EDITORIAL

El 2016 que se va

En el balance el 2016 no fue un buen año para el país y las consecuencias de las malas políticas adoptadas por las administraciones frentistas en materia económica, educativa, de seguridad, vivienda, etc., hoy están pasando factura.

El año que quema sus últimos cartuchos tuvo mucho más de noticias y debates episódicos que sustantivos, por lo que probablemente no ocupará mucho espacio en los libros de historia de nuestro país. Cuesta encontrar hechos relevantes, y más allá de los esfuerzos desde la sociedad civil donde hay iniciativas para destacar, el Uruguay se encuentra bloqueado a la hora de procesar reformas estructurales indispensables.

Temas que ocuparon mucho tiempo y espacio como el título de licenciado del vicepresidente, o las idas y vueltas con los refugiados sirios y en especial con el exrecluso de Guantánamo Jihad Diyab, no dejaron mayores consecuencias para el futuro del país. O en todo caso solo una buena: librarnos de que Sendic vuelva a administrar una empresa pública o vuelva a ocupar cargos políticos relevantes debido a como hundió su popularidad por las mentiras en torno a su título universitario.

También fue el año de las Olímpiadas de Río y de un gran desempeño de la selección nacional de fútbol en las Eliminatorias, luego del estrepitoso fracaso en la Copa América Centenario. En cuanto al fútbol local, una garrafa será más recordada que el devaluado campeonato "uruguayo especial" y la frase del inefable ministro Bonomi de que "el operativo fue todo un éxito".

En el plano internacional hemos asistido a cambios vertiginosos y profundos, señalando un verdadero cambio de época como argumenta Enrique Iglesias. El triunfo de Donald Trump, de consecuencias todavía difíciles de medir, sí trae al menos una certeza: el populismo más ramplón puede ser exitoso incluso en los Estados Unidos, y el hartazgo y desazón con los partidos y políticos clásicos puede deparar resultados imprevistos a lo largo y ancho del mundo. En especial para 2017, el mundo se juega mucho en las elecciones en Francia y en Alemania donde se librará una batalla de final incierto entre la cultura liberal y el populismo fascista.

Por la tierra charrúa lo más preocupante no es el estancamiento económico que sufrimos, la suba de precios o la pérdida de competitividad, sin que dejen de ser asuntos importantes. El tema de fondo es la incapacidad que sigue arrastrando nuestro país para cambiar en aquellos temas en que sabemos que se nos va la vida. Ya sabemos que no habrá reforma educativa al menos hasta 2020 y que seguramente haya pocos avances en otras materias como la situación de inseguridad o las relaciones internacionales. Este problema tiene un origen evidente en el bloqueo interno que sufre el Frente Amplio, donde la minoría coincide en muchos temas con la oposición pero pierde sistemáticamente frente a los sectores radicales, agacha la cabeza y el país sigue chapoteando en una mediocridad declinante.

Otra novedad importante de este año es el alejamiento del Frente Amplio del diputado Gonzalo Mujica, que implicó que el oficialismo perdiera la mayoría parlamentaria en la Cámara de Diputados. Si bien esta situación no abre la posibilidad a que el país realice los cambios indispensables en las materias claves para su desarrollo, sí puede ser muy importante para frenar dislates, como los que pueden venir en las próximas rendiciones de cuentas o iniciativas que limiten las libertades o los derechos de los ciudadanos.

Habrá que ver de dónde saca el voto 50 el Frente Amplio para aprobar sus iniciativas, si negociando con el propio Gonzalo Mujica, con el diputado Eduardo Rubio de Asamblea Popular, o con algún legislador de los partidos tradicionales que se autoproclama de izquierda, vive alabando al gobierno y criticando a la oposición.

En el balance el 2016 no fue un buen año para el país y las consecuencias de las malas políticas adoptadas por las administraciones frentistas en materia económica, educativa, de seguridad, vivienda, etc., hoy están pasando factura.

Falta mucho para que asuma un nuevo gobierno por lo que sería deseable que se procuren alcanzar consensos para nuevas políticas de Estado, lo que hoy suena casi a ciencia ficción ante la falta de realismo de algunos ministros como el de Interior o la de Educación y Cultura, para admitir la situación crítica que sufrimos.

La sociedad civil, el sector privado y el cambio cultural que desde allí pueda venir será vital para que podamos mirar el futuro y el año próximo con más optimismo. No será rápido ni sencillo pero puede ser la base de la transformación real y profunda que el Uruguay necesita para entrar al siglo XXI, manteniendo su idiosincrasia y los activos construidos a lo largo de su historia.

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