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Pavada de abuelo


@|Cuántas veces nos suceden cosas a la que no le damos trascendencia, pero que el correr del tiempo le trasmite una importancia increíble.
En el año 1961, me encontraba cursando segundo año de escuela; mi maestro: el inolvidable Escuadroni, y como siempre regentando todo el colegio el supremo Padre Ellis.  

A esa altura con solo 8 años de edad mi tiempo transcurría entre estudio y diversión, no estabas al tanto de las noticias del mundo y desconocías a muchas figuras relevantes. Dentro de esas diversiones típicas de la edad estaba el fútbol, en los recreos, en la calle o donde fuera. Me apasionaba a pesar de no ser técnicamente dotado para practicarlo, fue por ello que en el correr de ese año me pareció muy interesante anotarme en los famosos campeonatos sabatinos organizados por el cura Ellis. 

Qué lindo fue seguir todos los pasos de la organización, la designación de los capitanes que eran todos de 5º y 6º y después la elección de los jugadores por parte de cada uno de ellos. Eran 8 equipos y diseminados en ellos nos encontrábamos una cantidad de compañeros de clase, como ser: Moragues, Rodríguez, Passina, Rico, López, Larre, Reyes, Massa, Sanchís, Viqueira y tantos otros. 

El inicio de ese campeonato lo esperé con tantas ansias que a pesar de jugar a las 16 horas me fui al Colegio a las 13. Recuerdo que me llevó mi viejo y me acompañó a “jugar” a esa hora en las desiertas canchas que solo contaban con la presencia de un veterano vestido con lo que hoy sería un equipo deportivo pero que por aquella época no era más que un buzo y un bombachudo azul típico de la fábrica Martínez Reina. El hombre tenía unos championes también azules muy gastados, nada que ver con mis nuevos Parabiago con tapones de goma que estaba pronto a estrenar. 

Como este Señor estaba jugando contra la pared de la cancha chica, allá debajo de la pintura de “Domingo Savio, Santo a los 15 años por su gran voluntad”, nos acercamos y yo noté que mi padre quedó helado, tuvo un saludo muy ceremonioso pero a la vez muy alegre y se pusieron a conversar mientras yo disimuladamente le robaba la pelota al veterano, pelota que apenas podía dominar, dura, oscura, gastada y por sobre todas las cosas muy pesada, de cuero y con lengüeta. 

Luego de esa charla entre los adultos el hombre se acercó, se agachó poniendo su mano en mi cabeza y comenzó a darme una serie de consejos que en su mayoría no recuerdo salvo uno que quizás por lo que yo consideraba insólito me quedó grabado: “ponete aquí contra la pared y golpeá la pelota una vez con cada pierna, es importante saber pegarle con las dos, yo aún lo sigo practicando”. 

Yo lo miré y pensé, ¿para qué?, ¿para qué a esta edad este veterano sigue practicando?, no tenia menos de 60 años, ¿de qué le serviría?, ¿adónde quería llegar? 

Mientras tanto, mi padre estaba más feliz que de costumbre, hasta se ofreció ir hasta casa y traer la vieja cámara de cajón, para sacarme una foto con ese Señor, yo me negué pues quería que estuviera presente al comenzar el campeonato. 

Ese día terminó con una abultada derrota, le siguió una semana de clases y por fin otro sábado futbolero, también fui temprano pero solo, mi padre no podía ir, nuevamente me encontré con ese Señor, alto, espigado, elegante y peinado con gomina, fui corriendo a saludarlo y recuerdo haber jugado juntos por un largo rato. A partir de ese momento los partidos de los sábados pasaron a estar en segundo plano, me interesaba más ir a “practicar” con ese Señor que mucho quería enseñarme pero yo poco aprendía, pero que me trataba con el afecto de un abuelo con un nieto que no tenía.  

Los campeonatos terminaron, y muy cada tanto me encontraba con él, era una alegría recíproca, él pegaba el grito de “Andresito” y yo le respondía con “José”; me hubiera gustado decirle abuelo, pero nunca me animé.
Nunca supe quién era, nunca dimensioné su figura, sólo sé que lloré mucho cuando el 17/6/68 se anunció en el Colegio Maturana que uno de los ex alumnos más destacados había fallecido, se le rendiría un homenaje en la misa al maestro, al Mariscal José Nasazzi.

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