 con la corriente renovadora de la 404 que lidera Lacalle Pou y con el perfil también diferencial de la lista 40 de Javier García. Pero en fin, más allá de ese brochazo, hay que reconocer en Garcé el reconocimiento de “un presidente fortalecido” y “con espalda”, lo que es todo un logro si se lo confronta con el vano intento frenteamplista de construir un relato en contrario.

Va más allá: reconoce en Lacalle Pou un estilo de gobierno que es “ir con el pedal a fondo”, algo de lo que somos testigos los ciudadanos, viéndolo jugar en toda la cancha en su misión autoimpuesta de hacerse cargo. Para Garcé, el éxito del mandatario se ha asentado en haber sabido “construir su autoridad”, pero le reclama que “abra el juego”. Es la típica invocación a la medianía que tanto nos gusta a los uruguayos: está bien que ejerza la autoridad, pero no tanta.

Más allá de ese detalle, hay un punto donde el politólogo derrapa y tiene que ver con su percepción de la gestión de la pandemia. Dice que “todo hubiera salido mejor si el gobierno hubiera dialogado con la oposición antes. Si hubiera hablado con el Frente en marzo de este año, cuando ya tenía el presidente una espalda grande, musculatura, si hubiera acordado ahí con el FA sobre cómo manejar la pandemia, nos hubiéramos ahorrado muchos problemas y probablemente muchas muertes”.

Lástima que un análisis tan objetivo terminara en este exabrupto. Culpar al presidente por el saldo trágico de la pandemia es de un nivel tan bajo como el de aquel spot execrable que manos anónimas viralizaron en redes sociales, donde se lo acusaba de lo mismo y se usaban sin autorización alguna las imágenes de víctimas tan queridas como Alberto Sonsol y Andrés Abt.

Por supuesto que Lacalle Pou habló en todo momento con el Frente Amplio. Pero ¿qué significa “acordar” con ellos? ¿Acaso haber decretado la cuarentena obligatoria que reclamaba el expresidente Vázquez al principio de la pandemia o el toque de queda que exigió Mujica hace un par de semanas? ¿No se ven los resultados de Argentina aplicando esas medidas draconianas? ¿O acaso se reprocha al gobierno por haber aprobado la ley de suspensión del derecho de reunión, que el mismo FA rechazó, en contradicción con su propio reclamo de restricción de la movilidad?

Está más que claro que debe escucharse a la oposición, el problema es que la oposición misma no sabe bien qué quiere, más allá de encerrar a la gente y exprimir las arcas públicas como si no hubiera límites.

En ese afán de escuchar y negociar, el presidente hizo lo que pudo: dialogó con Marcos Carámbula y con los tres intendentes frenteamplistas, Lima, Orsi y Cosse. Si no acordó en mucho, fue fundamentalmente porque ellos carecen de un discurso común. ¿Cuesta tanto entender que la explosión de contagios se debe al auge de una cepa más virulenta, que empezó haciendo destrozos en Brasil y los sigue provocando también en Argentina, a pesar de que el gobierno de este país decretó los tan reclamados confinamiento obligatorio y toque de queda?

Está más que claro que debe escucharse a la oposición, el problema es que la oposición misma no sabe bien qué quiere, más allá de encerrar a la gente y exprimir las arcas públicas con recursos finitos.

Como cuando el senador Alejandro Sánchez, apurado por una periodista de televisión sobre qué debía hacer el personal de limpieza de las escuelas para no perder salario, dijo que debían cumplir su función por teletrabajo (sic).

Entre algunos intelectuales cunde aún la idea de que la coalición republicana debería consultar al FA cómo gobernar, sin comprender que la ciudadanía desplazó a ese partido justamente porque anhelaba un cambio.

No es tiempo de cobrarle al gobierno su éxito electoral y de imagen. Más bien es tiempo de arremangarnos todos para salir de esta crisis, unidos y confiados.

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