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No nacemos fanáticos


@| En un comienzo el fútbol era, de alguna manera, representación genuina de la supremacía deportiva de una entidad, comunidad, empresa o gremio, ya que todos sus componentes pertenecían por completo a dichos núcleos. Pero como los humanos somos incapaces de aceptar, sin rencor, una derrota, nos fuimos haciendo, de cualquier manera y costo, de los mejores jugadores posibles de adquirir para suplir las carencias físicas y anímicas de nuestros jugadores. Ahí fue el empezar a importar y exportar (a precios obscenos para sociedades que suelen retacear alimentos y medicamentos a su gente) a los mejores mercenarios del balón, a los que les pintamos el alquilado lomo con los colores que nos representan, sin molestarnos en pensar que, esos que hacen los goles que son incapaces de hacer nuestros soldados, lo hacen por puro compromiso contractual y afán del botín ofertado, no porque compartan nuestro sentir grupal, tribal, ni nacional. Cuando lo consideramos conveniente hasta los adoptamos, dándoles con gran facilidad la misma ciudadanía que a un paria refugiado le costará lo indecible conseguir. Es así como, una vez más, la soberbia y el placer de destruir rivales nos hizo cómplices de vergonzantes contratas. ¿Acaso no aplaudimos y voceamos todos cuando uno de “los nuestros” hace una zancadilla criminal al que pretende meternos un gol? ¿Acaso no insultamos airados y en coro al juez que cobró algo que nos perjudica y hacemos un silencio de ladrón flagrante cuando aplica la misma pena a nuestro enemigo? 

No hay inocentes. Los únicos, por ahora, son esos pequeños que llevamos sobre los hombros, vestidos con los colores con los que los marcaremos de por vida y que un día heredarán y defenderán por simple emulación de nuestro adocenado comportamiento. También estos salvajes de calle de hoy -irrespetuosos de todo y todos- fueron inocentes ángeles un día.
Los fanatismos no solo provienen de los templos, los cuarteles y las trincheras. Se generan, también, en apacibles y verdes campos y en veredas, cuando les enseñamos a nuestros hijos, de palabra y de ejemplo, que al rival hay que frenarlo y derrotarlo con cualquier argucia, astucia, arma o mentira. Alentamos fanatismos y desprecio cuando festejamos, cobardemente, un chiste que ofende la preciosa condición de la mujer o la dolorosa del inmigrante pobre. Cuando alguna víctima muere por efectos de la intolerancia, brutalidad y fanatismo humanos, se nos dio, ahora, por repetir cual papagayos… -Todos somos Fulan…, y luego guardamos sesenta segundos de un breve silencio cronometrado. Pero jamás tendremos la valentía de confesarnos, mirándonos mutuamente a los ojos: -Entre todos dejamos morir a Fulan...

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