EDITORIAL

Se acabaron los "mitos"

Una palabra que define posiciones, profesiones o filosofías ha sido históricamente una forma de categorizar personas o grupos en relación con otros. Izquierda, derecha, conservador, reaccionario, progresista y otras categorías se utilizan según la conveniencia para autodefinirse o para describir las ideas de otros con intención de afectar su imagen.

En realidad, la definición o etiqueta mental debe tener relación con el sentido humanista de una persona y su forma de relacionarse en la sociedad. Esto puede ser inocuo en relación con ciudadanos comunes pero adquiere especial relevancia cuando se refiere a gobernantes y jerarcas responsables de ejecutar políticas públicas.

Sin embargo, mucho ha cambiado en los últimos tiempos, porque la incoherencia de muchos dirigentes políticos hoy en día no despierta la perplejidad y la reacción necesarias. El expresidente Mujica es el mejor y peor ejemplo. Su dicho "como te digo una cosa te digo la otra" resiste toda crítica racional, al punto que la ciudadanía comenta y hasta festeja su aluvión de contradicciones y medias lenguas como si una figura pública de ese nivel no pudiera afectar la imagen de un país y la calidad de su democracia. Los resultados están a la vista; pero sin embargo el Sr. Mujica, transformado en un personaje de farándula argentina, recorre el mundo como falso profeta sin rendir cuentas por el efecto depredador de su nefasta gestión como Presidente.

El siglo XXI nos reclama terminar con antiguos y superados mitos. En especial uno de ellos que en la mitología económica prevaleció durante décadas, y que desde el paraíso socialista, inculpaba al capitalismo por destruir la igualdad y la justicia social, a causa de su naturaleza explotadora e inhumana.

En el marco de ese planteo desde la guerra fría se enfrentaron dos sistemas y concepciones del hombre que derivaron luego en la caída del muro de Berlín y del socialismo real en una contundente paradoja; es decir, que el sistema que retóricamente invocó su objetivo de alcanzar la inclusión social —el socialismo marxista— resultó ser el más excluyente de todos al destruir la libertad política e impedir el bienestar social de cientos de millones de personas. Y como herencia nos dejó una noción abstracta de Estado que incluye lo que podían entender de su participación Mussolini, Hitler, Stalin, la teocracia iraní, el socialismo Siglo XX de Castro o del Siglo XXI de Maduro.

De manera que solo con echar un vistazo en nuestro continente a las economías cubanas y venezolanas alcanza. La pobreza, el despilfarro y la presencia de un Estado omnipresente solo pueden mantenerse con gobiernos totalitarios que conculcan derechos fundamentales y dejan en manos de sus burocracias la tarea de pensar y decidir qué es lo mejor para el pueblo.

Por otro lado, el capitalismo (lejos de ser perfecto) mide lo humano por la tasa de empleo de una economía y por el impulso que la educación proyecta en la superación de las personas, en especial, de aquellas con mayores dificultades para acceder a mejores oportunidades. Podrá hablarse también de un Estado de bienestar a lo europeo, pero finalmente, todo se reduce a la profesionalidad, coherencia y transparencia de la gestión de gobierno Y estos elementos no se compran en el supermercado.

Por eso, no es oportuno malgastar esfuerzos en elaborar relatos ideológicos tras identidades de raíz libertaria, porque al ser el Estado un dato de la realidad, lo que importa es la eficiencia de su gestión junto con la preparación de equipos de gobierno con vocación de gobierno en condiciones de obtener resultados. En ese sentido, la estrategia de la oposición no puede agotarse en aspectos programáticos. Por lo contrario, tiene que responder a un compromiso con la estabilidad macroeconómica en una expresión moderna que esté dispuesta a asumir los costos que implican las reformas estructurales que el Frente Amplio no llevó a cabo, como la del Estado y la Educación.

A eso responde el llamado interés nacional que no admite devaluadas etiquetas. Este es el que da sentido al concepto de Patria definida tan bien por Herrera al afirmar que "los pueblos no se decretan: se forjan", por lo que ese interés nacional no puede ser interpretado por sindicato o corporación alguna ni por otro factor de poder que pretenda arrogarse su defensa. "Gobernar es decidir y prever" agregaba Herrera, y cuando se conduce hay que poseer la visión total del rumbo que se lleva.

En consecuencia, no hay papel ni documento que tenga más fuerza que esa determinación.

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