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Socialismo: 200 años de fracasos


Tomando como primera experiencia socialista el Falansterio de Charles Fourier de 1820, el socialismo cumple este año 2 siglos de fracasados intentos. Los más importantes fueron también los más dramáticos. Sin el socialismo como posible realidad, el pensamiento de izquierda pierde su destino, pero la hoja de ruta que a él conducía sigue vigente. Algo así como el mapa de un tesoro que nunca existió, por el que transita con entusiasmo mucha gente. Marx diseñó el inexorable tránsito en lo económico y social. Más tarde, entre otros, Lenin proporcionó la ruta política y Gramsci enfatizó la necesidad de la hegemonía cultural proletaria y socialista. La trilogía fracasó en la propuesta económica y conquistó éxitos universales en lo político y en lo ideológico cultural. Hoy, la izquierda que gobierna en regímenes democráticos se ve obligada a hacerlo en una realidad capitalista, la que se presenta como la única posible. A pesar de no tener carta de reemplazo para el capitalismo, la izquierda lo sigue rechazando desde sus fundamentos filosóficos. La hoja de ruta hacia el socialismo se convierte así, en un laberinto de fantasías que se ofrecen al consumidor con forma de valores éticamente superiores y cuyas puertas de salidas alternativas han sido lacradas por suturas intelectuales ineluctables. Y desde esa posición, incongruente por definición, la izquierda se propone nada menos que mejorar el sistema. Lo que logra, no es otra cosa que hacerlo funcionar mal, perjudicando en definitiva a quiénes dice querer amparar.

Se pretende llegar a una sociedad igualitaria en el seno de una economía cuyo éxito depende de la iniciativa privada y de la acumulación de capital. En medio de una orfandad teórica pavorosa se ejecuta y persigue una contradictoria mezcolanza de medidas y propósitos que desembocan en la improvisación populista: repartir mientras haya, gastar mientras los mercados presten, sancionar leyes con beneficios, subsidios y prebendas de todo tipo disfrazados de conquistas sociales. Se generan así, las condiciones ideales para sucesivas crisis de inflación, pérdida de fuentes de trabajo, desocupación, deterioro del salario, default y declive en la generación de riqueza. Para superarlas, ante la imposibilidad fáctica socialista, se recurre nuevamente a las únicas salidas posibles, que desde luego son de corte capitalista. Consecuentemente cabe preguntarse: ¿cuál es la necesidad de transitar con tanta insistencia por esa inercia inconducente, carente de rumbo y destino?

La respuesta debe buscarse en la autonomía de intereses que genera el poder político en quienes lo detentan y en aquellos a los que beneficia de manera directa. El marxismo nunca explicó desde la raíz materialista de su filosofía, en función de qué circunstancias un sector del proletariado necesariamente minoritario, que detentara el poder omnímodo resultante de la revolución, seguiría fiel a la clase mayoritaria sin constituirse él mismo en una casta dotada de intereses propios. De hecho eso y no otra cosa fue lo que sucedió en los regímenes comunistas. Las izquierdas en el poder ya no instalan el socialismo, pero al igual que lo hicieron quienes de veras lo intentaron, permanecen siendo funcionales a sí mismas como si lo estuvieran haciendo. Una coartada tan formidable como falsa, que las recubre con un manto de inmunidad ante los cuestionamientos éticos. El crecimiento de su ambición por el poder se desdibuja detrás de un velo confeccionado con valores de confusa aplicación práctica y en pos de un difuso devenir socialista, al que nunca se llega, que nadie reclama y que a la vez, nadie se anima a cuestionar.

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