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El mosquetero empecinado


@| Los límites de la indignación popular, día a día, baten sus propios récords ante la sucesión de hechos intolerables por toda la ciudadanía decente. 

Ayer fue...X. Hoy fue...XX y mañana será....XXX.

Y mucho me temo que irán en aumento las X infames mientras lo mínimo elemental no cambie.

Un inefable Ministro del Interior, que balbucea cifras y porcentajes no creíbles, trata, inútilmente, de convencernos de lo eficaz de su gestión.
En Uruguay, desde siempre, hemos tenido delincuentes y asesinos espeluznantes, capaces de matar a su madre mirándola a los ojos y también cobardes capaces de pegar un tiro a un rival por la espalda, sin titubear, por no soportar su mirada. 

Los hubo Individuales, como el Cacho o el Mincho, u organizados para delinquir, como los porteños atrincherados en el edificio Liberaij.
Recordarán los mayores esa arriesgada, heroica y eficaz acción de aquellos admirables policías, sin más defensa que un vetusto revólver, su gastado uniforme y su gorra de tela. 

Fue la primera intervención policial televisada en directo por TV uruguaya, con una sola cámara montada de apuro en una camioneta y en riguroso blanco y negro, claro. 

Ese noviembre del ´65, aunque casi niño, recuerdo que ni uno solo de los bandidos porteños quedó para contarlo .  

El ciudadano común sentía que las leyes estaban del lado de los decentes, para protegerlos.

Y que, casi siempre, lograba su cometido. Hoy los uruguayos sentimos exactamente lo contrario.

La gran diferencia de aquel pasado con el sórdido presente delictivo, es que las fuerzas del orden, respaldadas por su mandos, siempre doblegaban al delincuente y la Ley cumplía su rol.

Esa “sensación térmica” ciudadana (término usado, por entonces, solo en meteorología) sí que era real. No una trinchera de renuentes incapacidades.
Hoy el Ministro de turno, en vez de limitarse a mostrar ejecutividad en sus funciones y punto, nos alucina al estilo de un artero mosquetero de feria, con pases de estadística mágica.

Empecinado, no considera dar un paso al costado ante el estrepitoso fracaso de su larga y angustiosa gestión.

¿Qué factor, desconocido por la ciudadanía, está impidiendo que el Ministro pueda ser reemplazado por otro uruguayo que, tal vez, resultase eficiente y más comprometido con su cargo?

A lo mejor su reemplazo hasta fuese bueno para todos, incluso para el propio Ministro quién, en caso de rotundo fracaso de su ansiado sucesor, (no me importa de qué tiendas, en tanto cumpla su deber) pudiera taparnos la boca a quienes descreemos de su capacidad para ese difícil cargo.

Yo sería el primero en reconocer, con hidalguía, que me he equivocado y le pediría disculpas en forma personal, si ese fuese el caso.

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