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¿Y dónde está el Milico?


@| El asunto es que cuando yo me criaba, siempre había un milico. Eran tiempos duros, es cierto. Pero no menos cierto es que todos tenemos el derecho (y tantas veces la obligación) de testimoniar lo vivido, a pesar de tener que caer para ello en esta desaconsejada narración en primera persona.

Allá en las puntas del Queguay, la semana Santa de 1977 y el Blanquillo, para variar, “salido de madre”. La camioneta que se apaga en medio del cauce, los ocupantes que apenas logran salir (pero para el otro lado) y el arroyo que se la lleva tumbándola aguas abajo de la calzada.

En esos días acampaban ahí en casa unos amigos de nuestro bien querido Arturo Gómez, que habían venido con él desde Vichadero. Uno de ellos, el Mayor Monge (Ariel, creo que era su nombre) se presenta ante mi madre, le pide que conserve la calma, que él se iba a encargar de rescatar a mi padre y a mi tío que estaban en la otra margen con lo puesto y en medio de un temporal de agua y viento.

Instantes más tarde, tras una breve inspección de las rocas costeras del Pozo Grande y bajo las peores condiciones climáticas, Monge se tiró en medio de una correntada que bufaba de remolinos, nadó hasta el otro lado, trepó en medio de un monte semisumergido e hizo contacto con los dos cuasi náufragos de la camioneta siniestrada. Los tranquilizó y luego de unos breves ejercicios de calentamiento comenzaron a trotar en un “andar de batallón”, hasta hallar un lugar aguas arriba que permitiera cruzar. A la distancia y por sobre el monte, nosotros, perplejos bajo el alero de la casa, los veíamos desaparecer adentro de aquel temporal.

Unas horas después aparecían tranqueando fuerte por la llanura del Blanquillito; habían logrado vadear no sin alguna peripecia en el cruce a nado, en el sangrador ancho donde desagua la Laguna de los Juncos. Grande la algarabía reinaba mientras se secaban y tomaban algo para combatir el frío. Allí, además de adultos agradecidos, estaban unos gurises chicos sospechando que si Tarzán existía, necesariamente tendría que parecerse a ese milico que trajo de vuelta a Papá y al tío Carlitos.

Y siguió habiendo milicos. Unos años más tarde ya en el liceo, no faltó el compañero de clase hijo de un militar del 5to. de Caballería. Un tal José Fernando "el Perro": compinche de andanzas, del poco estudio pero del mucho recreo. Era ese Tacuarembó aquel, arisco escenario que cobijaba hábitos serenos, viéndonos alternar entre nuestra casa y la suya, donde siempre éramos cordialmente recibidos y tratados.

Otro par de años y más milicos cruzaban por nuestra vida. Un ex-integrante del Cuerpo de Blandengues que se las arregló para las faenas rurales allá en "El Refugio": José Omar Olivera Prieto Trinidad "Yiyito". Muy buena gente, lleno de vivencias, un genuino habitante de aquellas cuchillas donde el Barrio “López” se cae sobre el “Etcheverry”.

Mi hermano mayor lo apodó "el Cabo Olivera" y así siempre será.

Un poco después, ya en Montevideo, los años de Facultad (la de Derecho y la de Humanidades). Eran los intensos finales de los 80 e inicios de los 90. Y entonces ya no poblaba mi imaginario o estaba medio desdibujada (acaso deba decir "contaminada") aquella imagen del milico (corajudo, cordial, humilde, sufrido siempre) que antes había habitado mi criterio con absoluta legitimidad.

Pero como siempre hubo un milico, el paso de los años trajo a Félix. Quiero decir: Félix Abel Migliaccio Posada, Sgto. 1º del Ejército Nacional. Quienes le hemos conocido podemos dar fe de su orgullosa procedencia fronteriza, de su tan querido Río Branco, de sus días primeros allá por Estación Vargas, Picada de Salomé y Cañada de Santos.

De su gusto por los camiones y de sus importantes misiones al Congo. Y también sabemos de sus nobles atributos humanos, de su carácter volcánico, de su insoportable contracción al trabajo. Y de su mucho desvelo de padre por el Santi que tanto lo ocupó, hasta su último instante.

Lo que vivimos juntos durante 2012, 2013, 2014 y 2015 fue mucho. Y muy intenso. Confirmo un profuso anecdotario compartido, la existencia de imágenes y de archivos que aunque merecen la memoria quedarán para otro momento. En los años que siguieron hasta este presente, desarrollamos un vínculo de recíproca lealtad a prueba de cualquier borrasca. Y eso que no fueron tiempos fáciles, ni para él ni para mí.

Además de la campaña de 2014, donde se cargó sobre sus hombros todo el peso de un laburo feroz y desgastante de una pre-candidatura primero y de la candidatura única del Partido después, Félix siguió adelante y volvió a hacer todo el laburo (junto a otra mucha gente, por cierto) para la candidatura triunfal del 2019. Me consta detalladamente la inmensa alegría suya en esos días de la última elección.

Sabiéndolo o no, juntó muchos votos. Las jornadas interminables, realmente agotadoras, no tenían para él nada de especial: en su criterio de vida no se trataba de otra cosa que cumplir con su trabajo. Era algo simple en su forma valiente y aguerrida de ver las cosas.

Por ese trabajo, por su inagotable condición de laburante, el Partido Nacional le debe mucho. Los varios miles de kilómetros por todo el país, las largas noches de escaleras y pasacalles, de alambre, nylon y pintura, de columneras, de banderas, de diseño de listas, de idas y vueltas a la imprenta, de carga, embalaje, envío y descarga. Pero además, todo el qué hacer de la política: lo más álgido de las fricciones humanas fluyendo en medio de unas incesantes tormentas de vanidad. Ahí, entre los gorros y sus engorros estaba Félix, en el hervidero de esos batiburrillos que le apasionaban y a los cuales nunca rehuía.

Como su muerte ha sido un estricto disparate del destino, parafraseando el título de aquella también disparatada película pensaba preguntarles, por si acaso alguien pudiera responder: ¿Y dónde está el Milico? Yo, exactamente no lo sé. Pero intuyo que ni bien cicatrice todo este dolor primero, vamos a volver a encontrarlo no lejos de sus cosas bienqueridas. Y como siempre lo hizo (desde el lugar que ocupara) se las va a arreglar para seguir acompañándonos, ayudándonos a quienes lo queremos bien.

Esto, como dicen allá por el Este, “se sabe”. Lo sabe Sergio, lo sabe Daniel, lo sabe Carolina, lo sabe Magda, lo sabe Rico, lo saben los Durán y lo sabe el Capitán España. Y por cierto que Lira, que sus hermanos, que Ana, que Ivana, que Iván y que otros tantos también lo saben muy bien.

Y voy a parar acá. Porque si los halagos dieran paso a las anécdotas, ocurriría que con su autoridad ganada en la cancha grande, seguramente Félix me llamaría al orden. Y lo haría de esta forma: abriría intempestivamente esa puerta, adoptaría una correcta postura militar, se inclinaría ligeramente hacia adelante y mirándome fijamente, en su característico tono imperativo diría: “guarde juicio, recluta”.

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