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El valor de la palabra


@| Es lamentable cómo y cuánto se copia a los vecinos de la otra orilla. Desde hace tiempo en sus programas de TV y otros entretenimientos, no se ahorran palabras soeces. 

Por eso, es muy común que en el tránsito capitalino -sobre todo a las mujeres cuando estamos en el volante- se nos agreda enviándonos a “los genitales maternos”. 

De a poco se van instaurando los malos tratos, los modismos, la mala educación, hasta llegar a las altas esferas. 

Sucede, que si alguien insulta es porque no tiene discurso, le falta la palabra, y las que emite: Fallan! 

Con políticos de esta ralea, difícilmente el país salga adelante. 

Se da la paradoja que tuvimos un Presidente, que se expresaba mal y hablaba mucho sobre ofrecer educación. Fue una figura policroma en chancletas y motoneta, que muy poco hizo por lo que pregonaba; aunque se caracterizó por vender una bizarra imagen al exterior, única en toda la historia del Uruguay.

El intangible valor de la palabra produce varios efectos, ya que los vocablos son libres, pero esto no quiere decir que sean limpios.

La palabra es un instrumento que puede modificar a las personas, a las sociedades, al mundo, de acuerdo a los planos en que se desenvuelva.
El lenguaje -nos hace diferentes a los animales- tiene poder, y el silencio siempre suma, por ende, es más inteligente quedarse callado cuando no se tiene la capacidad de argumentar.

No hay saeta más profunda que penetre en el pecho, como una palabra, una frase justa y adecuada.

Shakespeare nos muestra en Enrique V, a un rey joven que tiene que pelear contra el ejército francés con sus tropas menguadas, pero en su discurso las anima de tal modo, que ganan la batalla.

El vate isabelino, tenía gran dominio de la narración, sus parlamentos admiten varias lecturas. Él ponía en duda la dialéctica de los políticos cuya característica, en su mayoría hasta hoy, es tener un lenguaje vacío, hablar y no decir nada, aunque esto es mejor que insultar.

Un político debe tener estilo al comunicar, llevar un diálogo equilibrado entre el cerebro y el corazón. Si su arma es el odio y no deja atrás su ira, el resentimiento, lo hará prisionero de sus desmanes.

Parafraseando a Bertrand Russell surge: “El problema es, que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes llenos de dudas”.

Atacar, es una conducta necia cuando no se tiene motivos, pero insultar... revela una decrepitud moral.

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