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Montevideo pierde carácter


@|Intendente Daniel Martínez: En lugar de crecer con dignidad, el paisaje distintivo de Montevideo desaparece, deglutido por la especulación y la indiferencia, con la desaparición fuera de control de sus referencias culturales más visibles y cotidianas, que representan las fantásticas fachadas que le dan carácter a la ciudad. 

Hoy, como en nuestros peores años de avaricias y dictadura, los montevideanos sufrimos la acelerada pérdida de estas fuentes de historia e inspiración, del registro material de nuestro ser, humano y sensible.
Incluso el entorno de la Plaza Independencia sufre la demolición de fachadas protegidas oficialmente en papel por la Comisión de Ciudad Vieja. Una lindera al bar Tasende. También detrás del Jockey Club se aprobó la demolición de un “petit Salvo” art decó con siete pisos de apartamentos para ampliar un estacionamiento hacia el costado (y no hacia abajo y arriba), lo cual irónicamente contradice el discurso oficial de revitalizar y repoblar la zona céntrica. 

En el mundo sensible e inteligente (cualidades que no se contradicen) desde hace ya varias décadas, las ciudades con historia y la nueva corriente arquitectónica (más respetuosa y humanística), aprovechan los valores materiales para crecer sin perder calidad, edificando detrás e incluso por encima de los frentes catalogados como patrimoniales con sus detalles decorativos y buenos materiales, conservándolos en su totalidad o en parte; con incremento de capital pero sin alterar el paisaje cultural; así los propietarios ganan en patrimonio económico y la ciudad no pierde valor distintivo. 

La industria de la construcción fuera de Uruguay sabe que un edificio vale no sólo por nuevo sino por bueno y diferente. La industria turística internacional sabe lo que la gente busca cuando viaja: lo original y atractivo. 

Más allá de esta pérdida de recursos arqueológicos y económicos, hay gente que ya no reconoce ni la cuadra ni el barrio donde vive y se siente desalojada. Hoy nos “mudan” a prepo; y así nos van alienando, seamos o no conscientes de ello. Nos privamos de ver el rostro de nuestra historia en el espejo de las fachadas y admirar su belleza, en lugar de incorporarlas en parte a los nuevos emprendimientos; y así la ciudad se deshumaniza y desvaloriza. 

Podríamos dejar de descalificarnos; y asegurarnos que en el 2030 tenga sentido la celebración de nuestros 100 años de fama mundial por cosas como la rambla, el fútbol, la cultura de tolerancia y el paisaje ecléctico, valores que construimos con trabajo y que deberíamos cuidar, dejar a futuras generaciones. 

Tendría más sentido preservar los elementos más sobresalientes de las fachadas de la década de 1930 y anteriores, para celebrar el crecimiento de nuestra ciudad, en lugar de lagrimear por haberla perdido.

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