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La recuperación del San Rafael; entre "la Biblia y el calefón"


@|En carta publicada el 29 de junio pasado, hice un relato clarificando cuestiones que rodearon el anuncio de la “recuperación” del histórico hotel.
Todo lo dicho, adecuado y modificado por sus principales actores desde aquel entonces, para algunos vecinos pareciera un claro ejemplo de aquello de “la Biblia y el calefón”.

Tuve la oportunidad de conocer lo que es llevar adelante procesos de recuperación y puesta en valor de dos íconos indiscutibles de la hotelería mundial, el Alvear de Buenos Aires y el Plaza de Mendoza, hoy Park Hyatt. Dos integrantes “del selecto club” de propiedades que forman parte indispensable de la historia de las ciudades en las que nacieron.

Una característica común a íconos como estos, ha sido su caída y recuperación, como le ha ocurrido entre tantos otros, al Copacabana de Río, el Plaza de New York o el Dorchester de Londres.

El proceso del San Rafael por tanto, no es algo desconocido, sino un proceso casi natural en un mundo que nos obliga a comprender que hay cosas que merecen el máximo de los empeños en el ánimo de su recuperación. Aún cuando es claro que toda recuperación demanda esfuerzos muchos más grandes que el de “hacer borrón y cuenta nueva”.

Los casos del Alvear y el Plaza, fueron distintos. El primero, recuperado sin haberse tirado abajo nada más que paredes, baños, o reforzarse columnas, sin imaginar nunca la reconstrucción total a pesar del estado “lamentable” en el que se encontraba.

El segundo, propiedad del Estado, fue prácticamente reconstruido en un proceso donde se delimitó con claridad qué es lo que se podía y qué no se podía hacer. No hubo sorpresas, la comunidad supo claramente qué podía ocurrir y los resultados están a la vista.

En ambos casos la inversión nunca dependió de terceros sino de sus propios responsables, lo cual aseguró alcanzar los objetivos en tiempo y forma.

El caso de San Rafael pareciera recorrer un camino distinto.

El ícono de Punta del Este ha pasado de la celebración del proceso de su recuperación, al asombro de propuestas descabelladas para muchos y adecuaciones que para algunos parecieron haber estado previstas antes de ser requeridas; del “descartar” que se fuera a demoler a “tendrá que ser demolido”; de la inversión de 400 millones de dólares a realizar por el grupo comprador, a la apertura del salón de ventas de las residencias con las cuales se planea financiar el proyecto.

Es de esperar que esta temporada pueda proveer las operaciones suficientes para que el proyecto pueda llegar a estar operativo, como se anuncia, para la próxima temporada 2020/21, poco menos de dos años a partir de hoy.

Mientras tanto, los vecinos de la ciudad deambulan asombrados por las idas y vueltas del proceso. Cual caja de pandora, algunos temen que lo peor no haya todavía terminado de develarse. Ojalá no sea así, no se lo merece la ciudad, ni sus habitantes y visitantes, y mucho menos, los antecedentes de los reconocidos actores involucrados en el proyecto.

Más allá de las opiniones personales, sería dable esperar que el ansiado resurgimiento del San Rafael dignifique su pasado para insertarse en el grupo de los íconos mundiales que hoy viven un presente venturoso marcando nuevamente el rumbo tal como lo hicieran en su glorioso pasado.
La esperanza es lo último que se pierde.

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