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Patrimonio arquitectónico montevideano


@|Crucé la plaza Matriz mirando las mesas y sillas de madera oscura que ocupan parte de la vereda donde están los bares. A la derecha había un grupo de viejitas que miraba el Club Uruguay. Todo se disponía sobre un cielo compuesto por las hojas de los árboles urbanos que pueblan esa hermosísima región. 

Esas mujeres estaban absortas. Como si estuviesen viendo un dinosaurio arquitectónico, murmuraban en portugués los detalles de las columnas enormes, los ornamentos misteriosos –esculturas de águilas paradas, cabezas de hombres con melenas de león-, las luminarias de metal repujado, rematadas con lámparas dentro de esferas blancuzcas, un portal señorial, ventanales con formas semicirculares, bajorrelieves. 

Parecía que el ambiente de la plaza las había transportado por el túnel del tiempo. Ese ambiente que impacta en nuestras mentes del siglo XXI, época en que nos hemos acostumbrado a no detenernos ante la belleza de un edificio, que es un poco escultura, poesía, que encanta por su estética y sublima los sentidos. 

Es una experiencia extraña, rara, anacrónica.

Esas ancianas brasileñas se habían embelesado con el arte que contiene el Club Uruguay en su fachada.

El patrimonio arquitectónico es parte de la riqueza de una ciudad, de un país, que muchas veces pasa desapercibido. Son los turistas los que con su mirada renovada nos recuerdan las cosas buenas que están invisibles para el que no es turista. 

Y la ciudad se transforma en un museo al aire libre para disfrutar. La urbe se vuelve un personaje más.

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