EDITORIAL

El abajo que se mueve

Un Solo Uruguay fue subestimado por el oficialismo en sus inicios. Sin embargo, poco a poco, se ha ido instalando en la escena política y social nacional con posiciones sensatas y reclamos elementales concernientes el país productivo.

Si se sale un poco de la anestesia colectiva del mundial de Rusia, cualquiera que analice un poco la realidad política y social se dará cuenta de que hay un "abajo que se mueve" en el país.

La metáfora señala el conjunto de iniciativas que se han ido acumulando en estos meses de 2018, que no cuentan con liderazgos políticos partidarios pero sí con mucha presencia en nuestro coti-diano entramado social. Por supuesto, el primer ejemplo es el movimiento Un Solo Uruguay. Sus inicios veraniegos fueron subestimados por el oficialismo. Sin embargo, poco a poco, se ha ido instalando en la escena política y social nacional con posiciones sensatas y reclamos elementales concernientes el país productivo.

Si bien las caricaturas izquierdistas quieren hacer creer que Un Solo Uruguay es un rejunte de terratenientes oligarcas sin peso social alguno, la verdad es bien diferente. Se trata sí de gente vinculada al campo, pero también del empresariado, grande y pequeño, que en todos los pagos del país son los que sustentan la actividad real del trabajo y la producción y que no necesariamente son propietarios de la tierra. En pocos meses, Un Solo Uruguay se ha posicionado como un actor social fundamental que debe ser tenido en cuenta por el sistema político. Es un abajo que se mueve y que, notoriamente, reclama por cambios en las políticas del gobierno.

Entra en escena aquí el entretejido de industrias y servicios de todo tipo que dependen de que la producción agropecuaria pueda tener buenas perspectivas de rentabilidad. Se trata de miles de uruguayos del Interior rural, claro que sí, pero también de otros miles de uruguayos mucho más vinculados a sus pueblos, ciudades y villas que al Montevideo burocrático y frenteamplista que nada entiende de los ciclos vitales de producción de ese Uruguay emprendedor, que es el que mejor exporta su trabajo competitivo por el mundo.

Y aquí está el segundo componente del abajo que se mueve: se trata del hartazgo urbano en el Interior del país con relación a los excesos izquierdistas por un lado, y a la falta de respuestas ante la inseguridad por el otro. El reciente caso de la gente de Santa Clara de Olimar dando por terminada una ocupación dictada por sindicalistas montevideanos no es el único. También hace unas semanas se verificó el reclamo de trabajadores de Salto que no estaban de acuerdo con la ocupación de su centro de trabajo también por parte de sindicalistas. Visto en perspectiva, nada de esto es nuevo: varias encuestas vienen señalando hace años el cansancio de los uruguayos con relación a la prepotencia sindical. Lo que sí ocurre ahora es que ese hartazgo se empezó a manifestar sin miedos.

Lo mismo pasa con las movilizaciones casi que semanales de vecinos reclamando en distintos puntos del país por mayor seguridad. En Salto fueron multitudinarias; ocurren también periódicamente entre los vecinos de Ciudad de la Costa, con cortes de ruta para llamar la atención; en Toledo, los vecinos se movilizan en rondas vecinales de vigilancia barriales; y por supuesto, se verifican recurrentemente con cortes de ruta e incendios de neumáticos en distintos barrios de Montevideo.

Todo esto llamaría la atención si nos atuviéramos a la tradicional parquedad del uruguayo y a su inveterada paciencia para asumir las adversidades. Pero en realidad no debería sorprendernos para nada, porque la situación de inseguridad es terrible y ya nadie está a salvo: ya alcanzó, por ejemplo, a ciudades otrora muy tranquilas como Minas, Chuy o San Carlos. La gente, por todas partes y espontáneamente, expresa su hartazgo y su desilusión con las políticas de seguridad del gobierno: el abajo se mueve, independientemente de que los burócratas acomodados del gobierno relativicen lo que ocurre.

El cuadro general se completa, justamente, con esta negación de la realidad muy extendida entre los militantes gubernistas y entre los opinólogos simpatizantes de la izquierda. Porque no es solamente el gobierno el que intenta ningunear todas estas manifestaciones sociales populares, sino que también los comentaristas, analistas y demás líderes de opinión compañeros de ruta del Frente Amplio, casi siempre además enchufados de una forma u otra al contrato, a la prebenda, al favor o al carguito en el amplísimo y clientelista Estado, omiten analizar (y hasta siquiera mencionar) este cambio fenomenal en el sentir de la gente que, una y otra vez, expresa su cansancio hacia las ineficaces políticas del gobierno frenteamplista.

El abajo se mueve. No hay mundial que pueda esconderlo.

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