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Los muertos no pecan


 “The Washington Post suspende a periodista que recordó el abuso sexual cometido por Kobe Bryant”.

Es tal el pavor al “más allá” y su enigmática resolución -que los humanos hemos heredado de nuestras complejas culturas- que, en público, no nos atrevemos a censurar -si lo tuviese- el mal historial de un muerto.
¡Quién sabe qué consecuencias "ultratumbales" pudiera acarrearnos tan insocial proceder!

En vez de ello, solemos destacar -y no en pocas veces adornar, exagerar y hasta inventar- sus virtudes. (Que tampoco ellas -las virtudes y virtuditas- faltan en todo ser humano, todo sea dicho).

Cuando alguien se atreve a quebrantar esa ley no escrita, se arriesga a enfrentar a los guardianes de la moral y de las buenas costumbres, y, lapidado, a perder su lugar en el rebaño.

Recuerdo el caso de un miembro de una cofradía que, por su pésimo carácter, era malquerido por los demás cofrades. Muerto y de cuerpo presente, nadie osaba decir lo que realmente pensaba respecto al finado. Sabían que cualquier halago a su persona sería tomado por los demás como una falacia; tan ruin había sido. Rebuscaban desesperadamente en su memoria -sin confesarlo abiertamente- algún resquicio de bondad que recordasen del odiado personaje, para despedirlo “como dios manda”. Pero, como no nos es socialmente aceptable despedir a un muerto sin elevar la nómina de sus virtudes, el silencio iba saturando el ambiente como una esponja que comenzaba a asfixiar a los congregados. Se palpaba su gomosa incomodidad en el recinto. Hasta que una voz partió del enmudecido grupo y vino en auxilio de todos: -“¡que buen jugador de truco era!”.

La tradición -el rebaño- estaba a salvo.

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