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Pablo Millor, un combatiente


@|Hijo del Comisario Pablo Millor, respetado funcionario de la mejor tradición policial, y de Dora Cócaro de Millor, prestigiosa maestra y luego diputada por la Lista 15, Pablo nació en un hogar profundamente colorado y batllista. Allí forjó un ADN estructural, afincado en la tradición colorada del gobierno de la Defensa y el sentido social del Estado Batllista. 

Su padre, batllista ortodoxo, se sublevó contra la dictadura de Terra y fue confinado a la Isla de Flores, reintegrándose a la policía una vez restauradas las instituciones. Con su madre fui compañero de Cámara de Diputados en nuestro primer período (1963-1967) y cultivamos una cálida amistad. 

Pablo inició su vida cívica en los movimientos estudiantiles democráticos, enfrentados en los años 60 a los radicalismos guevaristas de la época, que incluían su apoyo al movimiento tupamaro. No era fácil, entonces, defender la pertenencia a un partido tradicional y asumir las consecuencias de la batalla democrática, enfrentando una intolerancia difícil de entender desde la democracia actual. 

Como se ha recordado estos días, integró el Consejo de Estado en la última etapa de la dictadura (1982 -1984) y lo hizo, justamente, para ayudar desde allí –como lo hizo- a la apertura democrática. Tampoco era cómodo hacerlo, cuando alboraba el cambio, pero desde joven no le asustaban los riesgos políticos. 

Reabierta plenamente la vida cívica, se incorpora a la militancia colorada detrás del ex Presidente Pacheco Areco, con el que compartía su visión de la integridad del Estado y su sensibilidad popular. Es diputado en la primera Cámara constitucional y acompaña con brillo al gobierno que, para conducir la transición, tuve el honor de presidir. Al término de ese período, acompaña a Pacheco como candidato a la Vice Presidencia y es electo Senador. Asume una posición independiente y luego se suma en 1994 al movimiento que apoyó la fórmula Sanguinetti-Batalla. Lo hizo desde su Cruzada 94, movimiento de gran raigambre popular, organizado en torno a su fuerte liderazgo personal. Instalado el gobierno, personalmente intentamos que integrara el gabinete ministerial, honor que declinó por consideraciones personales. No obstante, fue un puntal del gobierno en esos años de transformaciones en que quebrar la inflación, reformar la educación y salvar la seguridad social, no eran tarea sencilla.
Se alejó luego de la vida política y se mantuvo en silencio hasta ahora, en que fallece en Montevideo, el día de fin de año, a los 73 años. 

Fue un parlamentario valiente y elocuente. Un polemista temible. El tilde de “derecha” se le ha atribuido con facilismo por su oposición frontal a todos los totalitarismos marxistas y, en nuestro país, a la sedición tupamara, pero si por progresismo se entiende sensibilidad popular, espíritu liberal y convicción democrática, merecería ese título –como la mayoría de los batllistas- con mucha más propiedad que muchos que lo invocan. Nunca se escondió en un debate, fuera histórico, político o jurídico, por duro que fuera. Tampoco especuló con posiciones políticas y mucho menos ventajas económicas. Esa honradez vertical merece hoy el particularísimo reconocimiento cívico de todos aquellos que creemos en la Constitución, la ley y el orden público como condición esencial del ejercicio efectivo de los derechos humanos.

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